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Reflexiones sobre el Imperialismo Romano en Hispania



REFLEXIONES SOBRE  EL IMPERIALISMO ROMANO EN HISPANIA*
Por J. M. Alonso-Núñez

El término «imperialismo» supone una transposición a la historia romana de un concepto empleado a partir del siglo pasado para designar las actividades coloniales en ultramar de las potencias europeas. En latín no existía una palabra para designar la actividad conocida hay en día como «imperialismo» 1*. Todavía no se ha escrito una historia sistemática del imperialismo romano. En cuanto atañe la Península Ibérica ya existe una obra de conjunto 2*. En el presente artículo se intenta situar a Hispania en el conjunto más vasto del mundo romano, que es como en realidad debe ser estudiada, y se considera el imperialismo romano en Hispania dentro del panorama más amplio del imperialismo romano en el mundo mediterráneo 3* . Sin embargo, el imperialismo romano en Hispania posee caracteres específicos que le diferencias del de otras zonas geográficas, lo cual se explica porque las diferentes zonas geográficas condicionan la expansión imperialista 4*. Para estudiar debidamente el imperialismo romano en Hispania también es necesario verlo dentro de una secuencia cronológica de carácter general y no solamente hispánica con objeto de enmarcarlo debidamente en la expansión imperialista romana en el ámbito mediterráneo 5*. Todo proceso de expansión imperialista tiene que valerse de una fuerza militar de la cual el ejército es obviamente su instrumento. A diferencia de otras potencias dominadoras Roma ha tenido la capacidad de asimilar jurídicamente a los pueblos sometidos. Por eso el proceso de expansión imperialista en un área se termina con la integración en las estructuras políticas romanas. Es obvio que hay que contar con una resistencia de los indígenas y de lo avanzado del proceso de asimilación de los pueblos indígenas (de la romanización en el caso de Roma) se puede juzgar del éxito o fracaso de la potencia agresora (Roma en nuestro caso). Se puede
considerar como índices para proceder a tal evaluación el grado de supervivencia del nacionalismo indígena y la actitud de los pueblos sometidos hacia el poder central. 
Se puede decir que Roma triunfó plenamente en la Península Ibérica, de lo que es una muestra que Hispania llegó incluso a dar emperadores a Roma (Trajano, Adriano, Teodosio); se puede también afirmar que Hispania terminó identificándose con Roma. La Segunda Guerra Púnica representa el primer contacto de Roma con la Península Ibérica que tiene lugar cuando los romanos desembarcan en Ampurias (218). Hispania es uno de los escenarios de esta guerra hasta la toma de Cádiz y consiguiente expulsión de los cartagineses de la Península Ibérica por los romanos (206), fecha que se puede fijar como la del comienzo del imperialismo romano en Hispania, ya que es entonces cuando los romanos dejan de considerar a los indígenas como aliados para proceder a su sujeción. Al principio los romanos habían mostrado una aparente identidad de objetivos con los hispanos para atraérselos en su lucha contra los cartagineses, y de hecho fueron más hábiles que estos últimos 6*. La atracción de los minerales hispánicos (no hay que olvidar que los romanos pasaron enseguida a controlar las minas) y el hecho de que Cartago seguía siendo todavía un peligro tras el fin de la Segunda Guerra Púnica sentenciada en la batalla de Zama (202) fueron los factores que sin duda explican la continuidad de la presencia romana en Hispania, pues Roma trataba de evitar un retorno de los cartagineses a suelo hispano, ya que los Bárcidas habían venido a la Península Ibérica (237) tras la Primera Guerra Púnica bajo el pretexto de pagar la indemnización de guerra a Roma. La decisión romana de permanecer en Hispania tiene pues al comienzo una finalidad defensiva y económica 7*. Éste primer contacto con la Península Ibérica supone un conocimiento directo de la realidad geográfica y etnográfica de Hispania 8*. 
Todo imperialismo persigue evidentemente fines económicos y de ahí la importancia de la apropiación de dinero o de minerales como en el caso de Hispania. El comercio es también un instrumento económico del imperialismo. El imperialismo romano tiene como el imperialismo de cualquier potencia una raíz económica y por ello desea apoderarse de materias primas, de terrenos de explotación, de rutas comerciales. No hay que olvidar que la guerra reporta provecho individual y colectivo. Las fuentes de información desempeñan un papel importante en la política imperialista. De ahí el valor de los descubrimientos geográficos, de los relatos etnográficos, de las informaciones de espías y comerciantes, de la actividad diplomática.
Hay que destacar asimismo la importancia de las fronteras, que son zonas de beligerancia en un proceso de expansión imperialista 9*. Puesto que hay que controlar el territorio las vías militares que luego se transforman en rutas comerciales son un elemento esencial de política imperialista. Igualmente se debe tener en cuenta que el proceso de romanización comienza con la conquista. También se ejerce una política imperialista por la necesidad de tener un espacio para la emigración como ocurrió en la época de la crisis de la República Romana que encuentra su traducción en el movimiento reformista de los Gracos. Por otra parte se lleva a cabo asimismo una política imperialista para asegurar la libertad de los mares, lo que hizo Roma en el Mediterráneo Occidental hasta destruir completamente a su gran rival marítima Cartago (146).
El imperialismo romano en Hispania se hizo cada vez más agresivo. Esto lo muestran las guerras lusitano-celtibéricas (155-133) que no siendo rentables económicamente se mantienen por el empecinamiento del senado romano 10* y la destrucción de Numancia (133) que sigue a pocos años de diferencia a la de Corinto (146) y Cartago (146) y lo que esa aniquilación de la ciudad celtibérica significa en el contexto internacional que se hace cada vez más opresivo. En Polibio (XXXVI, 9) podemos seguir muy bien la discusión que hay en torno a la evolución del imperialismo romano. En relación con la destrucción de Cartago hay división de opiniones y según unos la destrucción de esta ciudad hay que adscribirla al concepto de «imperialismo defensivo» (Polyb. XXXVI, 9, 3-4) mientras que según otros ya marca el comienzo de la guerra imperialista inspirada por el afán de dominación (Polyb. XXXVI, 9, 5-6). La etapa de «imperialismo agresivo» se inicia cuando los romanos tras aniquilar a Perseo disuelven la monarquía macedónica (168) y destruyen Cartago (146) (Polyb. XXXVI, 9, 7-8). Hasta la destrucción de Cartago los romanos habían seguido el concepto de «imperialismo defensivo» (Polyb. XXXVI, 9, 9). Sin embargo, según otros, la destrucción de Cartago no corresponde en absoluto a la noción de «imperialismo defensivo» (Polyb. XXXVI, 9, 10-11). Finalmente, según otra corriente de opinión la conducta de los romanos en relación con los cartagineses estaría justificada (Polyb. XXXVI, 9, 12-17)11*
El caso es que a partir de la batalla de Pidna (168) tiende a predominar la doctrina según la cual todos los pueblos estarían sometidos al arbitrio de Roma. Es aquí donde hay que encuadrar la destrucción de Numancia. En este conjunto de problemas no se puede omitir la enorme transcendencia de las victorias romanas en la batalla de Cinoscéfalos (197) contra Filipo V de Macedonia y en la batalla de Magnesia (190) contra Antíoco III de Siria, porque gracias a ellas Roma se convierte en arbitro de los destinos del Mediterráneo Oriental.
En la actuación imperialista romana en Hispania tuvieron gran importancia las decisiones individuales, y en muchas ocasiones esos individuos que las tomaban representan a grupos de presión política en el senado romano. El magistrado encarna el poder de Roma al tener el Imperium, es decir, el derecho de mando militar y civil. Habitualmente se encuentra rodeado de un grupo de amigos que lógicamente influyen en él. También es conveniente recordar que al estar tan alejados de Roma los magistrados se veían obligados a tomar decisiones por propia iniciativa impuesta por las circunstancias. Por todo ello hay que contar con la importantísima figura del magistrado para a través de ella estudiar la evolución de la mentalidad del imperialismo romano en Hispania.
Un rasgo típico de la penetración imperialista romana en la Península Ibérica es la intervención en los movimientos políticos de los indígenas, en las rivalidades de las tribus para aprovecharlas en su favor. Otra característica imperialista es la manipulación de las instituciones y de las creencias de los nativos como es la utilización por parte de los romanos de la fides ibérica o la devotio céltica, que son empleadas por Roma para sus propios fines. 
La manera más brutal de llevar a cabo el imperialismo es la captación de hombres con fines militares (enrolamiento como soldados o mercenarios) y, sobre todo, su captura para ponerlos a trabajar como esclavos, generalmente en las minas. La Península Ibérica ha constituido una gran reserva humana para Roma. Es esencial para desarrollar el imperialismo tener métodos de controlar la población, lo cual se hace por medios militares, al menos al principio de la expansión imperialista. Una característica típica de cómo los romanos han realizado su imperialismo y gobernado su imperio posteriormente es ejerciendo influencia a través de las élites locales a las que se hacía participar en los beneficios de la vida romana. El papel que estas oligarquías locales han desempeñado en la romanización es enorme, y especialmente en la parte occidental del Imperio. El imperialismo tiene también su cara humana y civilizadora en la que interviene la lengua latina como instrumento de política cultural.
La progresiva incorporación a las formas de vida romanas significa el triunfo del imperialismo romano que puede operar de manera sofisticada. Así a la apropiación directa de riqueza sigue la fiscalización provincial, que es, en realidad, una instrumento imperialista. Para eso es necesario la organización en provincias, con lo que provincia pasa de ser un concepto vinculado a la figura de un magistrado para convertirse en un territorio. En Hispania tiene lugar esto en 197 con la división provincial en Hispania Citerior e Hispania Ulterior.
Tito Li vio, XXXII, 27, 6 habla de la creación de pretores para las provincias: Sex praetor es Mo anno primum cread crescentibus iam provinciis et latius patescente imperio y de que C. Sempronio Tuditano y M. Helvio fueron designados pretores de las dos provincias de Hispania: Hispanias Sempronius citerior em, Helvius ulterior em est sortitus (Liv. XXXII, 28, 2)12. Las subdivisiones de las provincias, los conventus, desempeñan también un papel relevante como instrumentos de imperialismo. Y así la organización administrativa y política va procediendo a un imperialismo cuya última etapa es la romanización de la sociedad 13*. Pero en realidad no puede hablarse en sentido estricto de imperialismo romano en Hispania después del 82 a. de J.C., fecha del comienzo de la guerra sertoriana en la Península Ibérica, sino de que Hispania queda involucrada en las guerras civiles de Roma en las que los hispanos participan de una manera activa. Después del fin de la guerra sertoriana (72) la actitud de Pompeyo tras su victoria sobre los sertorianos es lo más opuesta a una actitud imperialista, ya que procede a la integración en su clientela de las tribus indígenas de Hispania Citerior que le habían sido fieles cuando combatió a Sertorio en Hispania (76-72). Antes que Pompeyo el propio Sertorio se había apoyado en los indígenas, pero en su caso no se puede hablar de clientela en sentido literal. En la guerra entre César y Pompeyo y sus hijos y partidarios (49-44) César se apoyó en la lucha que sostuvo en la Península Ibérica en la clientela que había formado en Hispania Ulterior cuando estuvo allí como cuestor (68) y como pretor en la misma provincia (61).
La guerra de Agusto contra los cántabros y astures (26-19) marca el final de la conquista de la Península Ibérica por Roma. Augusto buscaba en realidad poner límites naturales a su imperio, si bien no hay que descartar el factor económico, pues también trataba de asegurar el control de las minas del noroeste de la Península Ibérica. De todos modos es él quien toma la determinación de conquistar la totalidad de Hispania 14*. Hay que señalar que es al final del reinado de Augusto cuando se detiene el proceso de expansión imperialista romano como consecuencia de la derrota que los germanos infligieron a sus legiones en la selva de Teutoburg (9 d. de J.C). En Hispania termina Roma su proceso de expansión imperialista lógicamente cuando ha conquistado toda la Península Ibérica y en el mundo cuando Roma ha alcanzado los límites físicos que le son posibles y que puede sostener con sus recursos humanos y financieros. La conquista se ultima pues con el imperio, que supone la organización definitiva del poder.


