Introducción a la Reforma

La Reforma es un acontecimiento complejo que muchos han intentado reducir a un fenómeno religioso dentro de la esfera espiritual, pero en el clima de la reforma se encontraban estrechamente unidos lo político, lo social, lo económico, lo cultural y, por supuesto, lo religioso. La Reforma atrajo principalmente a las clases en ascenso, sobre todo en las zonas anglosajonas, desde comerciantes y burgueses hasta artesanos y cuantos habían llegado al gobierno de las comunidades ciudadanas. A principios del Siglo XVI muchos reclamaban una profunda reforma de la Iglesia, pretendiendo el retorno a la doctrina primitiva, pero manteniendo la unidad y la continuidad en la fe. Sin embargo, los “reformados” o “evangélicos”, como ellos mismos se denominaron, iniciaron cambios profundos que provocaron la ruptura con Roma. Dentro de la “Reforma” (término usado desde el Siglo XIX para englobar los movimientos que formaron las nuevas iglesias) se distinguen: “luteranos”, tachados de “protestantes”, “zwinglianos”, “anabaptistas”, “anglicanos” y “calvinistas”. La cristiandad que se mantuvo unida en torno al papa se reconoció a sí misma como “católica”, tachada de “papistas” por sus enemigos. La Iglesia Católica promovió una reforma interna para recuperar, incluso mediante la violencia, el terreno ocupado por lo que denominaban “herejes”. Es lo que se ha denominado “Contrarreforma” (algunos autores católicos la han denominado “Reforma Católica”). Todo el siglo XVI fue una sucesión de reformas y contrarreformas en varias etapas. Hasta 1540 se confió en que las nuevas propuestas se recondujeran. El fracaso del Concilio de Ratisbona (1541) y la convocatoria del Concilio de Trento (1545) demostraron que la reunificación era imposible. En estas fechas, la Reforma de Lutero había calado en el centro y norte de Europa. Desde 1560, la reacción católica y una segunda Reforma (Calvinismo) provocaron guerras de religión en los Países Bajos, Francia y El imperio. La Reforma se instauró de diferentes formas según el apoyo recibido de las autoridades civiles:

Triunfó con el apoyo de la autoridad en el Imperio, a pesar de la condena de Lutero en el Edicto de Worms (1521).

En España, Felipe II y la Inquisición sofocaron sangrientamente los primeros focos protestantes.

En Inglaterra, el anglicanismo fue iniciado y favorecido por los reyes.

En Dinamarca y Suecia la corona apreció las ventajas de abrazarse a luteranismo.

En Escocia o Francia, la revolución política fue de la mano del cambio religioso.

En cualquier caso, creció el poder de las autoridades sobre las respectivas iglesias. Por ejemplo, los reyes de España controlaron la fe, con lo que esto implicaba de dominio social y cultural, a través de la Inquisición. Esta institución aseguraba la sumisión del episcopado y el beneficio de los diezmos y otras rentas eclesiásticas.



1) LA VIDA EN UN MUNDO SACRALIZADO.

