Obelisco Egipcio



Obelisco egipcio, diseño 3D de Google 3D y  desarrollado en Papercraft por J. Ossorio. Este obelisco que asemeja los de Egipto, fue construido para celebrar la victoria de D. Pedro de Portugal al acabar con el régimen absolutista.
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Las Monarquías Nórdicas en la Edad Moderna

Hasta comienzos del siglo XVI, las coronas de Dinamarca, Noruega y Suecia formaban la Unión de Kalmar, aunque cada país tenía plena autonomía. Esta unión terminó violentamente en 1521. El rey Cristián II pretendió romper las condiciones de Kalmar, lo que provocó una sublevación general y el fin de la unión. A partir de este momento se sucede una etapa de inestabilidad.

DINAMARCA

Durante este tiempo, Dinamarca conoció un notable desarrollo. El triunfo del luteranismo a partir de 1536 permitió el reparto de las tierras de la Iglesia. La corona danesa disponía de muchos más recursos económicos lo que le daba un mayor poder. La nobleza formaba una sociedad cerrada. Monopolizaba los cargos administrativos y utilizaba su hegemónica posición para someter al campesino. Dinamarca y especialmente su monarquía contará con otro recurso económico excepcional: el peaje del Sund, que proporcionaba ingresos cuantiosos. Todo ello permite a la monarquía disponer de un potencial excepcional que utilizará en crear una administración central y su funcionariado, en organizar la navegación creando un código marítimo y en engrandecer sus ciudades. Federico II pudo con sus barones controlar Noruega, cuya autonomía fue respetada. En 1593, cuando Cristián IV empieza su reinado, Dinamarca se ha convertido en la primera potencia del norte.

SUECIA

Suecia había protagonizado varias revueltas con el propósito de romper la Unión de Kalmar. De los tres socios, los suecos nunca se habían sentido identificados con la unión. La torpe política de Cristián II favoreció sus propósitos de romper con un statu quo con el que nunca habían estado de acuerdo. En 1523, la Dieta de Sneugnäss reconoció rey de Suecia a Gustavo Vasa, aunque no pudo consolidarse en el poder hasta 1527. Pero aun entonces no lo tuvo fácil. Durante unos años debió hacer frente a los partidarios de Cristián II y a otra serie de rebeliones protagonizadas por la aristocracia, el campesinado y el clero. Sólo después de 1532 pudo empezar a desarrollar su plan de gobierno. Creó una administración central mientras hacía sentir la presencia real en las provincias a través de representantes enviados desde la corte. Entre sus mayores éxitos debe apuntarse el haber conseguido que la Dieta de Orebro otorgase en 1544 la condición de hereditaria a su monarquía. Impulsó la Reforma protestante, que le permitió quedarse con las tierras de la Iglesia. La importancia de la nobleza era, como en el resto de Europa, incuestionable, pero la burguesía desempeñaba su papel y los campesinos se habían mostrado agresivos en la defensa de sus derechos. Durante el siglo XVI Suecia experimentó un notable crecimiento económico y tuvo una presencia cada vez mayor en el comercio exterior con la exportación de hierro, cobre, mantequilla y pieles. Los descendientes de Gustavo Vasa practicaron una política exterior tan ambiciosa que hipotecaron durante años el futuro de la monarquía y de la propia Suecia.

La lucha por la hegemonía en el Báltico y el avance ruso:

A finales del siglo XV, la irrupción del Gran Ducado de Moscú en Novgorod había contribuido a deteriorar el comercio hanseático en el Báltico, ya en decadencia por la descomposición de los vínculos que unían a las ciudades alemanas y la marcha de los grandes bancos de arenques del Báltico a las costas flamencas del mar del Norte. Hasta entonces la Hansa-con la ciudad de Lübeck a la cabeza-había gozado en el espacio báltico de la misma hegemonía que la República de Venecia en el Mediterráneo. A lo largo del XVI su posición se iría degradando irremediablemente y el centro de gravedad de las operaciones mercantiles tendería a desplazarse hacia el oeste, en beneficio de Hamburgo-el puerto más occidental de la autoridad hanseática- y, desde luego, en beneficio de sus principales competidores: holandeses e ingleses.

Ya Christián II (1513-1522) de Dinamarca había intentado sacudirse la tutela hanseática favoreciendo la entrada de los holandeses en los circuitos comerciales bálticos. Los hanseáticos habían respondido apoyando la rebelión sueca que pondría fin a la vieja Unión de Kalmar (1397): con el apoyo de Lübeck, Suecia se sacudiría la tutela danesa en 1523 nombrando rey a Gustav Vasa. Pero Federico I (1523-1533) seguiría la misma política que su antecesor: mantener en su poder los estrechos del Sund que abrían las puertas del Báltico y favorecer el comercio de las ciudades de los países Bajos en contraposición a los intereses hanseáticos. Este hecho explica la nueva intervención de Lübeck en la llamada Guerra de los Condes, suscitada a raíz de la muerte de Federico I y de la sucesión danesa, siendo derrotada en Svendborg (5-VI-1535), esta vez por las fuerzas reunidas de Dinamarca y Suecia.

Pero la hegemonía danesa difícilmente podía mantenerse, puesto que a ella se oponían; Suecia, para la que la libertad en el Báltico suponía una r garantía indispensable para su independencia. Polonia, para la que la libertad en el Báltico suponía facilitar la exportación de los cereales y arremeter contra Rusia en el Ducado de Livonia y Rusia, para poder abrirse paso a Europa y su comercio.

Cuando en 1558 Iván IV toma las armas busca el gran objetivo de Rusia; avanzar hacia el oeste, ya que sólo Estonia le separaba del mar. Toma Narva, principal puerto de entrada de las mercancías occidentales. Las tierras amenazadas se ponen bajo la protección de Suecia, mientras que la mayor parte de Estonia ofrece su vasallaje a Polonia. Al mismo tiempo estalla la denominada Guerra de los 7 Años (1563-1570) entre suecos y daneses, tanto por el permanente conflicto de la libertad de tránsito por el Sund como por la nueva cuestión de

Estonia. Este conflicto perturbará enormemente el comercio báltico, perjudicando a todas las naciones. Los tratados firmados en Stettin garantizan la libertad de navegación por las aguas del Báltico, proclamando un principio fundamental para el derecho público internacional.

