El Imperio Turco

El Imperio Otomano tenía como objetivo principal la expansión armada en dirección a Europa, toda su estructura interna estaba concebida en función de la guerra, de modo que el organismo estatal equivalía a una inmensa máquina bélica. Todo titular de una propiedad territorial (timar) estaba obligado como máximo a prestar servicio militar a caballo, a su vez cualquiera que participase en el ejército victorioso podía ser investido como señor de tierras en la nueva zona conquistada. El timar no se heredaba, de modo que las tierras podían ser redistribuidas a quienes se distinguían en la guerra. Los pueblos sometidos estaban obligados por la administración turca a pagar un conjunto de tributos y prestaciones variables según las necesidades bélicas y, por otro, muchos de sus integrantes —para mantener sus tierras o recuperarlas— participaban en las operaciones militares junto a los turcos. La serie ininterrumpida de derrotas cristianas no debe sorprender ya que ninguna potencia europea estaba organizada de un modo tan vasto y coherente en función del ataque y de la expansión armada. Al innegable deseo de hacer la guerra santa contra los infieles no musulmanes se unía el interés personal de los combatientes. Incluso la religión de los países subyugados era aprovechada, a cambio del permiso para practicar los respectivos cultos, debían abonar tributos especiales que financiaban las futuras campañas. En cuanto a las fuerzas armadas, además de utilizar las propias e inducir a elementos de los pueblos sometidos a reforzarlas, no dudaron en constituir milicias escogiendo por la fuerza a los jóvenes que les interesaban entre las poblaciones cristianas, éstos jóvenes eran deportados, sometidos a un rígido adiestramiento militar, hechos musulmanes e integrados en un cuerpo especial de infantería, cuyos miembros se llamaban jenízaros, verdaderos soldados profesionales, les estaba prohibido casarse (hasta la mitad del siglo XVI), constituían el núcleo y la flor del ejército: eran entre 20000 y 30000 hombres y formaban la fuerza armada más disciplinada de la época. Los Turcos no satisfechos con sus conquistas territoriales, iniciaron una expansión marítima por el Egeo, el Jónico y el mediterráneo oriental, donde chocaron pronto con Venecia. En 1480, traspasaron el Adriático y pusieron pie en la península Italiana, con la conquista de Otranto. Cundió la alarma en la Europa Cristiana y se formó una liga entre el Papado, Francia, Venecia, España y Hungría, cuyas fuerzas les obligaron a desalojar Italia y a retirarse a sus bases orientales
Los soberanos de la primera mitad del siglo XVI son grandes conquistadores. Bajo Selim I los turcos se adueñan del Próximo Oriente y Egipto; pero el gran creador del Imperio es Solimán el Magnífico, cuyas conquistas comprenden Hungría, Transilvania, Moldavia, Besarabia y el Jedisán, en Europa; Armenia y Mesopotamia, en Asia; y Cirenaica y Tripolitania, en África. Aquí recibe, además el vasallaje de Argel. Después de Solimán I, las ampliaciones del poder turco son escasas y en su mayor parte efímeras. Finalmente con Murat III el Imperio Otomano se extiende hacia el Alto Eufrates y Tabriz, llevando la frontera hasta Hamadan.



Los turcos, que procedían de Asia Central y habían sido en parte islamizados desde el siglo XI, ya habían fundado un primer Imperio en Anatolia (con capital en Konya), el de los selyúcidas, destruido a finales del siglo XIII por Gengis Khan. Una de las pequeñas dinastías formadas tras el colapso de los selyúcidas, la de los otomanos se convirtió en dirigente de los luchadores de la fe contra el imperio bizantino, donde irrumpieron en el siglo XIV, apoderándose de buena parte de Asia Menor y los Balcanes, así como de Tracia, estableciendo su capital en Adrianópolis, llamada a partir de entonces Edirne. A lo largo del siglo XV sus conquistas se sucedieron. En 1453 asaltaban Constantinopla. La conquista de esta emblemática ciudad dio al Imperio Otomano una capital en la confluencia de sus territorios europeos y asiáticos, en el estrecho que comunica el mar Negro con el Mediterráneo. Además era una ciudad que gozaba de una posición especial en la escatología musulmana y que había sido la sede del emperador romano. El prestigio imperial, escatológico y geográfico de la ciudad acrecentaba el estatus de conquistador de Mohamed (o Mehmet) II, tanto en el mundo musulmán como en el cristiano. Pero no fue más que el principio de la incesante guerra que caracterizó su reinado.