Desde nacer hasta morir, y hasta más allá de la muerte incluso, la existencia, en todos sus trances, y desde la Edad media, disponía de un sistema de seguridades que no dejaba resquicios, inmunes a la interacción de lo sobrenatural. Se ha insistido en la historia de los miedos modernos, y también habría que hacerlo con la historia de las protecciones. - El matrimonio no se contraía por amor – concepto incluso denigrante hasta aproximadamente la Ilustración-(ni en el mundo católico ni en el protestante). Eran más bien contratos con finales reproductivas de la prole o de los patrimonios. Los catecismos teologizaban el matrimonio como un sacramento para el que apenas existía la ternura y hecho para “criar hijos para el cielo”. Los moralistas regulaban hasta los tiempos aptos para la generación y para las abstinencias. - Si no existía el amor matrimonial, el amor a la infancia no aparecerá hasta épocas posteriores a la modernidad. La excesiva mortalidad infantil basta para explicar la familiaridad con la muerte de los niños, el no excesivo aprecio a su vida, sobre todo si eran niñas. La preocupación era más por su salvación eterna que por su supervivencia terrena. Las comadronas eran más examinadas por su aprendizaje de la fórmula bautismal que por su pericia en ayudar en el parto. - El bautismo, cuya teología eclesial acentuó Lutero, se siguió en el catolicismo viéndolo como garantía de salvación. El nombre, bien gratuito y de consumo obligatorio normalmente elegido por padres y padrinos, era una especie de distintivo social. Los nombres compuestos empezaron a utilizarse preferentemente por personas de las clases más elevadas. Las órdenes religiosas reformadas renunciaron al apellido ( por la valoración de la profesión, el retiro y el aborrecimiento del mundo) , y cuando vaya consolidándose la Reforma, incompatible con todo lo que suene a culto a los santos, los protestantes empezarán a llamarse con nombres de personajes bíblicos ( Daniel, Isaac, David, Samuel, Sara.. Judith, María…). Cuando se registre el primer intento serio de secularización coherente de la sociedad, de descristianización, uno de los objetivos se cifrará en alterar estas relaciones de identidad personal por otras secularizadas. Fue en los tiempos de la Revolución Francesa (Rosa, Narciso, Jacinto, Floreal, Fructidor, Montaña, Libertad, Virtud…). Fue un ensayo interesante pero efímero.

Percepción de tiempo, del espacio, del ambiente:

A los supervivientes se les abría un horizonte con referencias sacralizadas. El tiempo se percibía, se medía y se databa, por su corta duración (que es lo que le interesaba a las personas), no por las exactitudes posteriores sino por ciclos teológicos. La fiesta se ha estudiado como fermento revolucionario, o como ocasión de agitación y revuelta, más fáciles por posibilitar la aglomeración de la multitud necesaria. También era el momento propicio para el ocio y la diversión, aunque tal diversión se cifrara en sermones, procesiones y otros actos de este talante. La Reforma quiso acabar con este tipo de manifestaciones y lo único que logró fue su multiplicación contrarreformista y desafiante: en el catolicismo pos-tridentino se incrementaron el número de canonizaciones y beatificaciones y llegó a expresiones es exacerbadas la celebración de la fiesta más popular, la del Corpus, con sus cortejos brillantes de la Fe. El calendario multiplicó los días festivos puesto que había que satisfacer la demanda de la propia Iglesia, de las ciudades que van tomando su conciencia de tales por la identidad colectiva que le proporcionaban los santos, de las órdenes religiosas y su prestigio, de los gremios con sus patronos, de las instituciones… Hubo reducciones pensadas como remedio para obreros que no cimbraban los jornales de ocio como las decretadas a mediados del XVIII por Benedicto XIV. No obstante el cambio sólo llegaría ciando se fuera imponiendo la mentalidad de los ilustrados, obsesionados por el trabajo, por la utilidad, e irreconciliables con la fiesta.

