El Reinado de Isabel I

Isabel, hija de Enrique VIII y de Ana Bolena, subió al trono inglés a la muerte de su hermanastra María en 1558, cuando tenía 25 años. La situación estaba marcada por una crisis múltiple: religiosa, dinástica, bélica. Después del cisma anglicano provocado por Enrique VIII, los cortos reinados de sus hijos se habían caracterizado por virajes religiosos radicales. Durante el de Eduardo VI (1547-1553) se impuso el protestantismo mientras que María (1553-1558) restauró el catolicismo. Se planteaba ahora cuál sería la orientación religiosa de la nueva Reina. Tampoco era sencilla la situación dinástica: Isabel estaba soltera y de inmediato se planteó el problema del matrimonio real y de la sucesión. Además, María, reina de Escocia, reclamaba el trono como descendiente de Enrique VII. La cuestión religiosa y dinástica se complicaba con el enfrentamiento con Francia, heredado de reinados anteriores, dadas las estrechas relaciones entre la reina de Escocia y la Corte francesa.

María era sobrina de los Guisa y estaba casada con Francisco II de Valois. La amenaza católica, francesa y escocesa, se dejaba sentir. Era difícil predecir que se iniciaba un largo y estable reinado. Esta estabilidad fue el resultado de la habilidad de Isabel y del deseo de paz de la mayoría de la clase dirigente inglesa. Sólo una minoría de exaltados religiosos, tanto católicos como protestantes, se opondrán abiertamente a la política isabelina, caracterizada por el conservadurismo y el autoritarismo. Su lema, Semper Eadem, quería destacar su resistencia al cambio y a las novedades. No obstante, en los comienzos del reinado era imprescindible establecer cuáles iban a ser las nuevas directrices religiosas, sucesorias y políticas.

Otro problema grave para una monarquía era asegurar la sucesión. El matrimonio de Isabel se convirtió en una cuestión de estado que provocó tensiones entre la Reina y sus consejeros y parlamentos. Isabel consideró que la decisión formaba parte de la prerrogativa regia y no debía estar sometida a la discusión parlamentaria. Isabel gobernó de forma autoritaria ayudada por un consejo privado seleccionado por ella y donde cada vez más figuraron burócratas profesionales. Entre sus consejeros destacó el secretario de estado, William Cecil. El consejo proponía las líneas de acción política pero era la Reina la que tenía la decisión final, que no siempre coincidía con la deseada por sus consejeros. La Corte isabelina se caracterizó por un alto grado de consenso y por un bajo nivel de conflicto entre las facciones. Las causas son múltiples:

Por una parte incidió la homogeneidad protestante de los cortesanos a partir de 1570 y el deseo de evitar las terribles tensiones del reinado de Enrique VIII.

La estabilidad provino también de la continuidad en el control de los cargos por las mismas familias, a lo que contribuyó la separación entre la casa real y la Corte.

Ni las damas de la Reina ni sus favoritos tuvieron un papel político relevante, al menos hasta el final del reinado.

Esto no quiere decir que no hubiera rivalidades personales y familiares, sino que éstas, a diferencia de la Corte francesa, no implicaron diferencias confesionales y estuvieron controladas por la Reina.

El Parlamento, con sus dos cámaras, la de los Comunes y la de los Lores, era una pieza clave de la política inglesa. En la época isabelina se consideraba que la soberanía residía en la unión del rey y el Parlamento. Las tensiones entre ambos poderes no eran, por tanto, una lucha por la soberanía, sino que se centraban en enfoques distintos de la política. El consenso que caracterizó el periodo no excluye momentos de tensión.

Otra de las razones de la tranquilidad del reinado está en la evolución de la política internacional. Isabel no tenía aspiraciones expansivas en el exterior y manejó con prudencia la intervención inglesa en los conflictos de la época. La principal amenaza a comienzos del reinado provenía de los vínculos familiares entre Francia y Escocia, pero el mutuo temor a la hegemonía francesa aproximó inicialmente los intereses de Isabel y de Felipe II, lo que unido a la crisis de la monarquía Valois otorgó a la Reina un tiempo precioso para consolidar su poder. Una hábil propaganda la presentó como una heroica y virtuosa defensora de la verdadera fe frente al papismo.