* Agradezco a los profesores Julio Mangas Manjarrés, de la Universidad Complutense de Madrid, y Narciso Santos Yanguas, de la Universidad de Oviedo, sus sugerencias en relación con el presente trabajo.
1. Sobre esta temática en general consultar C. Nicolet, «L' impérialisme romain», en Rome et la conquête du monde méditerranéen 264-27 avant J.C., Π, Genèse d'un empire, Paris, 1978, pp. 883-920 y J. M. Roldan, La República Romana, Madrid, 19872, pp. 265-268.
2. J. S. Richardson, Hispaniae. Spain and the development of Roman imperialism, 218-82 B.C., Cam-
bridge, 1986.
3. Sobre las diferentes posiciones intelectuales en relación con la conquista romana de Hispania (la de los analistas, que es favorable a Roma, la de Polibio, y la de los estoicos representada principalmente por Posidonio que considera a los romanos como benefactores) consultar R. W. Bane, «The development of Roman imperial attitudes and the Iberian wars», Emérita XLIV (1976), pp. 409-420.
4. La mejor exposición de conjunto de la conquista de Hispania por Roma y de su situación durante el período republicano es la de J. Mangas en Historia de España dirigida por M. Tuñón de Lara, I, Madrid, 19813, pp. 209-286.
5. Como punto de referencia general tiene cierta utilidad el libro de K. Christ, Krise und Untergang derrömischen Republik, Darmstadt, 1979, pp. 22-28 y 234-240.
6. Sobre estos aspectos ver el interesante estudio de J. Mangas, «El papel de la diplomacia romana en la conquista de la Península Ibérica (226-19 a.C.)», Hispania XXX (1970), pp. 485-513.
7. Sobre el interés que Roma tenía para Hispania ver W. Dahlheim, Gewalt und Herrschaft. Die pro-
vinziale Herrschaftssystem der römischen Republik, Berlin, 1977, pp. 77-110, donde se subraya (pp. 102-110) la importancia de la riqueza minera de la Península Ibérica como factor fundamental para explicar la presencia romana.
8. Sobre los diferentes problemas que suscita la conquista de Hispania por Roma consultar R. C. Knapp, Aspects of the Roman Experience in Ibérica, 206-100 B.C., Valladolid, 1977.
9. Sobre esta problemática ver S. L. Dyson, The Creation of the Roman Frontier, Princeton, 1985, pp.
174-236 sobre la Península Ibérica, donde se pone de relieve (pp. 226-227) la importancia de la frontera hispánica para la política interior romana.
10. Se encuentra una buena descripción de estas guerras en H. Simon, Roms Kriege in Spanien, 154-133 ν. Chr., Frankfurt a.M., 1962.
11. Cf. F. W. Walbank, A Historical Commentary on Polybius, III, Oxford, 1979, pp. 665-668.
12. Cf. J. Briscoe, A Commentary on Livy. Books XXXI-XXXIII, Oxford, 1973, p. 220.
13. Sobre la organización de Hispania ver W. T. Arnold, Studies of Roman Imperialism, Manchester, 1906, pp. 123-157, donde se hace hincapié en la importancia de las vías (p. 139), la diferente significación militar de las distintas zonas de Hispania (p. 142) y la riqueza de las minas (p. 143).
14. Sobre rasgos imperialistas durante el Principado ver C. H. V. Sutherland, «Aspects of Imperialismin Roman Spain», The Journal of Roman Studies XXIV (1934), pp. 31-42.

Fuente: http://www.historiantigua.cl




Diario de Petrie



Escaneos y transcripciones de los diarios  mantenidos por Petrie durante sus viajes y excavaciones en Egipto,  ahora en el Archivo del Instituto Griffith.

Por el momento solo están disponibles las 8 primeras páginas, aunque la traducción al castellano no es muy buena.

Original en Inglés
Concepto, dirección y edición: Jaromir Malek.
Transcripción: Cat Warsi.
Escaneo y edición de imágenes: Jenni Navratil .
Coordinación: Elizabeth Fleming.
 http://www.griffith.ox.ac.uk

Página 1 (del 30 de noviembre al 1 de diciembre de 1880)
Lunes 30 de noviembre de 1880. Bromley izquierdo por 8,7, y Euston por 10,10, comenzó a llover en el camino, y se estableció en una noche húmeda en llegar a Liverpool alrededor de 3 ½. Fuimos a la oficina de Moss y nos acomodamos con ellos, y luego bajamos un largo camino hasta Wellington Dock; Vi mis cosas a bordo, y pregunté si las 19 cajas habían sido recibidas, todo bien en la oficina que me dijeron. Luego cogimos autobús a Sefton Park, y llegamos allí 5¾; Tenía una charla sobre perspectivas con Susan Harvey y vio a Sr. y señora Psicha y Catina; Cenamos en 7,0, y cogimos un autobús a 8¼, llegando al buque de 9 ½. No dormí mucho con el ruido de dos cabrestantes de vapor en cubierta, cargando toda la noche.
Martes 31 de julio temprano, y conocimos al Sr. Highet, que compartirá mi cabina. Dejamos el muelle a las 9; Y vapor por el Mersey. Tuvimos cuatro pilotos a bordo extra, bajando a su buque piloto que se encuentra fuera de Holyhead en todos los tiempos listo para los buques. Comenzó a soplar pronto, y cuando se fueron cerca de 12 los que los trajeron dijeron que estaba soplando fuerte por el canal, un fuerte viento del S.. Soplaba peor y peor durante todo el día, las olas corriendo por todo el castillo de proa, que a menudo estaba completamente oculto por el aerosol, el recipiente lanzando fuertemente. Por supuesto que era raro, pero no ir a la parte de sotavento hasta las 8 en la par. No intenté ir abajo a dormir, aunque había tenido desayuno y almuerzo abajo; & Como el rociar empapado hasta la cubierta superior sobre las cabañas; Me acomodé para dormir en la parte superior de la rejilla de la sala de máquinas, bajo el sotavento de los escudos de rocío; El aire que se acercaba era de unos 75 o 80, y me mantuvo bien caliente, con mi bolsa negra para una almohada, y mi vieja bolsa de lona puesta como una gorra, la solapa alrededor de mi cuello, y el frente hasta mi boca. Era una litera muy sucia pero dormí así como la raqueta de los motores apenas abajo permitiría.
Miércoles 1 de Dic. Subía temprano corriendo para lavar el rostro y las manos, luego de nuevo, y cuando empezó a llover, me enganché entre dos cadenas detrás del embudo y quedé allí toda la mañana. Los pasajeros son Lord Elphinstone y Lady E. con 3 hijos y 2 daus.

