El Sacro Imperio, Austria, Hungría y Bohemia

El Sacro Imperio era en 1500 un heterogéneo agregado de territorios con lazos tan tenues que resulta difícil definir sus límites geográficos. Los historiadores distinguen entre un Imperio real, que tendría su centro en Alemania, y otro virtual o teórico, que integraría también a aquellos territorios que tienen algún tipo de vinculación con el resto de territorio. El Imperio real era un puzzle de piezas dispares. Daba cabida a unos treinta principados –de los que cabe destacar como más importantes el Palatinado, Alta y Baja Baviera, Würtemberg, Sajonia, Mecklenburgo y Brandemburgo-, unos cincuenta dominios eclesiásticos, en torno a cien condados y sesenta ciudades libres, que eran muy abundantes en Renania y Suabia. Por lo demás, era un mundo rico y bien poblado, aunque turbado por los problemas sociales y por la vida poco ejemplar de amplios sectores del clero. El Imperio teórico comprendía los Países Bajos, Suiza, Bohemia y el norte y centro de Italia, pero en unos casos la pertenencia no era más que recuerdo del pasado y en otros los poderes del emperador se limitaban al nombramiento de ciertos cargos que apenas superaban la condición de honoríficos. El Imperio continuaba rigiéndose por la Bula de Oro de 1356. El Emperador, llamado rey de romanos, era elegido por los siete electores: tres eclesiásticos (los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia) y cuatro seglares (el rey de Bohemia, el duque de Sajonia-Wittemberg, el margrave de Brandemburgo y el conde palatino del Rin). Una Cancillería áulica presidida por el arzobispo de Maguncia- un Tribunal Imperial y la Dieta –constituida por los 7 electores, la segunda nobleza y por representantes de las ciudades más importantes- configuraban todo el aparato institucional.

No había ejército permanente, ni impuestos fijos, ni funcionarios que hicieran cumplir las órdenes. El título de emperador era, ante todo, prestigio. La debilidad del Imperio frente a la fortaleza de los estados explica los avatares de Carlos V con los príncipes alemanes en la cuestión de la Reforma. El progresivo fortalecimiento de los poderes regionales hizo más acusada la fragilidad del césar. Los príncipes practicaron una política de afirmación de su autoridad, centralización administrativa y articulación del territorio.

Desde 1438 hasta la desaparición del Imperio, el emperador fue siempre un miembro de la familia de los Habsburgo. Sus estados patrimoniales estaban constituidos por los cinco condados que se extendían desde Viena hasta el Adriático: Austria, Estiria, Carintia, Carniola y el Tirol. Se les conocerá como Habsburgo o Austria por ser este el condado más importante. El primer emperador de la Edad Moderna, Maximiliano I, se casó en 1477 en Gante con María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario, que aportó a su matrimonio los Países Bajos, Borgoña y el Franco Condado: es decir, la herencia de la casa de Borgoña.

A finales del siglo XV la situación social del Imperio preocupaba tanto a los príncipes como al propio emperador. Había inquietud por acabar con ciertas pervivencias medievales, que permitían guerras privadas, y con el bandidaje de los caballeros. Los cambios económicos habían ido dejando una masa cada vez mayor de proletarios y de pobres que se veían desplazados de sus oficios y de las tierras comunales. También inquietaba en determinados ambientes la vida disipada del clero. La fragmentación territorial era asimismo motivo de preocupación.

Los primeros planes de reforma fueron esbozados ya a mediados del siglo XV por el cardenal Nicolás de Cusa. Después, Maximiliano continuó con la misma política reformadora. Como cualquier soberano del momento pretendía fortalecer su autoridad imperial y la integración del territorio. Con este propósito propuso la creación de una Cancillería, que se ocuparía de sus estados patrimoniales y del Imperio, un Consejo y una Cámara. Pero nada cuajó. Los príncipes reclamaban medidas que aseguraban la paz y el orden. Las dos partes protagonizaron encendidos debates. A favor de los príncipes jugó la política exterior de Maximiliano. Esta política y sus fracasos exteriores fueron bien utilizadas por los príncipes para afirmarse sobre el emperador. Así, tras la derrota de Dormach en 1499 ante los suizos se vio obligado a aceptar en la Dieta de Augsburgo de 1500 la formación de un Consejo de Estado integrado por veinte miembros. De él dependerían las decisiones supremas. El emperador, que era reconocido como presidente, quedaba reducido a un cargo honorífico. La herencia de Maximiliano quedó reducida a la división de Alemania en circunscripciones y a la creación de una Cámara Imperial de Justicia que extendería los principios del Derecho romano a ámbitos cada vez más extensos. En sus estados patrimoniales, los resultados son bien distintos. Llevó a cabo una política de integración territorial y centralización que ha llevado a algunos historiadores a considerarle, junto con su nieto Fernando –hermano de Carlos V-, fundador de lo que se convertirá en el Imperio Austríaco.

