Erasmo de Rotterdam



La historiografía tradicional ha venido señalando la existencia de dos renacimientos humanistas: el italiano, más paganizante, y otro nórdico, vinculado con las figuras de Erasmo y Vives. El Humanismo nortealpino estuvo más comprometido con las letras sagradas y, en este sentido, puede caracterizársele como un “Humanismo cristiano”. Es decir, en el norte de Europa el movimiento humanista tendió a coincidir con un esfuerzo generalizado de reforma de la Iglesia, y esto antes y después de Lutero. Por el contrario, en

Italia el Renacimiento presenta aspectos de mayor preocupación formalista y estética. El modelo del humanista del Norte es Desiderio Erasmo, que vivió entre 1469 y 1536. Viajó por una Europa sin fronteras, al calor de sus preocupaciones eruditas y de las posibilidades de una cosmopolita república de las letras. Por señalar algún año, podemos elegir 1516 como significativo de la influencia de Erasmo en toda Europa: en España, Cisneros pretende asociarle a los trabajos de la Políglota de Alcalá; y en Roma el Papa León X aceptará su dedicatoria del Nuevo Testamento. Entre las obras de Erasmo destacan Los Adagios (1500), proverbios clásicos glosados, con diversas ediciones, añadidos y revisiones continuas. Esta obra se convirtió en referencia común para el acercamiento a la Antigüedad clásica. En 1503 publicaba en Lovaina el Manual del caballero cristiano: en ella expone sus ideas en torno a un humanismo cristiano de talante laico y liberal. De 1516 data la edición bilingüe del Nuevo Testamento. Erasmo dedicó buena parte de su tiempo a la crítica textual y a la edición de Padres de la Iglesia, como Atanasio, Crisóstomo, Jerónimo y Orígenes. En 1524 lanzó contra el pesimismo luterano todo un manifiesto del optimismo humanista, Del libre albedrío (De libero arbitrio), al que Lutero contestaría con el airado Del albedrío esclavo (De servo arbitrio). Erasmo no fue un hombre de acción, sino de pensamiento. Se nos presenta siempre como una inteligencia con capacidad de ironía, ambiguo, insinuante y sofisticado. Independiente, indeciso y complejo, sus matices templados le alejan de cualquier extremismo simplificador. Trató de armonizar la fe cristiana con el mundo de la Antigüedad clásica en la línea de un Humanismo cristiano. Pretendía una religiosidad depurada, abierta a todos los estados, preocupada por los aspectos morales y lejana de rituales excesivos y demasiado externos. Su posición resulta cristocéntrica y evangélica, con críticas a la escolástica, la monacato formal y a las supersticiones populares. Nunca rompió sus lazos con las jerarquías eclesiásticas establecidas, pues como él mismo dijo “soportaba a la Iglesia”. La muerte de Erasmo en 1536 supone una fecha simbólica tras la que el Renacimiento cosmopolita, conciliador y pacifista va dando paso a las divisiones confesionales y religiosas de la segunda mitad del quinientos. La tercera vía erasmiana cedió en el Norte ante el Protestantismo radical, que le acusó de cobarde, y fue desbordada en el Sur por la reafirmación de aspectos tradicionales del Catolicismo.

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