La decadencia de la aristocracia.
Teniendo en cuenta las luchas de facciones que tuvieron lugar tras la muerte de Enrique VIII y con la ambición que habían mostrado señores feudatarios como el Duque de Somerset o el de Northumberland, que habían llevado la política tras el nombre de Eduardo VI, la nueva reina no se preocupó de frenar la decadencia económica en la que la nobleza había entrado con la subida de precios y la pérdida de ganancias. Si no hizo nada por ellos aquí, tampoco favoreció la aparición de nuevos pares, limitándose a reemplazar a las familias extinguidas. En todo su reinado sólo dos familias alcanzaron tal dignidad de nuevas. Los nobles se empobrecían en un país que se enriquecía por momentos. Para mantener a raya a la aristocracia sólo tuvo que dejar fluir el curso de la economía y reducir sus favores.
Por otra parte reaccionó muy duramente contra la rebelión nobiliar. Sólo tuvo lugar una de importancia, entre 1569 y 1570, la del Norte, donde las familias nobles eran todas católicas y antiguas, a las que los campesinos consideraban sus señores naturales. Es la llamada “rebelión de los condes”, con inspiración eminentemente religiosa. Los señores de Durham, Northumberland, Westmorland y Cumberland idearon un plan para sacar a María Estuardo de su prisión inglesa y colocarla como sucesora de Isabel, que no tenía hijos y reestablecer en el futuro el catolicismo y recuperar las posiciones de poder que ocupaban hasta el reinado de Enrique VIII. Al ser descubiertos fueron llamados por la justicia y rehusaron su presencia, levantándose en armas. La rebelión fue aplastada con más de 700 ejecuciones y las tierras de estos nobles confiscadas y repartidas por la reina, que nunca subió a pares a familias del norte. Para terminar el dominio de la nobleza, los reyes sin corona de Lancashire terminaron por desaparecer en su línea masculina en 1594 y sus terrenos en manos de la corona. Y ya en 1601 el favorito de la reina cae en desgracia y procura una revuelta en Londres contra la reina, fue ejecutado en la Torre.
El gobierno central y el local.
La reina innovó poco en cuestiones administrativas y siguió gobernando con el Consejo Privado (los Cecil, los Bacon, Robert Dudley, Francis Walsinghan y el conde de Essex), disminuyendo el poder del Canciller y del Guardián del sello. El Tesorero mantuvo su poder gracias a la longeva y competente trayectoria que desarrolló el titular. La última palabra era de la reina siempre.
Para gobernar mejor el Norte y el país de Gales la reina envió dos cortes vice-regias (una con sede en York y otra en Ludlow Castle), para acercar la monarquía a estas lejanas regiones. En ellas se reunían los hombres de leyes para sus sesiones y estaban al mando de un gran señor local cuya audiencia estaba formada por la gentry local. En York el representante de la reina era vilipendiado y en Gales éste se llevaba bien festivamente con los representantes locales.

Esta proyección del poder real se hacía necesaria ante la poca movilidad que llevó la reina, saliendo dos veces del entorno de Londres. Fue precisamente aquí donde ella tuvo un contacto importante con el pueblo, dejándose ver por él en sus desplazamientos y atendiendo sus peticiones, lo que hizo que los dos estuvieran muy unidos hasta casi el final de su reinado.

El papel de los sheriffs en los condados ya había venido decreciendo en los reinados anteriores, siendo sustituidos por los justice of peace, que eran elegidos por la reina entre la gentry local, donde ella delegaba sus poderes. A partir de 1563 se encargaron de fijar los salarios en función de la situación económica, de hacer valer las regulación artesanal y de aplicar las leyes de pobres. Para imponerse contaban con los constables o agentes de policía.

