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Evolución de los Estados Italianos en la Edad Moderna

Después de los Países Bajos, es el país proporcionalmente más poblado. El índice de población urbana es el más alto de Europa, además de tener el mayor número de ciudades grandes (más de 50.000 habitantes). De ellas Nápoles, Venecia o Milán superan ampliamente los 100.000, caso único en Europa, que alcanzará estas cifras a finales del siglo (Sevilla, Londres o Paría). La economía es también superior a la media europea. El hambre se previene almacenando grano de las buenas cosechas y el crédito popular empieza a funcionar gracias a los Montes de Piedad. Se da el regadío en zonas como Venecia y la Lombardía y se obtienen grandes
cosechas, además de variadas (como en el caso de la huerta de Pavía). Pero no sólo el Norte es fructífero, porque Sicilia es el almacén de grano del Mediterráneo, se cultiva vid, olivo y se cría gusano de seda. El progreso industrial es menos general. Si bien en metalurgia y armas Alemania es más pujante, domina los textiles junto con los flamencos. Las ciudades lombardas han organizado la producción de forma capitalista, utilizando mano de obra campesina. Sin embargo es en el comercio y en las finanzas donde destacan más espectacularmente.
Venecia se puede considerar como puerto de Europa y la puerta al mercado oriental, también son importantes Génova y Pisa (aunque ya en decadencia). La banca de Médicis fue una de las más importantes, y los bancos nacionales, como la Casa de San Giorgio. Los bancos romanos administran el papado. Su poder se extiende por toda Europa, los bancos italianos dan seguridad y tienen sucursales en las principales ciudades de todo Europa. Por último, ni que decir tiene la importancia intelectual, con el nacimiento del Renacimiento y la importancia de Florencia, Venecia y Roma.
La Italia de las señorías y las repúblicas. Debilidad política de Italia. Las invasiones.
En el transcurso del siglo XIV la fragmentación de Italia había llegado a un cantonalismo extremo. Durante la centuria siguiente, paralelamente a la formación y auge del Renacimiento, se produce la reducción de las infinitas soberanías italianas a unos cuantos Estados. Éstos, con ligeras modificaciones, compondrán el panorama territorial de la Península en la Edad Moderna. En el norte de la península o Italia ístmica, los principales Estados son: el ducado de Saboya, que se extiende desde el Ródano al mar, englobando Saboya, Piamonte y Niza; la república de Génova, con Córcega como dependencia; el ducado de Milán; constituido por los Visconti y mantenido por los Sforza, a pesar de la pérdida de los territorios al sur del Po (futuro ducado de Parma y Plasencia); la república de Venecia, con sus posesiones de Terra Ferma, Istria, Dalmacia y Cattaro. Los ducados de Módena, Mantua y Ferrara constituyen la transición a la Italia central.
En la Italia central resaltan las repúblicas de Florencia y Siena y los Estados Pontificios. Florencia se desarrolla bajo los Médicis, amenazando la independencia de Siena. En cuanto al Pontificiado, su poder había sufrido serias mermas por el desarrollo del feudalismo en las Marcas y la Romaña; pero en el último decenio del siglo XV y primero del siglo XVI, la labor de Alejandro VI y Julio II impuso la unidad en los Estados papales.
En el sur de la Península, sobreviene un gran cambio. El reino de Nápoles pasa a una dinastía de la casa de Aragón, instituida por Alfonso el Magnánimo. Así se dispone, con los dominios aragoneses en Sicilia y Cerdeña, el centro de gravedad político que prepara la hegemonía de España en Italia.
Políticamente son las regiones más débiles y fragmentadas de Europa, lo que les hará ponerse en el punto de mira de los estados modernos que están eclosionando a su alrededor. La afición italiana a pedir la ayuda precisamente al extranjero será su definitiva perdición.
