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Transformaciones militares a comienzos de la Edad Moderna

Todavía durante la mayor parte del XVI fueron pocos los soberanos que contaron con ejércitos permanentes bien adiestrados y preparados. Los monarcas tenían su guardia personal, las fortalezas claves y ciertos servicios, como el de pagaduría y artillería, eran fijos, pero en el caso de guerra había que recurrir a las levas feudales o a la contratación de mercenarios. Los ejércitos de los grandes príncipes eran muy heterogéneos y limitados a los contingentes feudales en muchos casos. La obligación feudal persistía en estos casos y el noble aún era educado para la guerra, aunque el papel de la caballería había disminuido y el principal problema lo daba el encontrar una buena infantería. Las milicias populares eran más baratas y planteaban menos problemas y eran más baratas que los soldados mercenarios, pero carecían de la profesionalidad y el temple de aquellos en situaciones de combate. Las de los mercenarios a sueldo constituían la fuerza más importante, sobre todo si eran veteranos, destacando la de Alemania, Suiza y Valonia. Pero a cambio eran díscolas y exigentes, por que eran dadas al amotinamiento si no eran pagadas puntualmente.
Los años que transcurren desde las primeras guerras de Italia hasta las de los Países Bajos fueron más decisivos en la evolución de la artes de la guerra que en los sucesivos hasta el siglo XVIII. Época de cambios importantes – se habla incluso de “revolución militar”- pero también época de transición: distintas armas y distintas técnicas, viejas y nuevas. Ya en las primeras Guerras de Italia, los ejércitos españoles comenzaron a ganar fama en Europa. El contingente más esencial, la infantería, estaba compuesta de arcabuceros y mosqueteros (que desplazaban a arqueros y ballesteros). La infantería era apoyada por dos tipos de caballería, pesada y ligera. La artillería ligera, capaz de seguir con facilidad la marcha de los ejércitos, fue haciéndose cada vez más importante, con eficacia demostrada en el sitio de plazas-lo que obligó a un reforzamiento de las fortificaciones. Sólo la falta de unificación de los tipos y calibres podía dificultar el aprovisionamiento de munición.
La estrategia militar, sin embargo, sufrió menores variaciones. Continuó predominando la guerra de desgaste. Las grandes batallas, de resultado incierto, eran rehuídas. La guerra se hizo más lenta y consiguientemente más cara. Nuevas armas, mayores efectivos y problemas de avituallamiento hicieron subir progresivamente el coste de las campañas, por lo que sólo los príncipes con un fuerte respaldo hacendísticos podían permitirse conflictos prolongados.
Respecto a la marina, todavía en el siglo XVI la guerra en el mar solía ser una contienda no entre estados, sino entre súbditos, no entre marinas reales, sino entre corsarios y mercantes armados. La guerra en el mar seguía vinculada estrechamente al comercio, y existía una práctica indiferenciación entre buques mercantes y buques armados, sobre todo en el Atlántico. Los navíos reales significaban una pequeña proporción de los ejércitos en tiempos de guerra (al igual que en tierra). Sólo dos potencias, en Imperio Otomano y Venecia, disponían de una poderosa flota de guerra permanente. España, volcada tanto al Mediterráneo como al Atlántico, se constituyó a primeros de siglo como una poderosísima potencia naval, estimulando la construcción de grandes navíos de combate susceptibles de armarse o incluso llegando a la requisa de barcos. En la segunda mitad del XVI, Felipe II se vio obligado a gastar una gran suma en el mantenimiento de una poderosa flota de galeras en el Mediterráneo y el fracaso de la Armada Invencible hizo que se incrementase el número de buques reales para hacer frente a los conflictos del Atlántico. Como en el ámbito terrestre, la táctica y la estrategia navales sufrieron modificaciones a lo largo del siglo. En el Mediterráneo se utilizaban preferentemente las galeras, cuya autonomía propulsora las hacía ideales para surcar sus tranquilas aguas. En el combate, la artillería jugaba un papel secundario y el abordaje era el factor decisivo, razón por la cual se embarcaban grandes contingentes de tropas. En el Atlántico, en cambio, se utilizaba el galeón, navío “redondo” de alto bordo, coronado por elevados castillos, y más y mejor artillado a la vez. La artillería se convirtió en el elemento más caro de la guerra naval. La sustitución del hierro forjado por el bronce en la fabricación de piezas artilleras permitió la obtención de artillería de hierro colado abundante y a precios razonables. El combate entre la Armada Invencible y la flota inglesa en aguas del canal de la Mancha puso en evidencia la importancia que iba a tener en adelante el fuego artillero como elemento primordial del combate en la guerra naval.
El peso de la opinión pública fue siempre pequeño, pero no por eso los príncipes no renunciaban a presentar sus conflictos armados como “guerras justas”. Únicamente hubo algunos pequeños avances jurídicos del derecho internacional y pocos fueron los avances humanitarios para detener el derramamiento de sangre; tierra quemada, pillaje, rescates, hambre, enfermedades. Y aunque la práctica de la “buena guerra” fue defendida por algunos, los avances solían ir seguido de retrocesos, como incurrió en las Guerras de religión, cuya fuerte carga emocional las hizo aún más crueles y violentas.


BIBLIOGRAFIA

IMBER, C. EL IMPERIO OTOMANO 1300-1650. Ediciones B, Barcelona 2002.

FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia.

Barcelona. 2002.

RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. Actas, Madrid, 2006.

MARTINEZ SHAW, C. HISTORIA DE ASIA EN LA EDAD MODERNA. Arco Libros S.L.

Madrid.1996.

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