La Justicia y las Finanzas
En esta época subsistían islotes de jurisdicción independiente (tribunal manorial), controlados por grandes terratenientes y presididos por los mayordomos o stewards, que se asistían de un jurado formado por los principales tenentes del dominio. Este tribunal arbitraba disputas entre vasallos, escuchaba los informes de los constables, reprimía los abusos del apacentamiento del ganado o de la apertura de tabernas sin licencia, controlaba el juego y ponía multas. Atendía, pues, causas menores y sólo de un determinado espacio del reino. En lo importante, la justicia era llevada por los expertos del derecho, contratados por los tribunales de la Common Law (que venía de la edad media), que era consuetudinaria y juzgaba sobre precedentes. Los Tudor impusieron otras cortes, las prerogative courts, con magistrados nombrados por el Canciller, que atendía causas no previstas y que juzgaban según el sentido común. Estos funcionaron bien hasta 1590. Como instituciones mayores estaban los tribunales reales. El King´s Bench para lo criminal, el Exchequer para lo financiero y la Court of Common pleas para los asuntos civiles.

En época Tudor no existía diferencia entre Corte y Estado, por tanto la monarquía se alimentaba de los impuestos en sus dominios, tasas de carácter feudal, también con las aduanas al comercio y con las confiscaciones nobiliarias y eclesiásticas. También se aprovechó la venta de monopolios comerciales. Aún así la reina gastó mucho en empresas militares, lo que dejó una deuda muy grande a su muerte que en parte fue mitigada por los subsidios del parlamento.

El Parlamento.
Con la aristocracia terrenal en franco retroceso y la espiritual, los obispos, adictos a la corona desde al menos 1563-70, el control del absolutismo quedaba en manos de los Comunes. Estos estaban mejor preparados para ejercer sus cargos, con estudios universitarios o tras pasar por la escuela de Derecho. Hasta el final del reinado no se puede hablar de una oposición contundente a la política real. Además la reina no estaba obligada a convocar el Parlamento y no le era necesario para la creación de leyes. Por eso fue convocado en 13 ocasiones durante todo el reinado. Las protestas no existieron porque los integrantes de los Comunes eran parte de la gentry, en posición ascendente y contentos con la política regia.
El conflicto religioso
La cuestión más importante y urgente era fijar la orientación religiosa del estado. Como no se consideraba conveniente el pluralismo religioso, debía proponerse una fórmula de fe y un modelo de Iglesia que fuera aceptable a la mayoría de los ingleses. Muy posiblemente el sentimiento mayoritario del pueblo inglés en 1558 estuviera en la línea dogmática y eclesial fijada por Enrique VIII, es decir, lo que se ha denominado «catolicismo enriciano»: mantenimiento del dogma y de la liturgia católica pero separación de la Iglesia anglicana de la obediencia a Roma. Sin embargo, la postura de la Reina era claramente protestante. El problema era, entonces, cómo establecer el protestantismo sin provocar conflictos civiles graves. Hay que señalar que uno de los postulados básicos de su política religiosa fue «no hacer ventanas en los corazones y las mentes»; exigiría la conformidad exterior con la Iglesia oficial, pero no indagaría en la conciencia de sus súbditos.
El norte y oeste del país, y la mayoría de los lores, eran de orientación católica, pero los comunes, el resto del país e incluso la reina, eran de orientación protestante. Bajo su mandato se llegará a una nueva religión de mediación entre el catolicismo y el calvinismo. En 1559 logró que el Parlamento aceptara las Actas de Supremacía y Uniformidad, no sin una notable resistencia de los lores, entre los que se encontraban obispos católicos designados en la época de María.