Page 2 (del 1 de diciembre al 3 de diciembre de 1880)
Una institutriz, sirviente y dos sirvientas, todo para Malta. Un capitán Hartwell RN un viejo amigo del señor E, y señora H. Un muchacho escocés doloroso para Malta. Un sargento de cuarteles para Chipre; Un caballero árabe para Gibraltar; Sr. Highet un joven escocés para Alejandría, con quien me uno. Sólo habrá el sargento de cuartel y nuestros dos égos después de Malta, a menos que otros pasajeros se unan. Hoy era más bien peor que ayer, el mar cambiando las anclas en el castillo de proa, pero encontré que al no tratar de mantener nada en el estómago, y mantenerme callado en el centro, era tolerable; Pero incluso un bocado de agua me enfermó inmediatamente. Alrededor de 3½ se aclaró, con menos viento, y que W. y vimos puesta de sol. Hice una carrera por debajo, y nos acomodamos en forma segura, y tuvimos una noche tolerable.
Jueves 2 de diciembre A las 7½, conseguimos beber un poco, después de 42 horas sin una gota, y mejoramos durante el día para bajar al 3er plato y postre en incluso. Hay un montón de alimentación, plato de 3ª plum pudding, buñuelos, albóndigas, manjares y mermelada; & Naranjas, uvas, nueces de manzanas etc para el postre; Así que puedo conseguir sin los platos insoportablemente grasienta de las galletas. Lat. Al mediodía 4756 ', correr 249 millas; Lejos de Ushant. Conseguimos limpiar el baño del equipaje de Lord E, empujando al mayordomo dos o tres veces al día, y tuvimos un buen lavado. Tonos pasados.
Viernes 3 de diciembre Tenía comidas ligeras debajo; & Se sentía tolerable. Me levanté en la cubierta justo cuando el sol se alzaba sobre el golfo de Vizcaya, el agua bastante suave y el movimiento muy firme; Un horizonte púrpura en todo el sombreado entre el verde y el azul; El sol saliendo carmesí con unas pocas nubes pequeñas a su alrededor. Al mediodía habíamos corrido 258 millas, Lat abt 4352 ', no vi a los capitanes contar, pero acordamos ayer dentro de 3' por mis propios obses. Miró la costa portuguesa alrededor del mediodía, y la vio claramente toda la tarde, desde la Coruña hacia el sur. Un día magnífico, no una sola nube, y sólo un muy leve.

Página 3 (Diciembre 3 cont. Hasta Diciembre 5, 1880)
hinchar; En realidad estaba más bien al horno en la popa, mientras me sentaba en la barandilla frente a la cabina de dirección, mi lugar favorito, el capitán, Highet, y el viejo capitán Hartwell, todos llegando allí por un largo chisme. La tarde era hermosa, después de la puesta del sol, la fina línea creciente de la luna nueva descendía, volviéndose roja y ardiente por la refracción de <> a <> y <> y finalmente cortada por el horizonte; Venus dando un largo brillo al lado de él en el agua. Incluso la espada de Orión mostró un brillo en el agua.
Sábado 4 de diciembre Hasta antes del amanecer, otro día glorioso. La costa despejada antes del amanecer, pero nebulosa después. Al mediodía estábamos justo entre Burling Island y Cabo Carvoliro; Y poco después vimos Mafra Palace y Cintra que estábamos examinando toda la tarde hasta aproximadamente 3½ cuando estábamos fuera de Cabo de Roca, a 3 o 4 millas de la orilla. Los delfines corrían al lado de la mayor parte del día, y un tiburón fue avistado. Es exquisitamente claro, y sólo una ligera hinchazón, nada desagradable. Poco después, cerca de 4½, habíamos pasado la cresta de Cintra, y vimos el Tajo a Lisboa; Viendo el palacio y parte de la ciudad.
Domingo 5 de diciembre Pasamos el Cabo de San Vicente alrededor de 1 ½ am, y no tierra era visible en la mañana. Como nuestro Capt es un RC los pasajeros fueron dejados a sus devociones privadas, que no parecen extenderse más allá de Lady E, los niños y la institutriz. Temprano en la tarde vimos las colinas detrás de Cádiz, y poco después de Trafalgar. El viento que ha sido muy leve & S. por delante hasta ahora; Ha subido hoy un poco y se ha ido ESE, por lo que todavía está por delante. Afortunadamente las olas son muy cortas, de modo que el buque no.

Page 4 (5 de diciembre de 1880)
El tono en absoluto, y siendo viento adelante no hay rollo. Unas pocas nubes se acercaron, pero el sol brillaba todo el día. Al atardecer, alrededor de 5.0, estábamos fuera de los acantilados blancos de Trafalgar, y por 7½ pasado entre las luces rojas que se enfrentan en los puntos más cercanos de España y Marruecos. Poco después vimos Gibraltar, y por 9½ anclado en la bahía a unos ¾ de milla de la costa. Espero ir a tierra mañana por la mañana y publicar esto. Las calles que suben la colina hacen que la ciudad muestre una cantidad de luces; Conté 170 a una milla de distancia.