El Occidente de Europa, que desde el siglo XIII había carecido de cohesión política, se halla sometido en la primera mitad del siglo XVI a dos fuerzas de signo contrario: la imperial encarnada en Carlos V de Alemania y I de España, y la particularista, de carácter nacional en Francisco I de Francia y religioso en los principales alemanes. Carlos V, en efecto, recibió una cuádruple herencia: de su abuelo paterno, Maximilian o, las posesiones de la casa de Austria en Alemania (Austria, Estiria, Carintia, Carniola, Tirol y Sundgau, aparte de otros territorios menores y derechos sobre el ducado de Milán); de su abuela paterna, Marí a, los territorios de Borgoña, a saber: Holanda, Flandes, Artois, Brabante, Luxemburgo, el Franco Condado, y el ducado de Borgoña (éste con litigio con Francia); de su abuelo materno, Fernando de Aragón, Aragón, Valencia, Cataluña, Baleares, Cerdeña, Sicilia, y Nápoles, más algunas plazas africanas; y de su abuela materna, Isabel, Castilla, Navarra, Granada, varias plazas del litoral marroquí, Canarias y los nuevos territorios americanos.

CARLOS V

A la muerte de Maximiliano, fue elegido emperador en 1519 su nieto Carlos (Carlos V). Pero fue preciso comprar el voto de los electores, lo que gravaría las finanzas castellanas en los decenios siguientes. Además, en política exterior y de justicia se vio obligado a contar con los electores de la Dieta. Como su abuelo, Carlos intentó sin éxito encontrar una fórmula capaz de conciliar el gobierno del Imperio con el de sus estados austríacos. Para hacer frente a su absentismo, creó un Consejo de Regencia en la Dieta de Worms en 1521. Nombró a su hermano Fernando representante permanente en el Imperio, y le cedió por el tratado de Bruselas de 1522 los territorios austríacos de los Habsburgo. Poco después Fernando sería nombrado rey de Bohemia y Hungría.

La estabilidad social y el orden político se vieron convulsionados por la doctrina de Lutero. Con sus escritos sobre los campesinos de 1525 se ganó definitivamente a un sector de los príncipes, que vieron además en su doctrina sobre la autoridad del príncipe un medio de acentuar su poder. Los intentos de Carlos V por frenar o erradicar la doctrina luterana terminaron en un rotundo fracaso. La paz de Augsburgo de 1555 sancionó la existencia de las dos religiones – luterana y católica- y admitió la secularización de los bienes eclesiásticos anterior a 1552. En 1555-1556, cuando Carlos V decide retirarse del mundo, dejó sus estados patrimoniales a su hijo Felipe II y los asuntos del Imperio a su hermano Fernando, a quien en 1558 cedió la corona imperial. Durante los reinados de Fernando I (1558-1564) y de Maximiliano II (1564- 1576), el Imperio todavía mantuvo cierta entidad para quedar reducido después a un término sin apenas contenido.


Carlos V, Joseph Pérez



LA DESINTEGRACIÓN DE LA EUROPA BALCÁNICA.

A fines del siglo XV, los reinos de Hungría y Bohemia, que habían tenido su propia historia, quedaban unidos bajo la corona de un único monarca: Ladislao Jagellón. En Hungría la elección no fue igual de fácil que Bohemia. La corona húngara tenía varios pretendientes. Finalmente, fue impuesto el preferido de los grandes magnates. Ladislao era un hombre débil, y ésta fue precisamente la condición que le convirtió en el candidato de la nobleza después del gobierno autoritario de su predecesor. Desde 1515 Hungría fue un satélite de los Habsburgo y a partir de 1526, tras las derrota de Mohacs, el territorio que dejaron los turcos pasó a formar parte de la corona austríaca. Bajo la rama primogénita de los Jagellón quedaban el reino de Bohemia, al que se unieron en 1490 Moravia, Silesia y Lusacia, y Hungría –que comprendía, además del territorio húngaro, Serbia y Bosnia-. Un territorio relativamente amplio, amenazado por el avance de los turcos y víctima de una aristocracia que había dejado al monarca sin poder y al reino sin recursos para hacer frente a los otomanos. El poder real quedaba profundamente limitado por ley. La debilidad de Ladislao lo redujo a la nada. Sin un poder central fuerte, Hungría quedó a merced de la nobleza, que plasmó su posición hegemónica en las instituciones. En Bohemia, la evolución fue semejante. La nobleza se aprovechó de la debilidad del nuevo rey para adueñarse del poder. Hungría y Bohemia eran en realidad repúblicas aristocráticas como Polonia. Los nobles se autoproclamaron depositarios del poder político. Se atribuyeron la condición de que sólo ellos eran libres y el resto de la población eran siervos. Pronto los campesinos fueron sometidos a servidumbre. La muerte de Ladislao dejó el trono en la persona de Luis, un niño de 10 años. La anarquía dominó en ambos territorios durante año. En estas circunstancias, poco se podía hacer frente al avance de los poderosos otomanos. En 1490, cuando Ladislao es elegido rey de Hungría, el Imperio turco ha llevado sus límites hasta Serbia. El reinado de Ladislao fue relativamente tranquilo. Desde sus enclaves de Serbia y Bosnia, los otomanos lanzaron distintas incursiones sobre territorio húngaro, pero fueron contenidos por los defensores de las fronteras.

Bibliografía:

BENNASSAR, B. LA EDAD MODERNA. Ed. AKal

RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. ACTAS, Madrid, 2006.

TENENTI, A. LA EDAD MODERNA SIGLOS XVI-XVIII. Editorial Crítica. Barcelona. 2003.

FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia.

Barcelona. 2000.

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