Por otro lado Polonia y Lituania estrechan lazos ante la amenaza de Moscú. Por el Tratado de Lublin (1569), que perdurará dos siglos, ambas corona formarán un mismo cuerpo con un único soberano y una misma Dieta. Suecia se une a Polonia, recuperan gran parte de los territorios ocupados por Polonia en Lituania y en 1578 derrotan totalmente a las tropas de Iván IV en Venden. Iván IV reconoce su derrota y renuncia a sus proyectos sobre Estonia y Livonia, firmando armisticios con Polonia (1582, Yam Zapolski ) y Suecia (Narva, 1583). Esto supone para Rusia la renuncia durante más de un siglo a la estrecha ventana que había conseguido abrir sobre el Báltico.
LA DINAMARCA ABSOLUTISTA
Desde 1397 existía la Unión de Kalmar que englobaba a los Reinos de Dinamarca, Suecia y Noruega, aunque cada país mantenía su autonomía. Se trataba de un contrato de asociación entre la monarquía y las noblezas de los tres países, siendo la monarquía danesa la cabeza dirigente de la asociación. El dominio danés no se aceptaba con agrado en Noruega. En Suecia, el descontento era mayor. A comienzos del siglo XVI, con la llegada al poder de Cristián II (1513-1523), cuñado del emperador Carlos V intentó fortalecer su autoridad y formar un Estado centralizado y con tendencia absolutista, de características similares al que se estaba formando por las grandes potencias occidentales.
En 1521 se rompió definitivamente está unión cuando el rey Cristián II invadió Suecia proclamándose allí también rey. La “Matanza de Estocolmo” o el “Baño de sangre de Estocolmo” provocó una sublevación general y el fin de la unión, siendo finalmente destronado Cristián II por la nobleza danesa, desligándose Suecia de Dinamarca y Noruega. La protesta se extendió igualmente a Dinamarca, aprovechando la nobleza danesa para destronarlo, eligiendo rey a su tío Federico I (1523-1533). También fue reconocido rey de Noruega, renunciando a reinar sobre Suecia. Gobernó de acuerdo con la nobleza. A su muerte se produjo un enfrentamiento entre el rey destronado Cristián II, y el hijo de Federico I, el futuro Cristián III, con el apoyo de suecos, nobleza danesa y fuerzas de los ducados de Holstein y Schleswig, de burgueses conectados con el comercio internacional y campesinos de Jutlandia en rebelión contra sus señores
Cristián III (1537-1559) impuso el luteranismo en Dinamarca (1536), lo que aparejo la secularización de los bienes eclesiásticos, repartiéndose entre el rey y los nobles. Durante su reinado y el de su sucesor Federico II (1559-1595) Dinamarca conoció un notable desarrollo convirtiéndose en una de las potencias de la Europa septentrional. La nobleza formaba un grupo cerrado, monopolizando cargos administrativos y sometiendo al campesinado, cuya situación jurídica y económica empeoró. También se produjo un auge importante en el comercio marítimo en el Báltico, el peaje del Sund, proporcionaba ingresos cuantiosos, que en época de Federico II suponían dos tercios de las ingresos del Estado. Ello permitió no sólo organizar la navegación mediante la promulgación de un código marítimo, sino fundar y embellecer sus ciudades y crear una administración central bien dotada de funcionarios. Además, por medio de sus barones pudo controlar el reino de Noruega, diezmada por la peste y desprovista de nobleza. A finales del siglo XVI, Cristián IV comienza su reinado (1593), Dinamarca se ha convertido en la primera potencia del Norte.
LA SUECIA DE GUSTAVO VASA
Los Suecos nunca se habían sentido identificados con la Unión de Kalmar. Entre 1520- 1521, las torpezas y la crueldad de Cristián II provocaron la ruptura definitiva de la Unión y la subida al trono de Gustavo Vasa (1523- 1560), miembro de una poderosa familia. Hasta 1527 no pudo consolidar su soberanía frente a sus opositores. Durante unos años tuvo que hacer frente a los partidarios de Cristian II y a las rebeliones de la aristocracia, el campesinado el clero. Creó una administración central, situando representantes burgueses para controlar las provincias. En 1544 se otorgó condición hereditaria a su monarquía. Fue el introductor de la reforma luterana en Suecia, medida más política que religiosa lo que le permitió quedarse con el patrimonio de la Iglesia (aproximadamente un 20% de la fortuna del país), con cuyas las rentas garantizaba la fortaleza del poder real. Durante su reinado, la nacionalidad sueca se vio favorecida por la emancipación de la lengua, que se diferenció más claramente del danés. La sociedad sueca era más abierta que la danesa gracias al papel de los burgueses y a la resistencia del campesinado libre. Los problemas vendrían de nuevo para la corona Sueca por la política demasiado ambiciosa de Erik IV (1560-1569), involucrado en la Guerra de los Siete Años (1563-1570) contra Dinamarca y Polonia, que le dejó en manos de la nobleza, que le destronó a favor de su hermano
Juan III (1569-1592), tuvo que recompensar a la nobleza. Firma la paz de Sttetin con los daneses e inicia una confrontación con los rusos por las posesiones de Ingria y Carelia. Pero, las mayores dificultades vendrían por el apoyo del monarca a la contrarreforma (casado con la polaca Catalina Jagellon), intentando conciliar luteranismo y catolicismo, lo que provocó la división del país entre los sus seguidores y los de su hermano Carlos, quien acabó venciendo. Tras su muerte, Carlos se proclamó regente de Suecia. Se produjo la momentánea unión dinástica de Suecia y Polonia, al recaer el trono en el hijo de Juan III, Segismundo III (1592-1604) y de Catalina Jaguellón, católico ferviente-conocido como el “rey de los jesuitas”-el cual ya ostentaba la corona polaca desde 1587. Segismundo continuó la contrarreforma iniciada por su padre, lo que le llevaría a su caída después del levantamiento de los protestantes, llevando al poder a su tío Carlos, hijo menor de Gustavo Vasa, que reinó con el nombre de Carlos IX (1604-1611). A pesar de las dificultades casi incesantes a lo largo del siglo XVI, Suecia se beneficia del impulso económico; exporta cada vez más hierro, cobre, mantequilla y pieles. Pero sus debilidades internas le impedirán desempeñar un papel importante durante todo el siglo XVI.
Bibliografía:


BENNASSAR, B. LA EDAD MODERNA. Ed. AKal

RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. ACTAS, Madrid, 2006.