Página 5 (6 de diciembre de 1880)
Lunes 6 de diciembre Hasta 7,0, y mirando a los hombres que salieron a descargar; Muchos de ellos eran inconfundiblemente españoles, pero la mayoría eran malteses me dijeron. El estilo libre y fácil en el que se sentaban las narices y las rodillas posado en un barco fumando un cigarrillo era divertido, sólo dejar de fumar para las operaciones continuas de escupir y regañar, o al menos vociferating. Después del desayuno a las 8½ salí a tierra; El partido de Elphinstone y Hartwells en un barco; El chico escocés y yo y las camareras E. y el hombre en el otro; Highet no estaba bien, y así se quedó a bordo en el último minuto. Atravesé la ciudad en el desembarco, mirando todo lo que pude, y después de las preguntas fueron a la oficina del alcalde de la ciudad en 10. para un permiso subir la roca, y ver las galerías. Entonces me fui sola, Subieron las calles en zig zag sobre el extremo sur de la ciudad, que no son muy utilizados aparentemente, y llegó a la cima en la estación de señal, el pico medio, en una hora, 1.450 pies sobre el mar. La vista es espléndida desde allí; La roca en sí es un poco de un trastorno de piedra caliza, por lo tanto, la ciudad está a lo largo del lado W, que se inclina a unos 45, y llegar a tal vez 2 o 300 pies de altura, El lado E. es vertical, con la excepción de los bordes, y dos pendientes de escombros. Mientras soplaba un viento de E., golpeaba la cara precipitada de la roca, y condensaba una nube sobre el pueblo; Era curioso verla formarse, al estar de pie en lo alto, mirando a lo largo de la cresta; El vapor condensado unos cien pies o más desde arriba, soplaba verticalmente hacia arriba, y formó una espesa nube cuando alcanzó la cima. Al salir del puerto la forma de la nube Que no son muy utilizados aparentemente, y alcanzó la cima en la estación de señal, el pico medio, en una hora, 1450 pies sobre el mar. La vista es espléndida desde allí; La roca en sí es un poco de un trastorno de piedra caliza, por lo tanto, la ciudad está a lo largo del lado W, que se inclina a unos 45, y llegar a tal vez 2 o 300 pies de altura, El lado E. es vertical, con la excepción de los bordes, y dos pendientes de escombros. Mientras soplaba un viento de E., golpeaba la cara precipitada de la roca, y condensaba una nube sobre el pueblo; Era curioso verla formarse, al estar de pie en lo alto, mirando a lo largo de la cresta; El vapor condensado unos cien pies o más desde arriba, soplaba verticalmente hacia arriba, y formó una espesa nube cuando alcanzó la cima. Al salir del puerto la forma de la nube Que no son muy utilizados aparentemente, y alcanzó la cima en la estación de señal, el pico medio, en una hora, 1450 pies sobre el mar. La vista es espléndida desde allí; La roca en sí es un poco de un trastorno de piedra caliza, por lo tanto, la ciudad está a lo largo del lado W, que se inclina a unos 45, y llegar a tal vez 2 o 300 pies de altura, El lado E. es vertical, con la excepción de los bordes, y dos pendientes de escombros. Mientras soplaba un viento de E., golpeaba la cara precipitada de la roca, y condensaba una nube sobre el pueblo; Era curioso verla formarse, al estar de pie en lo alto, mirando a lo largo de la cresta; El vapor condensado unos cien pies o más desde arriba, soplaba verticalmente hacia arriba, y formó una espesa nube cuando alcanzó la cima. Al salir del puerto la forma de la nube Alcanzó la cima en la estación de la señal, el pico medio, en una hora, 1450 pies sobre el mar. La vista es espléndida desde allí; La roca en sí es un poco de un trastorno de piedra caliza, por lo tanto, la ciudad está a lo largo del lado W, que se inclina a unos 45, y llegar a tal vez 2 o 300 pies de altura, El lado E. es vertical, con la excepción de los bordes, y dos pendientes de escombros. Mientras soplaba un viento de E., golpeaba la cara precipitada de la roca, y condensaba una nube sobre el pueblo; Era curioso verla formarse, al estar de pie en lo alto, mirando a lo largo de la cresta; El vapor condensado unos cien pies o más desde arriba, soplaba verticalmente hacia arriba, y formó una espesa nube cuando alcanzó la cima. Al salir del puerto la forma de la nube Alcanzó la cima en la estación de la señal, el pico medio, en una hora, 1450 pies sobre el mar. La vista es espléndida desde allí; La roca en sí es un poco de un trastorno de piedra caliza, por lo tanto, la ciudad está a lo largo del lado W, que se inclina a unos 45, y llegar a tal vez 2 o 300 pies de altura, El lado E. es vertical, con la excepción de los bordes, y dos pendientes de escombros. Mientras soplaba un viento de E., golpeaba la cara precipitada de la roca, y condensaba una nube sobre el pueblo; Era curioso verla formarse, al estar de pie en lo alto, mirando a lo largo de la cresta; El vapor condensado unos cien pies o más desde arriba, soplaba verticalmente hacia arriba, y formó una espesa nube cuando alcanzó la cima. Al salir del puerto la forma de la nube La roca en sí es un poco de un trastorno de piedra caliza, por lo tanto, la ciudad está a lo largo del lado W, que se inclina a unos 45, y llegar a tal vez 2 o 300 pies de altura, El lado E. es vertical, con la excepción de los bordes, y dos pendientes de escombros. Mientras soplaba un viento de E., golpeaba la cara precipitada de la roca, y condensaba una nube sobre el pueblo; Era curioso verla formarse, al estar de pie en lo alto, mirando a lo largo de la cresta; El vapor condensado unos cien pies o más desde arriba, soplaba verticalmente hacia arriba, y formó una espesa nube cuando alcanzó la cima. Al salir del puerto la forma de la nube La roca en sí es un poco de un trastorno de piedra caliza, por lo tanto, la ciudad está a lo largo del lado W, que se inclina a unos 45, y llegar a tal vez 2 o 300 pies de altura, El lado E. es vertical, con la excepción de los bordes, y dos pendientes de escombros. Mientras soplaba un viento de E., golpeaba la cara precipitada de la roca, y condensaba una nube sobre el pueblo; Era curioso verla formarse, al estar de pie en lo alto, mirando a lo largo de la cresta; El vapor condensado unos cien pies o más desde arriba, soplaba verticalmente hacia arriba, y formó una espesa nube cuando alcanzó la cima. Al salir del puerto la forma de la nube El viento soplaba, golpeaba el precipitado rostro de la roca, y condensaba una nube sobre el pueblo; Era curioso verla formarse, al estar de pie en lo alto, mirando a lo largo de la cresta; El vapor condensado unos cien pies o más desde arriba, soplaba verticalmente hacia arriba, y formó una espesa nube cuando alcanzó la cima. Al salir del puerto la forma de la nube El viento soplaba, golpeaba el precipitado rostro de la roca, y condensaba una nube sobre el pueblo; Era curioso verla formarse, al estar de pie en lo alto, mirando a lo largo de la cresta; El vapor condensado unos cien pies o más desde arriba, soplaba verticalmente hacia arriba, y formó una espesa nube cuando alcanzó la cima. Al salir del puerto la forma de la nube.

Page 6 (6 de diciembre de 1880)
<> Las
cuestas de las cuencas desgastadas por el mar
eran más notablemente curvadas como arriba, mirando hacia la parte de atrás o hacia el lado E. Después de mirar bien a ambos lados, - y la parte superior es un borde afilado, donde se puede ver en ambos sentidos a la vez, - Bajé por la carretera sobre el extremo N. de la ciudad; Tenía una conversación con un soldado que bajaba, que me llevó a la guardia, donde conseguí que uno pasara por una parte de las galerías conmigo; Tanto como tuve tiempo de ver. Son muy amplias, 10-15 pies de ancho por 15-20 alto en muchas partes, al lado de la habitación para trabajar cada greve. Luego bajé por la ciudad; Conseguimos un par de granadas para 1d, y una libra de higos para 2d, y fuimos de nuevo al Nepthis en 12½. La fiesta Elphinstone llegó media hora más tarde, y trajo una gran cantidad de fruta para su propio consumo. Poco después de que los papeles fueran traídos, Y fuimos a almorzar y al vapor.
Hay muy pocos ingleses que se vean en las calles, y el vestido es totalmente español entre todos los demás; Señoras que llevan una mantilla o nada en la cabeza y las clases bajas un pañuelo; Los cinturones de los hombres son furiosamente brillantes en la mayoría de los casos, y algunos.

Page 7 (6 de diciembre de 1880)
Los judíos berlineses y los moros con sus pesadas capas de fieltro salieron de la escena.
La roca está cubierta escasamente con el tomillo silvestre, el salvia, y un bulbo con las flores blancas de la estrella, principalmente; No hay arbustos o arbustos que crecen en alto: estos crecen entre la masa general de los fragmentos de piedra caliza que se encuentran sueltos en la superficie listo para rodar con un empuje.
Las montañas hacia el norte en la tierra principal son muy finas, las nubes colgando a medio camino de ellos; Y como ahora escribo en la cubierta los barrancos en ellos que demuestran en sombra azul-gris en los lados sunlit gris-rosados.
Nuestro viejo comerciante árabe, natural de Fez, nos dejó aquí; Él trata en shirtings, y había estado a Manchester para hacer sus compras. Como su inglés se limitaba a media docena de palabras, tuvimos que recurrir al árabe; De modo que más allá de unas pocas observaciones sobre la ruta, el tiempo, etc, Nuestra buena voluntad mutua fue expresada por asentimientos, sonrisas e indicaciones. Highet era su gran recurso, pues él habla el árabe con fluidez; & En los malos días al principio, Muhammed estaba completamente hecho para, & consiguió H. matarle una ave con todos los ritos ortodoxos, que mucho consoló su mente y estómago.
En lugar de él, sin embargo hemos enviado media docena de judíos de Barbary y algunos malteses, que están todos escondidos bajo la cubierta de una vela sobre la escotilla, a popa. Los primeros están vestidos con alfombras rayadas de color escarlata y marrón, o algo por el estilo, y todos salieron y besaron el dobladillo de los abrigos del capitán, el segundo oficial y el capitán Hartwell cuando fueron a buscar Y le dieron a H. matarle una gallina con todos los ritos ortodoxos, lo cual consoló mucho su mente y estómago. En lugar de él, sin embargo hemos enviado media docena de judíos de Barbary y algunos malteses, que están todos escondidos bajo la cubierta de una vela sobre la escotilla, a popa. Los primeros están vestidos con alfombras rayadas de color escarlata y marrón, o algo por el estilo, y todos salieron y besaron el dobladillo de los abrigos del capitán, el segundo oficial y el capitán Hartwell cuando fueron a buscar Y le dieron a H. matarle una gallina con todos los ritos ortodoxos, lo cual consoló mucho su mente y estómago. En lugar de él, sin embargo hemos enviado media docena de judíos de Barbary y algunos malteses, que están todos escondidos bajo la cubierta de una vela sobre la escotilla, a popa. Los primeros están vestidos con alfombras rayadas de color escarlata y marrón, o algo por el estilo, y todos salieron y besaron el dobladillo de los abrigos del capitán, el segundo oficial y el capitán Hartwell cuando fueron a buscar.

Page 8 (del 6 de diciembre al 7 de diciembre de 1880)
(El Capitán H. no se sentía inclinado a devolver el cumplido, dijo, en agradecimiento por haberles asignado cuartos con los malteses bajo la vela. También enviamos otro pasajero que era urgente ir a Argel, y consintió en compartir la cabina del capitán en la cubierta, ya que todas las literas estaban llenas.

Martes 7 de Diciembre Hasta 8, pero un fuerte viento de cabeza continuó, en lugar de ENE que de lo contrario, que era muy frío y desagradable todo el día; Un poco de lluvia en la mañana despejó, y el sol brilló, pero tuve que conseguir un refugio, hacía tanto frío. Observamos la costa argelina en la tarde, y esperamos fondear en Argel mañana temprano.