El Imperio Otomano siguió Avanzando hacia el oeste ocuparon seguidamente Grecia, Albania, Bosnia y Herzegovina, alcanzando la costa del Adriático en 1501. Tras el paréntesis estabilizador y pacífico de Bayaceto II (1481-1512), prosigue el avance otomano. En dirección opuesta sometieron Crimea, Armenia, Siria, Palestina y Egipto, mientras se preparaba su alianza con Argel. Hacia 1530, tras las conquistas de Solimán el Magnífico (Belgrado, Rodas, la mayor parte de Hungría, Irak), el Imperio otomano ha conseguido su máxima expansión territorial durante el siglo, detenida a este y oeste respectivamente por la Persia de los safawíes y el Imperio de Carlos V. En cualquier caso, el siglo XVI es la época de mayor esplendor de la Turquía moderna. Pero al ocupar los turcos Constantinopla, añadieron nuevos factores a la expansión turca: Tenían acceso a vastos bosques del Mar Negro y por tanto a madera y a muelles abandonados. Gracias a ello este imperio turco terrestre se convirtió en una gran potencia marítima y comenzó a amenazar las rutas del comercio occidental en el Mediterráneo oriental. Los turcos, no satisfechos con sus conquistas territoriales, iniciaron una expansión marítima por el Egeo, el Jónico y el Mediterráneo oriental, donde chocaron pronto con Venecia. En 1480, traspasaron el Adriático y pusieron pie en la península Italiana, con la conquista de Otranto. Cundió la alarma en la Europa Cristiana y se formó una Liga entre el Papado, Francia, Venecia, España y Hungría, cuyas fuerzas les obligaron a desalojar Italia y a retirarse a sus bases orientales. En esta coyuntura, en 1516 los piratas de origen turco establecieron su dominio sobre Argel. El nuevo estado, pronto enriquecido por el pillaje, comenzó a construir flotas y se convirtió en una potencia en el Mediterráneo y en una amenaza para los cristianos, como consecuencia de la inseguridad en el Mediterráneo occidental. La diplomacia francesa no pudo resistirse a la tentación y firmó una alianza franco-turca que fue en escándalo para toda la cristiandad. La flota turca no podía atacar directamente a España, necesitaba de una base. Los turcos veían reforzada su fuerza con pequeñas y numerosas flotas de los piratas musulmanes del norte de África que les apoyaban (estos piratas fueron los berberiscos). La conquista de Túnez por Barbarroja, aliado de Solimán II, en 1534, motivó la correspondiente réplica. Una gran expedición zarpo de Génova, a la que se unió desde Barcelona Carlos V y en 1535 habían conquistado Túnez. Este éxito elevo en gran manera la consideración que se tenía de Carlos V en Europa.