TENENTI, A. LA EDAD MODERNA SIGLOS XVI-XVIII. Editorial Crítica. Barcelona. 2003.

FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia.

Barcelona. 2000.

El Sacro Imperio, Austria, Hungría y Bohemia

El Sacro Imperio era en 1500 un heterogéneo agregado de territorios con lazos tan tenues que resulta difícil definir sus límites geográficos. Los historiadores distinguen entre un Imperio real, que tendría su centro en Alemania, y otro virtual o teórico, que integraría también a aquellos territorios que tienen algún tipo de vinculación con el resto de territorio. El Imperio real era un puzzle de piezas dispares. Daba cabida a unos treinta principados –de los que cabe destacar como más importantes el Palatinado, Alta y Baja Baviera, Würtemberg, Sajonia, Mecklenburgo y Brandemburgo-, unos cincuenta dominios eclesiásticos, en torno a cien condados y sesenta ciudades libres, que eran muy abundantes en Renania y Suabia. Por lo demás, era un mundo rico y bien poblado, aunque turbado por los problemas sociales y por la vida poco ejemplar de amplios sectores del clero. El Imperio teórico comprendía los Países Bajos, Suiza, Bohemia y el norte y centro de Italia, pero en unos casos la pertenencia no era más que recuerdo del pasado y en otros los poderes del emperador se limitaban al nombramiento de ciertos cargos que apenas superaban la condición de honoríficos. El Imperio continuaba rigiéndose por la Bula de Oro de 1356. El Emperador, llamado rey de romanos, era elegido por los siete electores: tres eclesiásticos (los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia) y cuatro seglares (el rey de Bohemia, el duque de Sajonia-Wittemberg, el margrave de Brandemburgo y el conde palatino del Rin). Una Cancillería áulica presidida por el arzobispo de Maguncia- un Tribunal Imperial y la Dieta –constituida por los 7 electores, la segunda nobleza y por representantes de las ciudades más importantes- configuraban todo el aparato institucional.

No había ejército permanente, ni impuestos fijos, ni funcionarios que hicieran cumplir las órdenes. El título de emperador era, ante todo, prestigio. La debilidad del Imperio frente a la fortaleza de los estados explica los avatares de Carlos V con los príncipes alemanes en la cuestión de la Reforma. El progresivo fortalecimiento de los poderes regionales hizo más acusada la fragilidad del césar. Los príncipes practicaron una política de afirmación de su autoridad, centralización administrativa y articulación del territorio.

Desde 1438 hasta la desaparición del Imperio, el emperador fue siempre un miembro de la familia de los Habsburgo. Sus estados patrimoniales estaban constituidos por los cinco condados que se extendían desde Viena hasta el Adriático: Austria, Estiria, Carintia, Carniola y el Tirol. Se les conocerá como Habsburgo o Austria por ser este el condado más importante. El primer emperador de la Edad Moderna, Maximiliano I, se casó en 1477 en Gante con María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario, que aportó a su matrimonio los Países Bajos, Borgoña y el Franco Condado: es decir, la herencia de la casa de Borgoña.

A finales del siglo XV la situación social del Imperio preocupaba tanto a los príncipes como al propio emperador. Había inquietud por acabar con ciertas pervivencias medievales, que permitían guerras privadas, y con el bandidaje de los caballeros. Los cambios económicos habían ido dejando una masa cada vez mayor de proletarios y de pobres que se veían desplazados de sus oficios y de las tierras comunales. También inquietaba en determinados ambientes la vida disipada del clero. La fragmentación territorial era asimismo motivo de preocupación.

Los primeros planes de reforma fueron esbozados ya a mediados del siglo XV por el cardenal Nicolás de Cusa. Después, Maximiliano continuó con la misma política reformadora. Como cualquier soberano del momento pretendía fortalecer su autoridad imperial y la integración del territorio. Con este propósito propuso la creación de una Cancillería, que se ocuparía de sus estados patrimoniales y del Imperio, un Consejo y una Cámara. Pero nada cuajó. Los príncipes reclamaban medidas que aseguraban la paz y el orden. Las dos partes protagonizaron encendidos debates. A favor de los príncipes jugó la política exterior de Maximiliano. Esta política y sus fracasos exteriores fueron bien utilizadas por los príncipes para afirmarse sobre el emperador. Así, tras la derrota de Dormach en 1499 ante los suizos se vio obligado a aceptar en la Dieta de Augsburgo de 1500 la formación de un Consejo de Estado integrado por veinte miembros. De él dependerían las decisiones supremas. El emperador, que era reconocido como presidente, quedaba reducido a un cargo honorífico. La herencia de Maximiliano quedó reducida a la división de Alemania en circunscripciones y a la creación de una Cámara Imperial de Justicia que extendería los principios del Derecho romano a ámbitos cada vez más extensos. En sus estados patrimoniales, los resultados son bien distintos. Llevó a cabo una política de integración territorial y centralización que ha llevado a algunos historiadores a considerarle, junto con su nieto Fernando –hermano de Carlos V-, fundador de lo que se convertirá en el Imperio Austríaco.

El Occidente de Europa, que desde el siglo XIII había carecido de cohesión política, se halla sometido en la primera mitad del siglo XVI a dos fuerzas de signo contrario: la imperial encarnada en Carlos V de Alemania y I de España, y la particularista, de carácter nacional en Francisco I de Francia y religioso en los principales alemanes. Carlos V, en efecto, recibió una cuádruple herencia: de su abuelo paterno, Maximilian o, las posesiones de la casa de Austria en Alemania (Austria, Estiria, Carintia, Carniola, Tirol y Sundgau, aparte de otros territorios menores y derechos sobre el ducado de Milán); de su abuela paterna, Marí a, los territorios de Borgoña, a saber: Holanda, Flandes, Artois, Brabante, Luxemburgo, el Franco Condado, y el ducado de Borgoña (éste con litigio con Francia); de su abuelo materno, Fernando de Aragón, Aragón, Valencia, Cataluña, Baleares, Cerdeña, Sicilia, y Nápoles, más algunas plazas africanas; y de su abuela materna, Isabel, Castilla, Navarra, Granada, varias plazas del litoral marroquí, Canarias y los nuevos territorios americanos.