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La Biblioteca de Alejandria



Fue en Alejandría, durante los seiscientos años que se iniciaron hacia el 300 a. de C., cuando los seres humanos emprendieron, en un sentido básico, la aventura intelectual que nos ha llevado a las orillas del espacio. Pero no queda nada del paisaje y de las sensaciones de aquella gloriosa ciudad de mármol.
La opresión y el miedo al saber han arrasado casi todos los recuerdos de la antigua Alejandría. Su población tenía una maravillosa diversidad. Soldados macedonios y más tarde romanos, sacerdotes egipcios, aristócratas griegos, marineros fenicios, mercaderes judíos, visitantes de la India y del África subsahariana —todos ellos, excepto la vasta población de esclavos— vivían juntos en armonía y respeto mutuo durante la mayor parte del período que marca la grandeza de Alejandría.
La ciudad fue fundada por Alejandro Magno y construida por su antigua guardia personal. Alejandro estimuló el respeto por las culturas extrañas y una búsqueda sin prejuicios del conocimiento. Según la tradición —y no nos importa mucho que esto fuera o no cierto— se sumergió debajo del mar Rojo en la primera campana de inmersión del mundo. Animó a sus generales y soldados a que se casaran con mujeres persas e indias. Respetaba los dioses de las demás naciones.
Coleccionó formas de vida exóticas, entre ellas un elefante destinado a su maestro Aristóteles. Su ciudad estaba construida a una escala suntuosa, porque tenía que ser el centro mundial del comercio, de la cultura y del saber. Estaba adornada con amplias avenidas de treinta metros de ancho, con una arquitectura y una estatuaria elegante, con la tumba monumental de Alejandro y con un enorme faro, el Faros, una de las siete maravillas del mundo antiguo.
Pero la maravilla mayor de Alejandría era su biblioteca y su correspondiente museo (en sentido literal, una institución dedicada a las especialidades de las Nueve Musas). De esta biblioteca legendaria lo máximo que sobrevive hoy en día es un sótano húmedo y olvidado del Serapeo, el anexo de la biblioteca, primitivamente un templo que fue reconsagrado al conocimiento. Unos pocos estantes enmohecidos pueden ser sus únicos restos físicos. Sin embargo, este lugar fue en su época el cerebro y la gloria de la mayor ciudad del planeta, el primer auténtico instituto de investigación de la historia del mundo. Los eruditos de la biblioteca estudiaban el Cosmos entero.
Cosmos es una palabra griega que significa el orden del universo. Es en cierto modo lo opuesto a Caos. Presupone el carácter profundamente interrelacionado de todas las cosas. Inspira admiración ante la intrincada y sutil construcción del universo. Había en la biblioteca una comunidad de eruditos que exploraban la física, la literatura, la medicina, la astronomía, la geografía, la filosofía, las matemáticas, la biología y la ingeniería. La ciencia y la erudición habían llegado a su edad adulta. El genio florecía en aquellas salas. La Biblioteca de Alejandría es el lugar donde los hombres reunieron por primera vez de modo serio y sistemático el conocimiento del mundo.
Además de Eratóstenes, hubo el astrónomo Hiparco, que ordenó el mapa de las constelaciones y estimó el brillo de las estrellas; Euclides, que sistematizó de modo brillante la geometría y que en cierta ocasión dijo a su rey, que luchaba con un difícil problema matemático: “no hay un camino real hacia la geometría”; Dionisio de Tracia, el hombre que definió las partes del discurso y que hizo en el estudio del lenguaje lo que Euclides hizo en la geometría; Herófilo, el fisiólogo que estableció, de modo seguro, que es el cerebro y no el corazón la sede de la inteligencia; Herón de Alejandría, inventor de cajas de engranajes y de aparatos de vapor, y autor de Autómata, la primera obra sobre robots; Apolonio de Pérgamo. el matemático que demostró las formas de las secciones cónicas (1) —elipse, parábola e hipérbola—, las curvas que como sabemos actualmente siguen en sus órbitas los planetas, los cometas y las estrellas; Arquímedes, el mayor genio mecánico hasta Leonardo de Vinci; y el astrónomo y geógrafo Tolomeo, que compiló gran parte de lo que es hoy la seudociencia de la astrología: su universo centrado en la Tierra estuvo en boga durante 1500 años, lo que nos recuerda que la capacidad intelectual no constituye una garantía contra los yerros descomunales. Y entre estos grandes hombres hubo una gran mujer, Hipatia, matemática y astrónoma, la última lumbrera de la biblioteca, cuyo martirio estuvo ligado a la destrucción de la biblioteca siete siglos después de su fundación, historia a la cual volveremos.
Los reyes griegos de Egipto que sucedieron a Alejandro tenían ideas muy serias sobre el saber. Apoyaron durante siglos la investigación y mantuvieron la biblioteca para que ofreciera un ambiente adecuado de trabajo a las mejores mentes de la época. La biblioteca constaba de diez grandes salas de investigación, cada una dedicada a un tema distinto, había fuentes y columnatas jardines botánicos, un zoo, salas de disección, un observatorio, y una gran sala comedor donde se llevaban a cabo con toda libertad las discusiones críticas de las ideas.
El núcleo de la biblioteca era su colección de libros. Los organizadores escudriñaron todas las culturas y lenguajes del mundo. Enviaban agentes al exterior para comprar bibliotecas. Los buques de comercio que arribaban a Alejandría eran registrados por la policía, y no en busca de contrabando, sino de libros. Los rollos eran confiscados, copiados y devueltos luego a sus propietarios.
Es difícil de estimar el número preciso de libros, pero parece probable que la biblioteca contuviera medio millón de volúmenes, cada uno de ellos un rollo de papiro escrito a mano. ¿Qué destino tuvieron todos estos libros? La civilización clásica que los creó acabó desintegrándose y la biblioteca fue destruida deliberadamente. Sólo sobrevivió una pequeña fracción de sus obras junto con unos pocos y patéticos fragmentos dispersos. Y qué tentadores son estos restos y fragmentos.
Sabemos por ejemplo que en los estantes de la biblioteca había una obra del astrónomo Aristarco de Samos quien sostenía que la Tierra es uno de los planetas, que orbita el Sol como ellos, y que las estrellas están a una enorme distancia de nosotros. Cada una de estas conclusiones es totalmente correcta, pero tuvimos que esperar casi dos mil años para redescubrirlas. Si multiplicamos por cien mil nuestra sensación de privación por la pérdida de esta obra de Aristarco empezaremos a apreciar la grandeza de los logros de la civilización clásica y la tragedia de su destrucción.
Hemos superado en mucho la ciencia que el mundo antiguo conocía, pero hay lagunas irreparables en nuestros conocimientos históricos. Imaginemos los misterios que podríamos resolver sobre nuestro pasado si dispusiéramos de una tarjeta de lector para la Biblioteca de Alejandría. Sabemos que había una historia del mundo en tres volúmenes, perdida actualmente, de un sacerdote babilonio llamado Beroso. El primer volumen se ocupaba del intervalo desde la Creación hasta el Diluvio un período al cual atribuyó una duración de 432.000 años, es decir cien veces más que la cronología del Antiguo Testamento.
Sólo en un punto de la historia pasada hubo la promesa de una civilización científica brillante. Era beneficiaria del Despertar jónico, y tenía su ciudadela en la Biblioteca de Alejandría, donde hace 2.000 años las mejores mentes de la antigüedad establecieron las bases del estudio sistemático de la matemática, la física, la biología, la astronomía, la literatura, la geografía y la medicina. Todavía estamos construyendo sobre estas bases. La Biblioteca fue construida y sostenida por los Tolomeos, los reyes griegos que heredaron la porción egipcia del imperio de Alejandro Magno. Desde la época de su creación en el siglo tercero a. de C. hasta su destrucción siete siglos más tarde, fue el cerebro y el corazón del mundo antiguo.

Alejandría era la capital editorial del planeta. Como es lógico no había entonces prensas de imprimir. Los libros eran caros, cada uno se copiaba a mano. La Biblioteca era depositaria de las copias más exactas del mundo. El arte de la edición crítica se inventó allí. El Antiguo Testamento ha llegado hasta nosotros principalmente a través de las traducciones griegas hechas en la Biblioteca de Alejandría.

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La Traumatología en la Prehistoria



Desde tiempo inmemorial el hombre se ha preocupado de recuperar y rehabilitar a los individuos que habían perdido sus condiciones físicas naturales, como consecuencia de afecciones patológicas o por los accidentes acaecidos en sus vidas. Los remedios empleados con fines terapéuticos surgieron ya con los hombres primitivos como un medio más de defensa y supervivencia de la especie. Es razonable aceptar el hecho de que el hombre primitivo ya tuviera padecimientos y que necesitara de sus semejantes para intentar aliviar o solucionar sus dolencias. La historia de la humanidad se funde con la historia de los intentos por remediar la enfermedad y evitar la muerte. Los primeros momentos del ser humano se desarrollaron en un mundo hostil en el que la supervivencia de los homínidos era corta y difícil, a juzgar por los restos y reconstrucciones disponibles. Es sorprendente el cúmulo de datos que pueden deducirse del estudio de la estructura ósea, como demuestran los sofisticados planteamientos de biomecánica articular que surgen de yacimientos como el de Atapuerca.