Isabel era declarada «gobernadora suprema» de la Iglesia de Inglaterra, introduciendo un sutil matiz con relación a su padre que fue «cabeza suprema», y debía ser expresamente reconocida como tal por todos los clérigos, oficiales reales y graduados universitarios. Era obligatorio, bajo pena de multa, asistir a la iglesia los festivos. La mayor dificultad estuvo en fijar el marco litúrgico y eclesial de la nueva Iglesia, ya que Isabel era una protestante muy moderada que en su capilla privada mantenía cirios y crucifijo. Se vio, no obstante, obligada a aceptar la postura litúrgica algo más radical de sus consejeros. No se introdujeron, en cambio, modificaciones en el modelo eclesial que siguió siendo jerárquico y contando con obispos.

Isabel tuvo éxito en conseguir una transición relativamente tranquila de un Estado católico a otro protestante, aunque el proceso pasó por momentos difíciles. En los primeros años del reinado la mayoría era católica y bajo la protección de la gentry conservadora muchos clérigos católicos siguieron ejerciendo su ministerio, pero debieron ser pocos los recusantes que se negaron a aceptar el Acta de Supremacía y acudir a las iglesias anglicanas. Los nuevos obispos se pusieron a redactar una nueva Biblia y los 39 Artículos, que debían ser adoptados en 1563. La liturgia quedaba muy ligada al catolicismo (aún sin latín y sin imágenes) y de influencia calvinista (escrituras como fuente de fe, dos sacramentos bautismo y eucaristía sin sacrificio en la misa). La reina no ratificó inmediatamente los artículos, y el Papado aprovechó la ocasión para esperar un cambio del ideario regio o la caída del monarca. Para ello azuzó la rebelión del Norte en 1569 y, al no tener éxito, excomulga a la reina en 1570.

Ante esto Isabel no sólo ratifica los artículos sino que inicia una persecución católica. Mata o detiene a nobles católicos, a las expediciones jesuitas que entraban clandestinamente en el reino así como a los que les albergaban, para terminar ejecutando en 1587 a María Estuardo, esperanza católica en Inglaterra. La Reina prefirió no perseguir a los recusantes y confiar en que el tiempo iría disolviendo los residuos del catolicismo. Un paso importante en el proceso fue la sustitución de los antiguos obispos católicos por otros protestantes. Significaba que a medio plazo, al ir desapareciendo los antiguos sacerdotes, ya no habría clero católico. En 1568, para hacer frente a esta carencia, William Allen estableció un seminario en Douai, en los Países Bajos españoles, donde se formaban sacerdotes destinados a mantener la fe entre los ingleses.

En la práctica, sólo se podía ser católico de forma oculta y practicando exteriormente el anglicanismo. Las conspiraciones de un pequeño grupo de católicos exaltados continuaron tejiéndose en torno a María Estuardo y contando con apoyo español, hasta que, en 1587, Isabel tuvo que aceptar la ejecución de la reina de Escocia. Su desaparición, junto con el fracaso de la Armada española, hizo disminuir la presión del desafío católico; sólo perduró lo que se conoce como «catolicismo señorial» en el entorno de la gentry católica, pero su importancia decayó mucho y no se consideró un peligro político.

Respecto al auge del puritanismo, el presbiterianismo promulgaba la desaparición de los obispos como intermediarios de Dios y acercaban el pueblo a la Iglesia, con clérigos elegidos por el pueblo, más democrática que la Iglesia de Ginebra. Los puritanos surgen en 1565 y pretenden depurar la Iglesia anglicana de la maldad de los obispos, además de modificar dogmas como la predestinación. Isabel endurece las medidas y exige la rigurosidad de atenerse a los 39 Artículos y al Prayer Book bajo pena de persecución. A partir de 1590 la persecución se les hace insoportable a los puritanos y esta se considera una causa de malestar entre el pueblo hacia la reina.