CARLOS V

A la muerte de Maximiliano, fue elegido emperador en 1519 su nieto Carlos (Carlos V). Pero fue preciso comprar el voto de los electores, lo que gravaría las finanzas castellanas en los decenios siguientes. Además, en política exterior y de justicia se vio obligado a contar con los electores de la Dieta. Como su abuelo, Carlos intentó sin éxito encontrar una fórmula capaz de conciliar el gobierno del Imperio con el de sus estados austríacos. Para hacer frente a su absentismo, creó un Consejo de Regencia en la Dieta de Worms en 1521. Nombró a su hermano Fernando representante permanente en el Imperio, y le cedió por el tratado de Bruselas de 1522 los territorios austríacos de los Habsburgo. Poco después Fernando sería nombrado rey de Bohemia y Hungría.

La estabilidad social y el orden político se vieron convulsionados por la doctrina de Lutero. Con sus escritos sobre los campesinos de 1525 se ganó definitivamente a un sector de los príncipes, que vieron además en su doctrina sobre la autoridad del príncipe un medio de acentuar su poder. Los intentos de Carlos V por frenar o erradicar la doctrina luterana terminaron en un rotundo fracaso. La paz de Augsburgo de 1555 sancionó la existencia de las dos religiones – luterana y católica- y admitió la secularización de los bienes eclesiásticos anterior a 1552. En 1555-1556, cuando Carlos V decide retirarse del mundo, dejó sus estados patrimoniales a su hijo Felipe II y los asuntos del Imperio a su hermano Fernando, a quien en 1558 cedió la corona imperial. Durante los reinados de Fernando I (1558-1564) y de Maximiliano II (1564- 1576), el Imperio todavía mantuvo cierta entidad para quedar reducido después a un término sin apenas contenido.


Carlos V, Joseph Pérez



LA DESINTEGRACIÓN DE LA EUROPA BALCÁNICA.

A fines del siglo XV, los reinos de Hungría y Bohemia, que habían tenido su propia historia, quedaban unidos bajo la corona de un único monarca: Ladislao Jagellón. En Hungría la elección no fue igual de fácil que Bohemia. La corona húngara tenía varios pretendientes. Finalmente, fue impuesto el preferido de los grandes magnates. Ladislao era un hombre débil, y ésta fue precisamente la condición que le convirtió en el candidato de la nobleza después del gobierno autoritario de su predecesor. Desde 1515 Hungría fue un satélite de los Habsburgo y a partir de 1526, tras las derrota de Mohacs, el territorio que dejaron los turcos pasó a formar parte de la corona austríaca. Bajo la rama primogénita de los Jagellón quedaban el reino de Bohemia, al que se unieron en 1490 Moravia, Silesia y Lusacia, y Hungría –que comprendía, además del territorio húngaro, Serbia y Bosnia-. Un territorio relativamente amplio, amenazado por el avance de los turcos y víctima de una aristocracia que había dejado al monarca sin poder y al reino sin recursos para hacer frente a los otomanos. El poder real quedaba profundamente limitado por ley. La debilidad de Ladislao lo redujo a la nada. Sin un poder central fuerte, Hungría quedó a merced de la nobleza, que plasmó su posición hegemónica en las instituciones. En Bohemia, la evolución fue semejante. La nobleza se aprovechó de la debilidad del nuevo rey para adueñarse del poder. Hungría y Bohemia eran en realidad repúblicas aristocráticas como Polonia. Los nobles se autoproclamaron depositarios del poder político. Se atribuyeron la condición de que sólo ellos eran libres y el resto de la población eran siervos. Pronto los campesinos fueron sometidos a servidumbre. La muerte de Ladislao dejó el trono en la persona de Luis, un niño de 10 años. La anarquía dominó en ambos territorios durante año. En estas circunstancias, poco se podía hacer frente al avance de los poderosos otomanos. En 1490, cuando Ladislao es elegido rey de Hungría, el Imperio turco ha llevado sus límites hasta Serbia. El reinado de Ladislao fue relativamente tranquilo. Desde sus enclaves de Serbia y Bosnia, los otomanos lanzaron distintas incursiones sobre territorio húngaro, pero fueron contenidos por los defensores de las fronteras.

Bibliografía:

BENNASSAR, B. LA EDAD MODERNA. Ed. AKal

RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. ACTAS, Madrid, 2006.

TENENTI, A. LA EDAD MODERNA SIGLOS XVI-XVIII. Editorial Crítica. Barcelona. 2003.

FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia.

Barcelona. 2000.