Italia comprende en la época una región con unos 20 estados soberanos que han roto sus vínculos de dependencia con el Sacro Imperio. Los estatutos son muy variados. Repúblicas (Florencia, Siena, Génova, Venecia), ducados (Saboya, Mantua o Ferrara), marquesados (Massa Saluzzo...)... El poder de la mayoría de estos estados solía recaer en el Príncipe, que solía ser a su vez el heredero de los antiguos condottiere (encargados de reclutar mercenarios para la defensa), que cuando terminaban su función reclutadora se quedaban en el poder, es el caso de los Sforza en Milán. Cuando surgía un problema entre estados se acudía a los mercenarios para su solución.
Los aragoneses vieron claramente esta debilidad y se lanzaron al dominio de Italia en contra de la casa reinante en Francia. Al final se hacen con el reino de Nápoles, alcanzan derechos sobre el Milanesado, llegan a pactos con Génova y son la fuerza predominante en la zona. Además hay que contar con el perfeccionamiento del arte de la guerra que los españoles alcanzaron en Italia, con la aparición de los temibles tercios mandados por el Gran Capitán Gonzalo de Córdoba, el conquistador de Nápoles. También cuenta mucho la evolución defensiva de los bastiones en ángulo, que llevó consigo la evolución de la artillería, dejando de lado la caballería. Italia constituye un caso particular en la Europa del siglo XVI. A pesar de ser, sin duda, junto a los Países Bajos, la región más rica y más evolucionada de Europa, no se produce el proceso de unificación y centralización que se estaba dando en las principales Monarquías occidentales. Se produce, durante este siglo, lo que se ha dado en denominarse el mosaico italiano, formado por múltiples organizaciones políticas cuyos regímenes tenían variadas formas y se basaban en constituciones bien diferenciadas. Así tendríamos una veintena de Estados soberanos que habían roto sus vínculos de dependencia respecto al Sacro Imperio romano-germánico.  Únicamente cinco estados tenían una verdadera importancia territorial y política: Nápoles, Milán, Florencia, Venecia y el Estado Pontificio.
Las rivalidades entre estados, su riqueza y prestigio, convirtieron a Italia en una presa codiciada por Carlos V y Francisco I. La primera mitad del siglo, se caracteriza por los enfrentamientos bélicos, mezclándose las luchas entre los Estados italianos con las que provocó allí la rivalidad hispano-gala, generándose así un largo período de inestabilidad política, de caídas constantes de gobernantes, de cambios constitucionales y de alteraciones territoriales. La segunda mitad del siglo se caracteriza por la ausencia de guerras, por la relativa tranquilidad, por la permanencia e incluso fortalecimiento de los principales poderes estatales, en definitiva, por una importante estabilidad política. No existe un paralelismo entre el desarrollo demográfico, económico y cultural de Italia con su fuerza política.
Los Estados Pontificios
Se extendían a ambos lados de los Apeninos centrales. El papa era uno de los soberanos más débiles. Su poder como príncipe secular en algunas ciudades sólo era nominal. La zona más sometida al poder del papa era el Lacio. Sus instituciones tenían que gobernar y administrar un estado territorial, pero también tenían que asegurar el gobierno de la Iglesia en el mundo. La Curia se ocupaba del gobierno secular. Los negocios exteriores los gestionaba un cardenal secretario y la hacienda era controlada por el camarlengo. El régimen pontificio fue un nepotista. El siglo XVI fue clave para el Papado por los graves acontecimientos que tuvieron que afrontar: los motivados por la ruptura protestante, las rivalidades entre la monarquía francesa y la Monarquía Universal Católica y el asedio de los turcos. En este siglo se sucedieron 18 Papas, sin embargo y a pesar de esta gran movilidad, el personal dedicado a las tareas de gobierno tuvo continuidad en la gestión, aunque la figura del Secretario de Estado, daba un carácter particular a cada administración o Pontificado. Los papas más destacados fueron Alejandro VI y Julio II.
La república de Venecia.