La cuestión escocesa.
Otro desafío peligroso lo protagonizó la presencia en Inglaterra de María Estuardo, reina de Escocia, que había sido obligada a abandonar su trono. En torno a ella se van a centrar una serie de conspiraciones que aúnan las esperanzas de restauración católica con un cambio dinástico. En 1569 se produjo la rebelión de los señores del norte, como consecuencia de un complejo y descoordinado plan encabezado por el protestante duque de Norfolk que pretendía casarse con María, recuperar Escocia y después esperar la sucesión de Isabel. En él participaban diversas facciones cortesanas descontentas con el poder que tenía el secretario William Cecil. El plan fue descubierto y Norfolk y otros conspiradores arrestados, pero los señores católicos de Northumberland y Westmorland se sublevaron en sus dominios del norte en defensa del catolicismo. La rebelión fue rápidamente sometida y sus líderes se refugiaron en Escocia.

La tensión religiosa se incrementó, en especial, como consecuencia de la excomunión de Isabel por Pío V en 1570, decretada en contra de la opinión de Felipe II. En su bula, el papa la deponía del trono por hereje y ordenaba a los católicos negarle obediencia. La Cámara de los Comunes quiso endurecer las penas contra los recusantes, pero la Reina se resistió. Aceptó, en cambio, que se condenara como traidores a los que la llamaran hereje, negaran su derecho al trono, o tuvieran en su poder la bula papal o cualquier objeto de devoción católico, como el rosario.

En definitiva, la bula de excomunión empeoró la situación de los católicos ingleses, sin lograr el objetivo de provocar una sublevación generalizada contra la Reina. Sí se produjo de inmediato un nuevo complot para reinstaurar el catolicismo, instigado por el banquero florentino Ridolfi con apoyo español, en el que estaban implicados María de Escocia y el conde de Norfolk. Este último fue condenado a muerte por traición y María encarcelada.

Los últimos años de reinado
Los últimos años del reinado se caracterizaron por la lucha de facciones en la Corte, la oposición del Parlamento y el malestar económico del Reino. El crecimiento demográfico y las malas cosechas habían provocado un aumento del desempleo y del número de pobres y vagabundos. Se adoptaron diversas medidas para hacer frente al problema, entre las que destacan las Leyes de Pobres de 1597, que organizaron un sistema nacional de atención a los pobres. Los fondos necesarios provendrían de una tasa obligatoria establecida con carácter general. Por otra parte, entre 1597 y 1601 el Parlamento desarrolló una política contraria a los monopolios comerciales con que la Reina favorecía a sus servidores, que la forzó a cancelar la mayoría de las concesiones.
Pero el problema mayor fue la lucha de las facciones, que culminó con la rebelión de Essex en 1601. El joven conde de Essex, Robert Devereux, se convirtió en el favorito de la Reina en un momento en que se había producido una especie de vacío político por la muerte de los dirigentes más ancianos del régimen isabelino. Essex quiso convertirse en la cabeza indiscutible del gobierno. Extendió sus redes que llegaron a incluir al mismo William Shakespeare. Essex era partidario de una activa política de intervención en Europa en contra de España, y participó en expediciones militares en Francia y en el asalto a Cádiz de 1596. Posteriormente fue nombrado lugarteniente de Irlanda. Temeroso de que el alejamiento de la Corte facilitara el triunfo de su rival Cecil, regresó y se presentó de improviso ante la Reina, lo que le costó caer en desgracia y, sobre todo, perder la concesión del monopolio de importación del vino dulce. Agobiado por las deudas, a su ambición política se sumaron sus necesidades económicas y las de sus amigos, y planearon un levantamiento en Londres para hacerse con la Corte (febrero de 1601). Descubierto el complot y fracasado el levantamiento, Essex fue ejecutado a la edad de 34 años. Robert Cecil logró entonces el control casi absoluto de la Corte, anunciando la situación que se produciría bajo los primeros Estuardos.

Isabel murió el 24 de marzo de 1603, a la edad de 69 años, y le sucedió Jacobo Estuardo, hijo de María, rey de Escocia.



Bibliografía:

BENNASSAR, B. LA EDAD MODERNA. Ed. AKal

RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. ACTAS, Madrid, 2006.

TENENTI, A. LA EDAD MODERNA SIGLOS XVI-XVIII. Editorial Crítica. Barcelona. 2003.

FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia.

Barcelona. 2000.

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