Evolución de los Estados Italianos en la Edad Moderna

Después de los Países Bajos, es el país proporcionalmente más poblado. El índice de población urbana es el más alto de Europa, además de tener el mayor número de ciudades grandes (más de 50.000 habitantes). De ellas Nápoles, Venecia o Milán superan ampliamente los 100.000, caso único en Europa, que alcanzará estas cifras a finales del siglo (Sevilla, Londres o Paría). La economía es también superior a la media europea. El hambre se previene almacenando grano de las buenas cosechas y el crédito popular empieza a funcionar gracias a los Montes de Piedad. Se da el regadío en zonas como Venecia y la Lombardía y se obtienen grandes
cosechas, además de variadas (como en el caso de la huerta de Pavía). Pero no sólo el Norte es fructífero, porque Sicilia es el almacén de grano del Mediterráneo, se cultiva vid, olivo y se cría gusano de seda. El progreso industrial es menos general. Si bien en metalurgia y armas Alemania es más pujante, domina los textiles junto con los flamencos. Las ciudades lombardas han organizado la producción de forma capitalista, utilizando mano de obra campesina. Sin embargo es en el comercio y en las finanzas donde destacan más espectacularmente.
Venecia se puede considerar como puerto de Europa y la puerta al mercado oriental, también son importantes Génova y Pisa (aunque ya en decadencia). La banca de Médicis fue una de las más importantes, y los bancos nacionales, como la Casa de San Giorgio. Los bancos romanos administran el papado. Su poder se extiende por toda Europa, los bancos italianos dan seguridad y tienen sucursales en las principales ciudades de todo Europa. Por último, ni que decir tiene la importancia intelectual, con el nacimiento del Renacimiento y la importancia de Florencia, Venecia y Roma.
La Italia de las señorías y las repúblicas. Debilidad política de Italia. Las invasiones.
En el transcurso del siglo XIV la fragmentación de Italia había llegado a un cantonalismo extremo. Durante la centuria siguiente, paralelamente a la formación y auge del Renacimiento, se produce la reducción de las infinitas soberanías italianas a unos cuantos Estados. Éstos, con ligeras modificaciones, compondrán el panorama territorial de la Península en la Edad Moderna. En el norte de la península o Italia ístmica, los principales Estados son: el ducado de Saboya, que se extiende desde el Ródano al mar, englobando Saboya, Piamonte y Niza; la república de Génova, con Córcega como dependencia; el ducado de Milán; constituido por los Visconti y mantenido por los Sforza, a pesar de la pérdida de los territorios al sur del Po (futuro ducado de Parma y Plasencia); la república de Venecia, con sus posesiones de Terra Ferma, Istria, Dalmacia y Cattaro. Los ducados de Módena, Mantua y Ferrara constituyen la transición a la Italia central.
En la Italia central resaltan las repúblicas de Florencia y Siena y los Estados Pontificios. Florencia se desarrolla bajo los Médicis, amenazando la independencia de Siena. En cuanto al Pontificiado, su poder había sufrido serias mermas por el desarrollo del feudalismo en las Marcas y la Romaña; pero en el último decenio del siglo XV y primero del siglo XVI, la labor de Alejandro VI y Julio II impuso la unidad en los Estados papales.
En el sur de la Península, sobreviene un gran cambio. El reino de Nápoles pasa a una dinastía de la casa de Aragón, instituida por Alfonso el Magnánimo. Así se dispone, con los dominios aragoneses en Sicilia y Cerdeña, el centro de gravedad político que prepara la hegemonía de España en Italia.
Políticamente son las regiones más débiles y fragmentadas de Europa, lo que les hará ponerse en el punto de mira de los estados modernos que están eclosionando a su alrededor. La afición italiana a pedir la ayuda precisamente al extranjero será su definitiva perdición.
Italia comprende en la época una región con unos 20 estados soberanos que han roto sus vínculos de dependencia con el Sacro Imperio. Los estatutos son muy variados. Repúblicas (Florencia, Siena, Génova, Venecia), ducados (Saboya, Mantua o Ferrara), marquesados (Massa Saluzzo...)... El poder de la mayoría de estos estados solía recaer en el Príncipe, que solía ser a su vez el heredero de los antiguos condottiere (encargados de reclutar mercenarios para la defensa), que cuando terminaban su función reclutadora se quedaban en el poder, es el caso de los Sforza en Milán. Cuando surgía un problema entre estados se acudía a los mercenarios para su solución.
Los aragoneses vieron claramente esta debilidad y se lanzaron al dominio de Italia en contra de la casa reinante en Francia. Al final se hacen con el reino de Nápoles, alcanzan derechos sobre el Milanesado, llegan a pactos con Génova y son la fuerza predominante en la zona. Además hay que contar con el perfeccionamiento del arte de la guerra que los españoles alcanzaron en Italia, con la aparición de los temibles tercios mandados por el Gran Capitán Gonzalo de Córdoba, el conquistador de Nápoles. También cuenta mucho la evolución defensiva de los bastiones en ángulo, que llevó consigo la evolución de la artillería, dejando de lado la caballería. Italia constituye un caso particular en la Europa del siglo XVI. A pesar de ser, sin duda, junto a los Países Bajos, la región más rica y más evolucionada de Europa, no se produce el proceso de unificación y centralización que se estaba dando en las principales Monarquías occidentales. Se produce, durante este siglo, lo que se ha dado en denominarse el mosaico italiano, formado por múltiples organizaciones políticas cuyos regímenes tenían variadas formas y se basaban en constituciones bien diferenciadas. Así tendríamos una veintena de Estados soberanos que habían roto sus vínculos de dependencia respecto al Sacro Imperio romano-germánico.  Únicamente cinco estados tenían una verdadera importancia territorial y política: Nápoles, Milán, Florencia, Venecia y el Estado Pontificio.
Las rivalidades entre estados, su riqueza y prestigio, convirtieron a Italia en una presa codiciada por Carlos V y Francisco I. La primera mitad del siglo, se caracteriza por los enfrentamientos bélicos, mezclándose las luchas entre los Estados italianos con las que provocó allí la rivalidad hispano-gala, generándose así un largo período de inestabilidad política, de caídas constantes de gobernantes, de cambios constitucionales y de alteraciones territoriales. La segunda mitad del siglo se caracteriza por la ausencia de guerras, por la relativa tranquilidad, por la permanencia e incluso fortalecimiento de los principales poderes estatales, en definitiva, por una importante estabilidad política. No existe un paralelismo entre el desarrollo demográfico, económico y cultural de Italia con su fuerza política.
Los Estados Pontificios
Se extendían a ambos lados de los Apeninos centrales. El papa era uno de los soberanos más débiles. Su poder como príncipe secular en algunas ciudades sólo era nominal. La zona más sometida al poder del papa era el Lacio. Sus instituciones tenían que gobernar y administrar un estado territorial, pero también tenían que asegurar el gobierno de la Iglesia en el mundo. La Curia se ocupaba del gobierno secular. Los negocios exteriores los gestionaba un cardenal secretario y la hacienda era controlada por el camarlengo. El régimen pontificio fue un nepotista. El siglo XVI fue clave para el Papado por los graves acontecimientos que tuvieron que afrontar: los motivados por la ruptura protestante, las rivalidades entre la monarquía francesa y la Monarquía Universal Católica y el asedio de los turcos. En este siglo se sucedieron 18 Papas, sin embargo y a pesar de esta gran movilidad, el personal dedicado a las tareas de gobierno tuvo continuidad en la gestión, aunque la figura del Secretario de Estado, daba un carácter particular a cada administración o Pontificado. Los papas más destacados fueron Alejandro VI y Julio II.
La república de Venecia.
Era la república más poderosa de la península italiana. Se extendía por la llanura del Po. Entre sus ciudades destacaba Verona, Vicenza, Padua y Brescia. Llegó a construir un imperio colonial en la costa oriental del Adriático (Dalmacia e Istria) y las islas del Jónico y el Egeo, entre otras Chipre y Creta. Contaba con una constitución que fijaba los derechos naturales y unas instituciones prestigiosas. El dux o dogo era el jefe del estado. El gobierno lo desempeñaba el Gran Consejo, con funciones legislativas y de nombramiento de cargos. Elegía al Senado (unos 300 miembros) para ejercer la política exterior. Todos los cargos estaban en manos de la nobleza, grupo muy abierto ya que los puestos tenían una duración muy corta. Contaba con un fuerte ejército y una gran flota. Su imperio chocó frontalmente con el turco. No pudo evitar la pérdida de sus colonias en la costa Adriática, aunque mantuvo lo presencia económica en la zona gracias a los pactos. Su economía acusó la entrada en el ámbito comercial de las Indias Orientales y el control del mercado de especias por los portugueses y holandeses.
El ducado de Milán
Fue el estado más disputado en las guerras de Italia. En 1535, a la muerte de Francisco Sforza, (desaparecidos los Visconti auténticos creadores del principado), fue ocupado por Carlos V y heredado después por Felipe II. Las instituciones del principado, fijadas sólidamente desde tiempos de los Sforza, continuaron existiendo. Durante la dominación francesa, Luis XII creó un senado de 15 miembros con funciones judiciales. En 1541, Carlos V le otorgó una nueva constitución, creando la figura del gobernador y del archicanciller que era designado por la administración central. En 1543 los poderes del gobernador fueron limitados debido a la protesta de las ciudades por un nuevo tributo.
La república de Florencia.
Desde la muerte de Lorenzo el Magnífico en 1492, se sucedieron una serie de acontecimientos que provocaron gran inestabilidad social: invasión francesa, caída de los Médici, etapa de Savonarola, tutela de Francia, vuelta de los Médici, vinculación con el Papado, levantamiento de 1527, presión española, etc. Con la vuelta los Médici, que dotaron al gobierno de fuerza y continuidad, Florencia se convirtió en una república poderosa. Éstos modificaron algunos puntos de la constitución. La elección por sorteo fue sustituida por una junta, que permitía que la Signoria estuviera siempre dominada por amigos de los Médici. Fue una época de prosperidad económica y artística.
El Ducado de Saboya.
Se extendía al oeste de los Alpes, entre Francia e Alemania, considerado incluso como una entidad no estrictamente italiana. Con el duque Carlos III sufrió una dura crisis. La expansión de la Reforma provocó un período de inestabilidad y pérdida de algunos territorios a manos de Francisco I de Francia. Esta ocupación francesa se prolongó hasta la firma del tratado de Cateau-Cambrésis. Destaca en la labor de modernizar el Ducado la figura de Manuel Filiberto, quien definió y consolido el territorio. Con un gobierno de corte absolutista alcanzó un prestigio desconocido hasta entonces, lo que junto a su situación estratégica le valió para ser cada vez en mayor medida ser tenido en cuenta en el plano internacional. Su labor fue continuada por Carlos Manuel.
El Reino de Nápoles.
A comienzos del siglo XVI (y después de las disputas con Francia por la posesión del suelo italiano), el reino de Nápoles quedó definitivamente bajo el control de España. El rey español era representado por medio de virreyes, con el asesoramiento de un consejo. La administración provincial estaba en manos de gobernadores y tribunales (llamados Audiencias, como en España). La nobleza tenía un fuerte peso, con tintes feudales
La República de Génova.
Existía un profundo vínculo entre la Génova y la Monarquía Español, como consecuencia de las buenas relaciones comerciales, sociales y políticas, que se acrecentaron con la llegada al poder en Génova de la familia de los Doria. Mantuvo por tanto sus instituciones de gobierno y su independencia pero bajo el ámbito del Imperio Español.
Bibliografía:
BENNASSAR, B. LA EDAD MODERNA. Ed. AKal
RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. ACTAS, Madrid, 2006.
TENENTI, A. LA EDAD MODERNA SIGLOS XVI-XVIII. Editorial Crítica. Barcelona. 2003.
FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia.
Barcelona. 2000.