La Paleopatología, término acuñado el pasado siglo por Sir Marc Armand Ruffer, demuestra callos de fractura, tumores óseos, huellas de osteomielitis, signos degenerativos articulares, así como sífilis y tuberculosis ósea en restos óseos y momificados (figura 1: fotografía Dr. Domingo Campillo). 

figura 1

También se han encontrado malformaciones esqueléticas en fósiles (asimetrías de pelvis, pes varus, sindactilias ...) en yacimientos prehistóricos tanto de Europa como de África. Se han hallado evidencias de huesos fracturados, en algunos de los cuales se produjo la consolidación con un alineamiento bastante aceptable.
Es inevitable que, en algún momento, el hombre prehistórico creara alguna férula tosca, y que desde entonces se reconocieran sus ventajas. El hombre primitivo también fue probablemente el primero en realizar amputaciones de miembros y dedos. Los primeros ensayos terapéuticos sobre el sistema musculoesquelético fueron probablemente gestos intuitivos impuestos por la necesidad: contener una hemorragia, curar una herida, inmovilizar o reducir una fractura. La inmovilidad y el calor junto al hogar, o la aplicación de piedras calientes posiblemente fue utilizada para aliviar el dolor musculoesquelético. De la observación de las consecuencias obtenidas con el ensayo pudo derivarse el intento de modificarlas, llegando a la repetición de las experiencias que aportasen mejores resultados.
Los primeros actos terapéuticos sobre heridas y traumatismos se basan en una metodología adquirida, aceptada y asimilada, que reposa en el inconsciente de la Humanidad. Los pueblos primitivos actuales han tratado las heridas y demás lesiones traumáticas de una forma empírica pero muchas veces eficaz basándose en este método de trabajo, aunque distorsionado por las creencias. Ungüentos, protecciones, férulas y maniobras terapéuticas, se amparan en ritos, talismanes y creencias sobre la muerte y la enfermedad. La combinación de elementos mágicos y empíricos caracteriza esta medicina primitiva.


Fuente: Universidad de Jaén, Ballesteros Massó, R; Gómez Barrena, E; Delgado Martínez, AD   http://www.ujaen.es


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Reseña: Economía y ejército en el mar corruptor



Juan José PALAO VICENTE


Gómez Castro, Daniel (ed.): Economía y ejército en el mar corruptor. Anejos de Herakleion, 1. Madrid: Asociación Interdisciplinar de Historia y Arqueología Herakleion, 2015, 151 pp.+ figs. Prólogo de Jordi PrinCiPaL [ISBN: 978-84-608-4745-8].

Siempre es loable cualquier iniciativa que pretenda dar a conocer los resultados de las investigaciones llevadas a cabo en el campo de la Historia Antigua. Dicho mérito es aún mayor cuando esas iniciativas provienen de fuera del mundo académico institucional. La Asociación Interdisciplinar de Historia y Arqueología Herakleion lleva recorrido un largo camino en esta dirección desde que allá por el año 2008 comenzara a publicar la revista electrónica del mismo título, que, con mucha ilusión y pocos medios, ha alcanzado ya los siete números de forma ininterrumpida. Pero dicha labor no se ha limitado exclusivamente a este formato. Fruto de esa diligencia e ilusión fue la celebración en el año 2009 del I Coloquio Internacional Herakleion titulado Aníbal de Cartago. Mito y realidad, publicado con posterioridad y reseñado en el número 31 de SHHA1. El volumen que aquí presentamos, y que conforma el primer número de los Anejos de Herakleion, constituye una nueva prueba de ese tesón.
Aunque la locución mar corruptor del título pueda traer a nuestra mente el conocido estudio de P. Horden y N. Purcell2, el enfoque de este libro está más en consonancia con el conocido pasaje del De Republica de Cicerón en el que se refiere a las ciudades marítimas como víctimas de la corrupción e inestabilidad de sus costumbres como consecuencia de la llegada de hábitos y prácticas de otros lugares3. Y es precisamente desde esta perspectiva, es decir, el mar Mediterráneo como un medio de transmisión, de conexión entre mundos y realidades distintas que al final acababan convergiendo e interactuando, como se analizan las implicaciones económicas de la presencia de tropas en los diferentes territorios de ese Internum Mare.
Para llevar a cabo dicha tarea se ha recurrido a un grupo de investigadores –unos ya consolidados, otros en proceso de conseguirlo–, que analizan dichos aspectos a lo largo de distintos períodos y ámbitos, y desde distintas disciplinas. La obra se ha dividido en dos partes; una dedicada al mundo griego –mejor que Grecia– (pp. 7-65) y otra al mundo romano (pp. 69-146), que constan de tres contribuciones cada una, en un claro ejercicio de simetría. El libro se abre con el trabajo de César Sierra Martín (Universitá della Calabria), titulado «Atenas, la Pentecontecia y los motivos económicos de la guerra del Peloponeso» (pp. 7-24), que tiene por objetivo el examen de las conexiones entre el control de los recursos económicos –principalmente madera y metales preciosos– por parte de Atenas y las guerras del Peloponeso. Partiendo de la revisión de las fuentes y de trabajos precedentes, el autor realiza un recorrido por las principales actuaciones de la ciudad del Ática tras las Guerras Médicas para demostrar que estuvieron encaminadas al control de esos recursos más que a la configuración propiamente de un imperio. De esta forma, el imperialismo ateniense no puede vincularse al período de la Pentecontecia, sino que su nacimiento debe situarse en el momento inmediatamente posterior, cuando Atenas se convirtió en la polis hegemónica del Egeo y el Jónico, una circunstancia que propició la imposición del tributo al resto de esta-dos aliados. Este proceso culminó en los momentos iniciales de la Guerra del Peloponeso, cuando, ahora sí, tuvo lugar la exacción extrema sobre el conjunto de polis de la alianza.
También en el mundo griego, aunque en este caso en el ámbito colonial, se sitúa la aportación de María Morán Ruiz (Universidad Autónoma de Madrid), «Los costes de la victoria.
 Relaciones entre guerra y economía durante el gobierno de Agatocles (317- 289)» (pp. 25-41), que lleva a cabo un análisis de la política y actuación del tirano de Siracusa y su estrecha rela-ción con el mercenariado. Siguiendo la estela de trabajos similares para otros tiranos y ciudades de Sicilia, donde la documentación es mucho más abundante, la autora apunta la existencia de un sistema fiscal organizado y regular destinado a la obtención de recursos para el mantenimiento de las políticas de Agatocles, en cuya base estuvieron las campañas bélicas sustentadas por importantes contingentes de mercenarios. Dicha posibilidad no es óbice, sin embargo, para la coexistencia de otras medidas extraordinarias, entre las que la autora no descarta la concesión de tierras y ciudadanía a los mercenarios, una circunstancia que estaría en la base del futuro problema de los mamertinos de Mesenia.
Esta primera parte se cierra con el trabajo de Víctor Sánchez Domínguez (Universidad de Sevilla), titulado «El mystos de los mercenarios: origen de las nuevas tiranías en Sicilia a la muerte de Dionisio I» (pp. 43-65). La ubicación de esta aportación tras la precedente resulta del todo inexplicable teniendo en cuenta que cronológicamente es anterior y que los aspectos analizados y el ámbito geográfico de estudio son los mismos.
El autor pone el punto de mira en los problemas que planteaba el mantenimiento de los ejércitos de mercenarios, con especial atención a las consecuencias que suponía el pago mediante la concesión de tierras y la consiguiente obtención de la ciudadanía, tras las cuales se escondía la necesidad de generar unas clientelas que asegurasen el poder de estos tiranos y el mantenimiento de sus políticas. Vinculadas a ellas se encuentra el fenómeno de las phrouria, que el autor analiza en profundidad. Todas estas medidas, instauradas en su mayoría por Dionisio I y que en principio debían servir para el fortalecimiento de su régimen, acabaron convirtiéndose en elementos desintegradores del mismo a los primeros atisbos de crisis, algo que, sin embargo, no supuso su desaparición, sino su transformación con la creación de un sistema político similar y la aparición de pequeñas polis independientes de Siracusa, muchas de las cuales tenían un fuerte componente de mercenarios. Dejando a un lado el contenido, se echa en falta en este trabajo una revisión más detenida del texto que habría evitado las erratas que contiene.
Llegamos así a la segunda parte de esta obra (pp. 69-146), cuyo ámbito de estudio es el mundo romano. Esta se abre con un trabajo de Toni Ñaco (ICREA-Universitá de Girona) dedicado al famoso episodio de las matanzas de romanos en el 88 a. C., justo en el inicio de las Guerras Mitridáticas («Mitrídates, el télos asiático y los almacenes portuarios» (pp. 69-84)). En él, el investigador catalán profundiza en una de las motivaciones de dicho incidente que apenas ha tenido eco en la investigación moderna. El autor plantea la posibilidad de que entre los motivos de dicha masacre se encontrase también el interés del propio Mitrídates para hacerse con unos importantes recursos para de sus tropas y evitar, al mismo tiempo, la obtención de esos mismos recursos por parte del enemigo. Para demostrarlo, Toni Ñaco analiza el cobro de vectigales por parte de publicani en determinadas poleis de Asia que estarían asimismo en estrecha relación con la posible percepción de portoria, todo lo cual demostraría el control que la población romano-itálica instalada en esas regiones tenía sobre determinados recursos económicos. La base de dicha argumentación, además de varios pasajes literarios y recientes hallazgos arqueológicos, es el análisis de la Lex Portorii Asiae aparecida en Éfeso, que si bien es una copia en griego de un original expuesto en Roma y fechado en época de Nerón, contiene otras disposiciones previas más antiguas que se remontan al menos hasta el 75 a. C., fecha muy cercana a los acontecimientos que analiza. Todo ello constituiría a ojos del autor la prueba de la existencia del cobro de portoria, así como de toda una infraestructura destinada al almacenamiento de determinados productos que estarían en manos de elementos romano-itálicos, circunstancia que no pasó desapercibida a Mitrídates y que supuso la condena de esa población.
La segunda aportación de esta parte nos lleva a tierras hispanas, concretamente al noreste peninsular. En ella, Joan Oller Guzmán (Universitat Autònoma de Barcelona) analiza el impacto de la presencia de los ejércitos de Roma en el interior de la Layetania entre la Segunda Guerra Púnica y las campañas de Catón («Tierra de conquista: el impacto de la logística militar romana en la conquista del nordeste peninsular y sus consecuencias territoriales en la Layetania interior» pp. 85-111). Partiendo de la realidad socioeconómica y territorial de esta zona previa a la llegada de Roma, el autor intenta mostrar las transformaciones que supusieron en estos territorios el paso de las tropas romanas. Considera que esta comarca tuvo un importante papel a nivel estratégico y logístico entre el conflicto contra los cartagineses y la represión catoniana, y que dicha actuación se encuentra en la base de las transformaciones y evolución de esta región. Para demostrar esta hipótesis, y ante la falta de datos en las fuentes literarias, el autor recurre a la arqueología, que le permite ver el grado e intensidad de las alteraciones que presentan determinados asentamientos a nivel de jerarquía y funciones territoriales, unos cambios que se pueden situar en el paso del siglo III al II a. C. Según Oller, la presencia de las tropas romanas no llegó a alterar la estructura territorial de esta región, pero sí que afectó a determinados núcleos, especialmente a aquellos con una funcionalidad específica, relacionada con la producción y la defensa, unos cambios que sentaron las bases para la ulterior integración de estas poblaciones en el sistema romano. Al igual que sucedía en la contribución dedicada al mystos de los mercenarios, se echa en falta un mayor cuidado en la elaboración del texto, donde abundan las erratas.
El libro se cierra con el trabajo de Tomás Aguilera Durán (Universidad Autónoma de Madrid), titulado «De ladrones, guerrilleros y revolucionarios: el tópico del bandidaje en la Iberia prerromana» (pp. 113-146). A nuestro parecer, esta aportación es la más tangencial al objeto de estudio del libro, puesto que no analiza el fenómeno del bandolerismo propiamente dicho, sino como tópos historiográfico.
Partiendo del tratamiento dado por las propias fuentes clásicas coetáneas al fenómeno, el autor lleva a cabo un completo recorrido sobre la construcción de la imagen de esta actividad a lo largo de más de dos milenios. El trabajo sigue un esquema diacrónico en el que se analizan y diseccionan de forma muy completa los tres principales modelos que han marcado la historiografía del sujeto. Un primer patrón construido a partir de la perspectiva imperialista de los propios autores clásicos, que se encuentra en el origen de esa imagen y que, en parte, ha pervivido hasta nuestros días. Un segundo modelo, denominado nacionalista, vinculado a la construcción del carácter y la esencia españolas del siglo XIX que no puede separarse del marcado sesgo político e ideológico que supuso la Guerra de Independencia y en el que el fuerte proceso de idealización al que se vio sometido este fenómeno acabó por desvirtuarlo. Esta imagen esencialista del bandolerismo hispano se mantuvo sin apenas variaciones hasta el siglo xx, cuando aparece el tercer modelo o patrón, que toma como base la perspectiva socialista. El punto de partida de dicho modelo hay que buscarlo en la tesis de J. Costa, quien marcó el inicio del distanciamiento del esquema nacionalista imperante en la historiografía. No obstante, habrá que esperar hasta bien entrado el siglo xx para que este enfoque tenga cabida en la historiografía española. Los artífices de dicho cambio fueron J. Caro Baroja y A. García y Bellido, autor este último que marcó la inclusión definitiva de las tesis socioeconómicas en el análisis del bandolerismo hispano, aunque sin llegar a desterrar de forma definitiva los viejos estereotipos. Esta perspectiva socioeconómica fue retomada y actualizada con los nuevos supuestos metodológicos y epistemológicos tras el final del régimen franquista, aunque pronto se atisbó su agotamiento con el consecuente abandono del esquema marxista en las explicaciones de este fenómeno. El trabajo finaliza con una breve exposición del panorama actual que presenta el estudio de este tema y que, según el autor, se caracteriza por la completa revisión y actualización habida sobre el conjunto de los anteriores modelos a partir de una renovación y relectura de los datos disponibles a partir de su contextualización cultural y cronológica. El resultado de todo esto es la existencia de una explicación más compleja y multicausal de un fenómeno donde todavía resulta difícil separar los tópicos de la realidad histórica.