Era la república más poderosa de la península italiana. Se extendía por la llanura del Po. Entre sus ciudades destacaba Verona, Vicenza, Padua y Brescia. Llegó a construir un imperio colonial en la costa oriental del Adriático (Dalmacia e Istria) y las islas del Jónico y el Egeo, entre otras Chipre y Creta. Contaba con una constitución que fijaba los derechos naturales y unas instituciones prestigiosas. El dux o dogo era el jefe del estado. El gobierno lo desempeñaba el Gran Consejo, con funciones legislativas y de nombramiento de cargos. Elegía al Senado (unos 300 miembros) para ejercer la política exterior. Todos los cargos estaban en manos de la nobleza, grupo muy abierto ya que los puestos tenían una duración muy corta. Contaba con un fuerte ejército y una gran flota. Su imperio chocó frontalmente con el turco. No pudo evitar la pérdida de sus colonias en la costa Adriática, aunque mantuvo lo presencia económica en la zona gracias a los pactos. Su economía acusó la entrada en el ámbito comercial de las Indias Orientales y el control del mercado de especias por los portugueses y holandeses.
El ducado de Milán
Fue el estado más disputado en las guerras de Italia. En 1535, a la muerte de Francisco Sforza, (desaparecidos los Visconti auténticos creadores del principado), fue ocupado por Carlos V y heredado después por Felipe II. Las instituciones del principado, fijadas sólidamente desde tiempos de los Sforza, continuaron existiendo. Durante la dominación francesa, Luis XII creó un senado de 15 miembros con funciones judiciales. En 1541, Carlos V le otorgó una nueva constitución, creando la figura del gobernador y del archicanciller que era designado por la administración central. En 1543 los poderes del gobernador fueron limitados debido a la protesta de las ciudades por un nuevo tributo.
La república de Florencia.
Desde la muerte de Lorenzo el Magnífico en 1492, se sucedieron una serie de acontecimientos que provocaron gran inestabilidad social: invasión francesa, caída de los Médici, etapa de Savonarola, tutela de Francia, vuelta de los Médici, vinculación con el Papado, levantamiento de 1527, presión española, etc. Con la vuelta los Médici, que dotaron al gobierno de fuerza y continuidad, Florencia se convirtió en una república poderosa. Éstos modificaron algunos puntos de la constitución. La elección por sorteo fue sustituida por una junta, que permitía que la Signoria estuviera siempre dominada por amigos de los Médici. Fue una época de prosperidad económica y artística.
El Ducado de Saboya.
Se extendía al oeste de los Alpes, entre Francia e Alemania, considerado incluso como una entidad no estrictamente italiana. Con el duque Carlos III sufrió una dura crisis. La expansión de la Reforma provocó un período de inestabilidad y pérdida de algunos territorios a manos de Francisco I de Francia. Esta ocupación francesa se prolongó hasta la firma del tratado de Cateau-Cambrésis. Destaca en la labor de modernizar el Ducado la figura de Manuel Filiberto, quien definió y consolido el territorio. Con un gobierno de corte absolutista alcanzó un prestigio desconocido hasta entonces, lo que junto a su situación estratégica le valió para ser cada vez en mayor medida ser tenido en cuenta en el plano internacional. Su labor fue continuada por Carlos Manuel.
El Reino de Nápoles.
A comienzos del siglo XVI (y después de las disputas con Francia por la posesión del suelo italiano), el reino de Nápoles quedó definitivamente bajo el control de España. El rey español era representado por medio de virreyes, con el asesoramiento de un consejo. La administración provincial estaba en manos de gobernadores y tribunales (llamados Audiencias, como en España). La nobleza tenía un fuerte peso, con tintes feudales
La República de Génova.
Existía un profundo vínculo entre la Génova y la Monarquía Español, como consecuencia de las buenas relaciones comerciales, sociales y políticas, que se acrecentaron con la llegada al poder en Génova de la familia de los Doria. Mantuvo por tanto sus instituciones de gobierno y su independencia pero bajo el ámbito del Imperio Español.
Bibliografía:
BENNASSAR, B. LA EDAD MODERNA. Ed. AKal
RIBOT, L- HISTORIA DEL MUNDO MODERNO. Ed. ACTAS, Madrid, 2006.
TENENTI, A. LA EDAD MODERNA SIGLOS XVI-XVIII. Editorial Crítica. Barcelona. 2003.
FLORISTAN, A. (Coord.) y otros. HISTORIA MODERNA UNIVERSAL. Ariel Historia.
Barcelona. 2000.

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