La República Holandesa en Tiempos de Felipe II


El Acta de abjuración del 26 de julio de 1581 es la declaración de independencia formal de las provincias del norte de los Países Bajos de su obediencia al rey Felipe II. Tras el estallido de la rebelión de los Países Bajos en 1564 y el inicio de la guerra de los Ochenta Años, el Acta de abjuración representa el punto de no retorno en la rebelión, tras el cual ya no hay acuerdo posible entre los rebeldes holandeses y la corona española. El 26 de julio de 1581, las provincias de Brabante, Güeldres, Zutphen, Holanda, Zelanda, Frisia, Malinas y Utrech, anularon por el Acta de abjuración en los Estados Generales de los Países Bajos, su vinculación con el Rey de España Felipe II, y eligieron como soberano a Francisco de Anjou. La asamblea determinó que el rey debía servir a sus súbditos y respetar sus leyes y tradiciones, y en caso contrario, el pueblo tenía derecho a elegir a otro gobernante. Pero Felipe II no renunció a esos territorios, y el gobernador de los Países Bajos Alejandro Farnesio, inició la contraofensiva y recuperó a la obediencia del rey de España Felipe II gran parte del territorio, especialmente tras el asedio de Amberes, pero parte de ellos se volvieron a perder tras la campaña de Mauricio de Nassau.