El espacio, en las sociedades inmóviles como las del Antiguo Régimen, era variado en su percepción y a tenor de las situaciones urbanas o rurales, profesionales y religiosas. Desde la Edad Media, numerosas comunidades, conventos, monasterios, tenían su propio microcosmos con poco que ver con el común. No eran comunes los espacios urbanos del fuero, inmunes a la presencia y acción de fuerzas civiles, y que se habían convertido en reductos de privilegios de las Universidades, de colegios mayores, de iglesias conventuales y parroquiales. Eran los espacios que permitías acogerse a sagrado”. En el siglo XVIII, fueron reducidos al mínimo por el poder político. La imagen sacra de las ciudades (en ocasiones de apariencia y ocupación conventual), no cambiaría hasta la Revolución Industrial y hasta las exclaustraciones del Imperio en el s XVIII, las desamortizaciones del XIX en España. Calles, plazas o incluso espacios interiores tienen un predominio de motivos o nombres religiosos. La percepción del ambiente, otro objetivo de la historia de las mentalidades. El grado de cultura, de riqueza, las condiciones personales y colectivas explican la vivencia de un ambiente que, hasta que se descubrieron las fuerzas físicas, estaba determinada por fondos de un profundo dualismo. Se contemplaba como el escenario de la lucha entre dos señores supremos, Dios y el Diablo, enfrentados en guerra permanente por la conquista de sus vasallos. Estas presencias son uno de los signos más elocuentes de la convivencia entre cielo y tierra, de la interpenetración de lo natural y lo sobrenatural. Se creía en la presencia de demonios, mayores y menores, brujas. Estas fueron condenadas tanto en la Europa católica como protestante y su persecución dio lugar a episodios oscuros de matanzas colectivas (en España paradójicamente no, por la presencia de la Inquisición). Los demonios eran uno de los integrantes fundamentales de la imaginaria popular, alimentada por la cultura oral y relaciones de todo tipo (imprenta, artes plásticas).

No obstante, la defensa oficial, clamorosa a veces y convertida en espectáculo, eran los exorcismos oficiales Todos los sacerdotes estaban ordenados como exorcistas, con poderes taumatúrgicos (como todos los santos católicos). Para los especialistas se producen auténticos tratados, como Malleus maleficarun (martillo de brujas) de Sprenger en el siglo XV o Del discernimiento de los espíritus, de Tomas Murner, enemigo de Lutero. Estas prácticas fueron combatidas por la Ilustración, sabedora de que tales presencias y milagros se debían a la imaginación, al miedo y que los accidentes climáticos o plagas tenían causas perfectamente naturales. Otra cuestión es que estas convicciones ilustradas penetrasen en los comportamientos populares.

La muerte y el más allá:

Todo el sistema de protecciones se dirigía al momento de la muerte, incierta y segura, porque en el Antiguo Régimen era la muerte la protagonista de la vida. Michel Vovelle ha sido el pionero de los estudios de las mentalidades en este aspecto, analizando los testamentos de diferentes clases sociales. Gracias a el y a sus seguidores, conocemos al detalle la fuente, las invocaciones, las mandas, las albaceas, las mortajas, preferencias sepulcrales, misas y sufragios… No obstante se da el problema de la escasa representatividad de las fuentes. Pueden constatarse las diferencias presumibles sobre regiones biconfesionales, clases sociales, niveles de riqueza. Se conocen las reacciones ante muertes catastróficas por la peste, o por epidemias con efectos similares; por desgracias y accidentes; los miedos a la muerte imprevista. Hay que insistir en dos muertes estereotipadas; la del santo y la del réprobo. Las segundas fueron inventadas y esgrimidas como arma de combate, en contraste con las primeras, con estereotipos más perdurables “olor de santidad”, luces, cuerpos flexibles) y que fueron utilizadas incluso por los protestantes (muerte de Calvino o Lutero). Inmediatamente se procedía al despojo, y pocas piezas se consideraban tan rentables espiritual y taumatúrgicamente como el contacto físico con lo sagrado. Esto provocó un “hambre de reliquias” desatada desde la Edad media y con sus tiempos fuertes en el Barroco Contrarreformista. Los príncipes, como Federico de Sajonia, protector de Lutero, guardaban un verdadero tesoro en Wittemberg. Se tenía la convicción de que las almas del Purgatorio vagaban como mendigos por la eternidad, cuales mendigos solicitando la salvación eterna. Para salvar a las almas de Purgatorio, se recurrían a todo tipo de misas e indulgencias, que van perdiendo fuerza con la reforma luterana.

Bibliografía:

BENNASSAR, B. LA EDAD MODERNA. Ed. Akal Madrid, 2002

FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia. Barcelona. 2002.

RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. ACTAS, Madrid, 2006.

TENENTI, A. LA EDAD MODERNA SIGLOS XVI-XVIII. Editorial Crítica. Barcelona. 2001.

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