En definitiva, nos encontramos ante un libro que pretende aportar su grano de arena en la historiografía española sobre un tema que en los últimos años ya había sido objeto de otros estudios. Como suele ser habitual en este tipo de obras colectivas, se echa en falta la inclusión de trabajos dedicados a otros aspectos relacionados con el objeto de estudio, así como la ampliación del marco cronológico, que habrían completado y enriquecido este análisis ya de por sí interesante. Valorando positivamente la inclusión de imágenes y figuras, sorprende la baja calidad que presentan algunas de ellas (pp. 36, 86, 91, 101 y 103). No obstante, nada de esto resta valor a esta publicación, que consideramos un buen punto de partida a partir del cual continuar una labor que, como dijimos al principio, es encomiable. Sean bienvenidas, pues, iniciativas de este tipo.


Fuente:
PALAO-VICENTE J. GÓMEZ CASTRO, Daniel (ed.): Economía y ejército en el mar corruptor. Anejos de Herakleion, 1. Madrid: Asociación Interdisciplinar de Historia y Arqueología Herakleion, 2015, 151 pp.+ figs. Prólogo de Jordi Principal [ISBN: 978-84-608-4745-8].. Studia Historica: Historia Antigua [Internet]. 30 Nov 2016 [citado 13 Jul 2017]; 34(0): 200-204. Disponible en: http://revistas.usal.es/index.php/0213-2052/article/view/15332


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Economía y Sociedad Durante el Alto Imperio Romano II




Ganadería:
La ganadería fue una de las principales fuentes de riqueza de la Hispania Antigua y además la base de la alimentación, Estrabón alude a la enorme variedad y abundancia del ganado turdetano, menciona a los toros en la Bética. Tenemos gran cantidad de bueyes, vacas, caballos, cerdos, ovejas, las ovejas eran muy buenas, de tonos rojizos que se producen sobre todo en la Bética, su lana era muy apreciada, son cruzadas con otras ovejas del Norte de África para mejorar la especie.
Roma aporta poco a esta economía, salvo algunas cosas como las vides, el pistacho de Irán, ovejas de Tarento, pero el sector es muy parecido a la época preromana, aunque sí se intensifica la producción con la llegada de los romanos y tenemos una innovación en las técnicas agrícolas, barbecho, abonos, arado, etc.

Minería:  Evolución de la producción: Propiedad y posesión de las minas:  Condiciones sociales y técnicas de trabajo:
La P.I. fue Eldorado del mundo antiguo, Los laudes nos hablan de las riquezas mineras de la antigüedad, entre los principales distritos mineros tenemos los de Sierra morena, los alrededores de Cartago Nova, la cordillera cantábrica y otras fuentes de recursos como los ríos auríferos.
El oro: lo encontramos en la Bética,  sobre todo al norte de Córdoba, también en Lusitania y en Asturias, éste no suele ser muy puro a veces se encuentra con algo de plata, en época romana se sabía que las minas de oro se estaban agotando por lo que cada vez se recurre más a las fuentes auríferas.
La plata: en Cartago Nova, Sierra Morena, valle del Ebro, Cantabria y celtiberia.
El hierro: lo encontramos en las minas de Moncayo que dio lugar a la industria de Bílbilis, también en Toledo, el Ebro y Cantabria que hace que se cree una línea de navegación comercial.
El cobre: en Oviedo, Almería y sobre todo en Cerro Salomón en Río Tintó.
El plomo: lo solemos encontrar unido a la plata, encontramos plomo a todo lo largo de la orilla derecha del río Betis, en Cástulo y Cantabria.
Dentro de estos recursos podemos hablar de la sal, tenemos salinas extensas como la de Barsino y Cartago Nova, en la Bética también encontramos grandes Salinas como las de San Fernando e incluso en el interior de la Península Ibérica

La explotación de estos recursos no aumenta con la llegada de los romanos, incluso algunos distritos mineros se abandonan y se centran en las minas más productivas, tampoco aportan mucho en las técnicas. A veces la explotaciones mineras no generan beneficios de inmediato, se requería tiempo para ponerlas en explotación, sabemos cuales eran las técnicas de excavación, se utiliza el fuego, cuñas de madera, etc. los pozos no suelen ser muy profundos y algunos son tan pequeños que se utiliza a los niños para trabajar en ellos, a más profundidad, más complejas serán las técnicas de explotación, las minas de oro eran muy peligrosas, se excavan muchas galerías que producen desplomes, tras ello se sacaba el metal, emplean todo tipo de herramientas de hierro, martillos, picos, etc. la iluminación era con lamparas de aceite o velas, a veces se realizaban pozos suplementarios para ventilar las galerías, el triturado se realizaba la mayoría de las veces a pie de mina con un molino o mortero. Sobre el régimen de estas explotaciones sabemos más gracias a la ley de Vipasca, durante la república se arrendaban a particulares por 5 años, pero con este sistema los publicanos trataban de enriquecerse y no cuidaban las minas, además no se preocupaban de las condiciones de trabajo, con los Flavios se crean distritos mineros como el de Vipasca que se regían por una ley general, las minas eran arrendadas parcialmente a pequeños propietarios o grandes mediante subasta, esto se realiza a cambio del 50% de la producción, en estos distritos se configura un monopolio en lo que se refiere al suministro, se arriendan todos los servicios complementarios a la explotación, barberos, zapateros, etc. de esta manera a la muerte de Vespasiano nos encontramos con un estado muy saneado.