Guillermo I de Orange, el fundador de la familia real holandesa, lideró a los holandeses durante la primera parte de la guerra. Los primeros años fueron un éxito para las tropas españolas. Sin embargo, los asedios siguientes en Holanda fueron contrarrestados. El rey de España perdió el control de los Países Bajos después de que soldados de las tropas de Felipe II amotinados saqueasen Amberes y matasen a un número considerable de sus habitantes. Los católicos conservadores del sur y el este apoyaron a los españoles, que reconquistaron Amberes y otras ciudades flamencas y holandesas. Si bien finalmente la mayor parte del territorio en los Países Bajos se sustraería al dominio de la rama española de los Habsburgo, no sucedió lo mismo en Flandes, teniendo como resultado la separación histórica entre los Países Bajos y Flandes). Muchos flamencos huyeron a Holanda, entre ellos, la mitad de la población de Amberes, 3/4 de Brujas y Gante y toda la población de Nieuwpoort, Dunkerque y el campo.
La guerra continuó ininterrumpidamente durante 60 años más, pero el enfrentamiento principal había terminado. La Paz de Westfalia, firmada el 30 de enero de 1648, confirmó la independencia de las Provincias Unidas de España y Alemania. Los holandeses ya no se consideraban a sí mismos como alemanes desde el siglo XV, pero permanecieron oficialmente como parte de Alemania hasta 1648. La identidad nacional se formó principalmente por la provincia de la que procedía la mayoría de la población. Puesto que Holanda era con diferencia la provincia más importante, la República de las Siete Provincias llegó a ser conocida como Holanda en los países extranjeros.
Los barcos holandeses cazaban ballenas en la costa de Svalbard, comerciaban con especias en la India e Indonesia y fundaron colonias en Nueva Ámsterdam (hoy Nueva York), Sudáfrica y las Indias Orientales Neerlandesas. El mayor asentamiento neerlandés en el extranjero fue la Colonia del Cabo. Se estableció por Jan van Riebeeck, en nombre de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, en Ciudad del Caboen 1652. El Príncipe de Orange adquirió el control de la Colonia del Cabo en 1788. Además, algunas colonias portuguesas fueron conquistadas, principalmente en el nordeste de Brasil, Angola, Indonesia y Ceilán. Debido a estos desarrollos el siglo XVII lleva el sobrenombre de la Edad de Oro de los Países Bajos. Como eran una república estaban gobernados más por una aristocracia de comerciantes urbanos, llamados los regentes, que por un rey.

Los Estados Generales, con sus representantes de todas las provincias, decidían aquellas cuestiones importantes para toda la República. Sin embargo, a la cabeza de cada provincia estaba el estatúder de esa provincia, un puesto ocupado por un descendiente de la Casa de Orange. En 1650 el estatúder Guillermo II de Orange-Nassau murió repentinamente de viruela; su hijo, el último estatúder y rey de Inglaterra, Guillermo III, nació sólo 8 días después, por tanto, dejó a la nación sin un sucesor obvio. Los Príncipes de Orange se convirtieron en estatúder y en gobernantes casi hereditarios en 1672 y 1748. La República Holandesa de las Provincias Unidas fue una auténtica república solamente desde 1650 a 1672 y desde 1702 a 1748. A estos períodos se les llama la Primera y Segunda Era sin estatúder.

Bibliografía:
BENNASSAR, B. LA EDAD MODERNA. Ed. AKal
RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. ACTAS, Madrid, 2006.
TENENTI, A. LA EDAD MODERNA SIGLOS XVI-XVIII. Editorial Crítica. Barcelona. 2003.
FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia. Barcelona. 2000.