 EL IMPERIO TURCO. ORGANIZACIÓN Y CARACTERÍSTICAS.
Los mecanismos de asimilación de los pueblos incluidos en el Imperio fueron varios. El más importante fue la constitución de unidades autónomas de base étnicoreligiosa llamadas millet. La comunidad mantenía su propia lengua, religión, ley y organización interna tradicional, mientras su jefe natural, normalmente un jefe religioso, asumía la dirección de los asuntos concernientes a la familia, la sanidad, la educación, la justicia y el orden interno, al tiempo que garantizaba frente al sultán la lealtad de la comunidad, el pago de los impuestos y las restantes prestaciones exigidas por la administración central. Del mismo modo actuó la institución del devshirme, o reclutamiento, que permitió la incorporación de los jóvenes al ejército y la administración.
La vida política descansaba en el poder absoluto del sultán, que era además el emir o jefe religioso de la comunidad musulmana sunní y que pronto fue el emperador (tras la conquista de Constantinopla) y (tras la ocupación de Egipto) el califa o legítimo sucesor de Mahoma, además de simbólico restaurador del califato abbasí. El sultán dirige la vida política con el asesoramiento de un consejo (en turco, divan) instalado en el propio palacio imperial y al que asisten los visires o ministros, más determinados jefes militares, civiles y religiosos. Desde el siglo XV empieza a cobrar importancia la figura del gran visir (algo así como un primer ministro), institución que permite separar la lealtad política debida al sultán del ejercicio de la autoridad central y dotar de mayor eficiencia a la acción gubernamental, sobre todo cuando el cargo recae en personajes de verdadera capacidad. En cuanto a la administración territorial, el imperio fue dividido en circunscripciones llamadas sanjaks (30 en Europa y 63 en Asia en tiempos de Solimán el Magnífico), agrupadas en provincias y finalmente en ocho grandes gobiernos.
El ejército se constituyó en torno al núcleo de los jenízaros (creada en el siglo XIV), un cuerpo selecto de soldados procedentes en su mayor parte de la recluta forzosa de niños cristianos educados en la religión islámica, sometidos a una estricta disciplina y consagrados a la milicia (y, por tanto, al celibato), que reciben su equipo, su armamento, su alimento y su soldada diaria.
La administración de justicia otomana se rigió por un sistema dual, religioso y civil. La justicia coránica (shariah) se aplicaba en el ámbito privado y servía de regla suprema para todos los demás casos. La ley civil (kanun), que era subsidiaria de la coránica, con la que no podía entrar en conflicto, se aplicaba en todas las cuestiones no previstas claramente por el Corán, lo cual permitió tanto la adaptación de las normas a las necesidades de los tiempos, como una incesante producción legislativa y una relativa secularización del derecho que contribuyó sin duda a la estabilidad y supervivencia de la sociedad y el estado otomanos.
Finalmente, la hacienda se nutre del diezmo pagado por los musulmanes, la capitación (jyziah) de los infieles, los derechos de aduana y otros tributos de diversa procedencia. El sistema se completa con la asignación a particulares de una porción de los ingresos debidos al sultán en una determinada circunscripción territorial.
El siglo XVI es también la edad de oro de la cultura otomana en todas sus manifestaciones, alcanzando sus creaciones todos los rincones del imperio. Ahora bien, si la arquitectura deja soberbios monumentos en lugares tan distintos como Saná (mezquita de al- Bakfriya, el mejor edificio de todo el periodo en el Yemen) o Damasco (tekke de Suleimán II para uso de los peregrinos a la Meca o la mezquita le Dervish Pasha), el ejemplo más cumplido de la civilización otomana es la ciudad de Istanbul. El siglo XVI fue también la edad de oro de la cerámica turca. La cerámica de Iznik se hace famosa por su material blando y arenoso, sus hermosos colores (turquesa, verde salvia, verde oliva, púrpura y negro) y su decoración floral (tulipanes, claveles, rosas, amapolas y jacintos), que se ofrecen en platos, jarros, tazones y, cada vez más desde mediados de siglo, azulejos, que sirven para transformar hasta el más modesto edificio en un espectáculo brillante y multicolor. La literatura alcanza también algunas de sus cumbres en esta época. La cultura popular turca se constituye ahora plenamente.

BIBLIOGRAFIA

IMBER, C. EL IMPERIO OTOMANO 1300-1650. Ediciones B, Barcelona 2002.

FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia.

Barcelona. 2002.

RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. Actas, Madrid, 2006.

MARTINEZ SHAW, C. HISTORIA DE ASIA EN LA EDAD MODERNA. Arco Libros S.L.

Madrid.1996.

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