La Portugal de los Avis

En Portugal, la vacilante política de Alfonso V (1438-1481) empeñado en quiméricas empresas marroquíes y en las guerras civiles castellanas, dio pábulo al resurgimiento del poder de la aristocracia. A este problema hubo de enfrentarse Juan II (1481-1495), el fundador del Estado moderno portugués. Desde Alfarrobeira, la nobleza había usurpado preeminencias y territorios de la Corona, que el nuevo monarca se propuso recuperar, acudiendo a los más violentos recursos si fuera necesario. En las cortes de Evora de 1481-1482 humilló a la aristocracia y demostró su voluntad de prescindir de ella llamando a sus consejos a la burguesía. Cuando los nobles pasaron a la conjura para oponerse al nuevo régimen, Juan II mandó ajusticiar al duque de Braganza (1483) y al duque de Viseu (1484) con su propio cuchillo. De este modo quedó libre el camino para organizar el Estado moderno portugués y empeñarse de nuevo en las exploraciones oceánicas olvidadas desde tiempos de Alfonso V.
El sucesor de Juan II fue Manuel el Afortunado (1469-1521) al que reemplazó en el trono en 1495. Fue el responsable de la expulsión de los judíos y de los musulmanes de Portugal. Fomentó la exploración marítima y durante su reinado se llevaron a cabo los viajes de Vasco de Gama y Alburquerque.
1.400.000 millones de habitantes en 89.000 km2 a primeros del XVI no parecían destinar un gran papel a Portugal. Y, sin embargo, hasta 1530, su poder económico basado en una notable fuerza naval es, sin duda, superior a España y hasta 1550 o 1570, al de Inglaterra. El poder del estado, las tensiones económicas y el progreso técnico, sobre todo en la navegación, van a ser las principales bazas lusitanas.
El primer imperio.
La expansión portuguesa, bien preparada en la Edad Media, construyó un primer Imperio ya hacia el siglo XV; se trata de la expansión cuatrocentista hacia Marruecos, el Atlántico Oriental y los archipiélagos. En 1488 han llegado a las costas de Natal, después de haber doblado el Cabo de Buena Esperanza.
Todos estos viajes tenián intenciones especulativas, De 1490 a 1510-1514 la trata de negros, el tráfico de oro, la malagueta y el marfil sudanés lo dominaron en su totalidad las carabelas portuguesas. Se abren factorías en Senegal y Gambia. En el siglo XVI, la Mina proporciono anualmente a Lisboa 410 kilos de oro. Lo mismo sucedió con los esclavos (en competencia con los musulmanes), la malagueta o pimienta (Gambia-Níger) y el marfil (Benín).
El Gran Imperio.
La gran aventura lusitana del siglo XVI siguió siendo la asiática donde no tuvieron ninguna dificultad en asumir el control del océano Índico, tanto desde el punto de vista náutico como comercial, los intereses lusitanos y los de los comerciantes árabes entraron en abierto conflicto. Se debe tener en cuenta las dimensiones geográfica de Portugal, en torno a 1500 eran menos de un millón y medio, y lo mares que surcaban que se encontraban con adversarios más aguerridos que los encontrados por los españoles. El tiempo que se tardaba entre Goa y Lisboa equivalía al que se tardaba entre Lima y Sevilla, a fines del siglo XVI con el sistema en su máxima perfección, se tardaba en el trayecto dieciocho meses para un viaje de ida y vuelta. Uno de ida y vuelta de Goa a Japón duraba tres años.
La creación del Estado de la India, con capitalidad en Goa (1503) indicaba el deseo de no limitar la acción portuguesa al campo comercial; se extendería también al dominio político, aunque solo en la medida necesaria para asegurar las rutas comerciales. De esta manera se formó un Estado colonial portugués basado en el agua más que en la tierra. Era una red de puntos de apoyo para sostener una ruta marítima. En ningún momento se intento la conquista de vastas extensiones. Fue una empresa donde la grandeza y la fragilidad iban juntas. Grandeza por haber relacionado dos mundos, Occidente y el Extremo Oriente, que antes solo tenían raros y precarios contactos; fragilidad porque aquellos puntos de apoyo, muy distantes entre si, habitados por un corto numero de portugueses, dependían del dominio del mar; cuando ingleses y holandeses tuvieron superioridad marítima solo sobrevivieron algunos eslabones de aquella cadena: Goa, Macao, Timor...
Portugal estaba demasiado poco poblado para planear una conquista territorial y una colonización amplia. Así pues, el Imperio Portugués fue esencialmente comercial. El carácter discontinuo de la ocupación y de los establecimientos portugueses permite acuñar la expresión de Imperio Insular, al vivir cada factoría como islas, unidas al exterior por medio de flotas. Esto explica que al supremacía marítima portuguesa dependía de su supremacía marítima en el Atlántico Sur y en el Océano Índico.
Al apropiarse de la Ruta de Indias, los portugueses conquistaron, al menos parcialmente, el servicio de importación a Europa de la seda, piedras preciosas y sobre todo de las especias asiáticas (jengibre, canela, clavo, nuez moscada y especialmente la pimienta de Malabar y Sumatra, cuyo comercio era masivo y sobrepasaba al de las demás especias. A cambio, los portugueses exportaban los productos manufacturados de Europa, como armas y objetos de oro y plata. Además reemplazaron a los árabes al comercio de India en India (servían de intermediarios entre chinos, malayos e indio). Por estas razones el imperio portugués alcanzó su cénit hacia 1550.
El caso de Brasil era aparte en el Imperio. Descubierta al azar e inicialmente despreciada por su aparente falta de riquezas, iba a ser de gran importancia debido a su inmensidad y la debilidad de la población indígena, así como al ausencia de civilizaciones desarrolladas hicieron de ella una verdadera colonia de población portuguesa. En 1534 Juan III entregó el Brasil a empresas privadas repartiéndolo entre varios de sus capitanes. Hacia finales del siglo aumentó su importancia, por las plantaciones de caña de azúcar y sus molinos.
El apogeo portugués.
Los beneficios anteriores explican el mismo, que corresponde a los reinados de Manuel el Afortunado (1495-1521) y de Juan III (1521-1557). Es la época del estado portugués moderno, imperial, mercantilista y emprendedor. El soberano puede dedicarse al mecenazgo, actividad de la que procede la expresión “estilo manuelino El comercio con la India impulsa numerosas industrias portuguesas: astilleros navales, bizcochos, pesca de atún, viñedos y olivos. Con sus beneficios se desarrollan industrias textiles (Covilha, Guimaraes), alfarerías, marmolerías, conserveras, industrias de cuero… El apogeo portugués está además marcado por otros rasgos.
El impulso religioso había jugado un papel relativamente débil en los inicios del descubrimiento y la conquista. Pasado el primer tercio de siglo, los jesuitas portugueses desempeñan un papel importante en la civilización, especialmente en las Indias y en China.
Los nuevos mundos ocupan un amplio espacio en la literatura del país, la más brillante de su historia ( Os Luisiadas de Camoens, que pasó mucho tiempo en Goa y Macao).
Pero cuando los rivales de Portugal recuperaron su atraso en materia de navegación y en armamento, la escasez de población no le permitió mantener a Portugal la extraordinaria posición que había conquistado.
Felipe I de Portugal y II de España o el Imperio más vasto de todos los tiempos
La larga e intensa política matrimonial, seguida sin desmayo desde el comienzo de los tiempos modernos por los últimos Trastámara y sus sucesores los Habsburgo con la casa portuguesa de Avís, dio su fruto con Felipe II. Un hecho fortuito, como la muerte del rey don Sebastián de Portugal en la batalla de Alcazarquivir (1578), inició la crisis sucesoria, clausurada con el reconocimiento en las Cortes de Thomar (abril de 1581) del rey de España como Felipe I de Portugal.
Entre ambas fechas se inscribe, además del corto reinado del cardenal Enrique I (1578 – 1580), una intensa actividad diplomática y una breve pero contundente intervención militar contra don Antonio, prior de Crato, candidato al trono como descendiente por línea bastarda de Manuel I, que acabarían doblegando la resistencia de los opositores al soberano español. Aunque el soberano español se ganó el favor del cardenal y de otros muchos notables de Portugal, gracias a la labor diplomática, dirigida con notable acierto por el portugués al servicio de España Cristóbal de Moura, la opinión pública portuguesa se mostraba muy dividida. En líneas generales, los sectores sociales más relevantes del país apoyaban la candidatura de Felipe II: nobleza y clero, deseosos de un poder fuerte; la burguesía mercantil, necesitada un gobierno que acabase con las continuas agresiones que recibía el comercio ultramarino. Las clases populares, en cambio, de larga tradición anticastellana, depositaron su confianza en la solución “nacional” representada por el prior de Crato. El hecho es que el cardenal Enrique murió sin haber despejado la cuestión sucesoria, que Felipe II se encargaría de resolver por las armas.
Las Cortes de Thomar de 1581 zanjaban en principio el conflicto con la proclamación del nuevo rey, quien lograba de esta forma la tan ansiada unión peninsular y el enorme imperio colonial portugués. Aunque se trataba de una unión personal, similar a la que había presidido la formación de la monarquía hispánica con los Reyes Católicos, en la que cada territorio mantenía su organización político administrativa, Felipe II logró reunir bajo su soberanía la mayor cantidad de territorios que ha conseguido monarca alguno. Portugal le proporcionaba, además, una amplia fachada atlántica en un momento en el que el desplazamiento del grueso de la actividad internacional al Atlántico era un hecho. Felipe II desaprovechó, sin embargo, la gran oportunidad de dirigir desde el litoral portugués la política internacional y también la de consolidar su posición en su nuevo reino.

Bibliografía:

BENNASSAR, B. LA EDAD MODERNA. Ed. AKal

RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. ACTAS, Madrid, 2006.

TENENTI, A. LA EDAD MODERNA SIGLOS XVI-XVIII. Editorial Crítica. Barcelona. 2003.

FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia.

Barcelona. 2000.
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