Fuente: Universidad de Sevilla, Apuntes de J. Ossorio

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Reseña: Mujeres en tiempos de Augusto




Rodríguez LóPez, R., Bravo BosCh, m. J. (eds.): Mujeres en tiempos de Augusto: realidad social e imposición legal. Valencia: Tirant, 2016, 660 pp. [ISBN: 978-84-16556-55-7].


Este volumen, dedicado a la memoria de la profesora Mari Luz Blanco Rodríguez, reúne veintiséis trabajos académicos que, elaborados por especialistas italianos y españoles pertenecientes tanto al Derecho como a la Historia y la Arqueología, buscan explicar los elementos principales a los que se hallaba sujeta la condición femenina en la Roma de finales de la República e inicios del Imperio. Aunque la obra se articula en siete apartados de desigual extensión, básicamente encontramos en ella dos tipos de aportaciones: las que explican el contexto –económico, político, religioso y cultural– en que se desarrollaba la vida femenina en Roma, y las que se centran en repasar la vida y significación histórica de buena parte de las mujeres de las que ha quedado constancia en las fuentes. El primer bloque de contenidos, titulado «Derecho y mujer durante el Saeculum Augustum», incluye dos aportaciones. En la primera, realizada por Giovanna Coppola y destinada a explicar la posición jurídica de las mujeres en tiempos de Augusto, se da cuenta de cómo se fue conformando, poco a poco, toda una legislación destinada a regular las costumbres y a fomentar un aumento de la población cuyo éxito, en la práctica, es más que cuestionable. La brevísima aportación de Rosa Mentxaka, por su parte, busca hacer hincapié en una Lex Municipii Troesmensium –un comentario a la Lex Iulia de maritandis ordinibus de 18 a. C. hallado en una población de la actual Rumanía– que nos demuestra cómo esta ley seguía, a finales del siglo II d. C., perfectamente vigente en una remota localidad del Imperio situada en la desembocadura del Danubio. En «Mujeres en los albores del siglo I a. C.» se agrupan seis artículos que abordan las figuras de algunas de las mujeres de la época cuyas biografías han sido menos estudiadas hasta el momento. Leo Peppe analiza, a través de las Verrinas, la utilización instrumental de las mujeres por parte de Cicerón a la hora de difamar, durante las sesiones de un juicio, a un gobernador romano corrupto, Verres, que se habría sometido, tanto en Roma como en Sicilia, a los deseos de unas mujeres que son a veces calificadas de meretrices. Seguidamente, Rosa Mentxaka, en un artículo esta vez más extenso, analiza las virtudes matronales a raíz de un maravilloso epígrafe funerario femenino que se ha conservado y que, datado por los especialistas entre los años 8 y 2 a. C., resulta el mejor exponente de la ideología subyacente a una «matrona ejemplar» que, después de haber ayudado a su marido exiliado, llega a ofrecerle, debido a su esterilidad, divorciarse voluntariamente de él para que este pudiera buscar descendencia de otra mujer. A continuación, Victoria Rodríguez analiza la figura de una de las mujeres más enigmáticas de los momentos finales de la República, Servilia Cepionis, en su doble papel de madre de Bruto y amante de Julio César. En concreto, se destaca la inteligente política que esta llevó a cabo para tratar de con-ertir a Bruto en el sucesor de César. Sin embargo, sus aspiraciones se vieron truncadas a raíz de la participación de su hijo en el famoso atentado de los idus de marzo. A renglón seguido, José Miguel Piquer vuelve a introducirnos en la obra ciceroniana, pero no ya para analizar el tratamiento que reciben las mujeres durante sus discursos, sino para arrojar nueva luz sobre su vida conyugal con Terencia, una mujer que, además de alcanzar, al parecer, la nada desdeñable edad de 103 años, supo gestionar con habilidad e independencia un extenso patrimonio familiar. Su figura, a medio camino entre a idealización absoluta de Cornelia y la completa denigración de la que fue objeto, por ejemplo, Julia, resulta fundamental para comprender a la aristócrata romana «de carne y hueso». Clodia, por su parte, es analizada en la aportación de Inés Iglesias a través de la pluma de los dos hombres que más escribieron acerca de ella: su amante Catulo y su enemigo Cicerón. Lejos de transmitirnos la imagen de una perfecta matrona, lo que se desprende de estos escritos es el surgimiento de un nuevo modelo de mujer «sexualmente liberada» que intentaba encontrar su espacio en medio de la tumultuosa sociedad tardorrepublicana. Con todo, como se recuerda a la perfección al final del artículo, hay que tener en cuenta que estos testimonios proceden de «un enamorado despechado y de un abogado hostil» (p. 181), por lo que no podían ser, en absoluto, objetivos. Para finalizar con este primer grupo de biografías, Gema Polo recuerda a Atia, la madre del futuro Augusto, aludiendo tanto al determinante papel que jugó en la educación de su hijo como en su calidad de transmisora de los mores maiorum a una nueva generación que tendría en su hija Octavia y en su nuera Livia sus principales exponentes.
El siguiente apartado, titulado «Mujeres en tiempos de triunviratos», reúne otras seis biografías de mujeres ilustres. Primeramente, Carla Masi Doria Cosimo analiza a la vituperada Fulvia en una doble vertiente, como mujer perteneciente a una familia rica y bien relacionada, que le proporcionó la oportunidad de casarse con hasta tres políticos romanos de renombre, y como esposa de Marco Antonio. Precisamente en defensa de los intereses de este último se afirma que llegó a ejercer las funciones de un cónsul levantándose contra Octavio, el enemigo de su último marido, en lo que a todas luces supuso una subversión inaceptable de los roles de género imperantes en la sociedad del momento. Posteriormente, M.ª del Carmen Pérez estudia a Porcia a través de las fuentes conservadas como una perfecta exponente de la «tradición estoica fa-miliar» que, iniciada por un padre que se había destripado a sangre fría hasta en dos ocasiones, se vio continuada por una hija que, al conocer la muerte de su segundo marido, Bruto, no dudó en suicidarse ingiriendo unos carbones encendidos. A renglón seguido, José Soto nos presenta a una Cleopatra que, haciendo gala de un complejo juego de malabares, logró hacer de Egipto, tras una larga decadencia, una potencia a tener en cuenta dentro del contexto mediterráneo; con todo, la parte más interesante de su trabajo es, por desconocida, aquella en la que se aborda la imagen que la última reina ptolemaica dejó en su propia tierra hasta los umbrales del año mil. A continuación, M.ª José Bravo se centra en rehabilitar a Escribonia, la segunda esposa de Augusto, una mujer maltratada por la historiografía y que tuvo que ver cómo su marido la abandonaba por otra mujer, Livia, el mismo día en que daba a luz a su única hija, Julia. Lejos de volver a casarse como hacían muchas aristócratas, ella decidió no contraer nuevas nupcias; el amor que presumiblemente no pudo ofrecer a su hija durante sus primeros años de vida _pues esta se educó en casa de su padre– solo se lo pudo devolver, con creces, cuando decidió acompañarla al exilio. La figura de Octavia, en tanto mediadora entre los intereses de su hermano Octavio y su esposo Marco Antonio, es analizada por Rosa M.ª Cid en un texto que tiende a diluir la tradicional preponderancia que se otorga de manera automática a Livia dentro de la familia imperial. Las fuentes del período, además, la consideran un ejemplo de virtudes matronales, pues le atribuyen unos rasgos –castidad, austeridad, obediencia y abnegación– que, referidos a una mujer, eran siempre positivos. Por último, María Salazar estudia a Livia intentando ir más allá de aquella imagen ambigua que nos ofrece la historiografía antigua; para lograrlo, una vez expuesto el papel de Livia en la sucesión de Augusto y una vez explicitado el papel en la sombra que ejerció tanto durante el gobierno de su último marido como en el de su hijo Tiberio, se enuncia la tesis de que fueron las actividades de patrocinio y beneficencia llevadas a cabo por esta mujer las que le procuraron buena parte de los honores y el reconocimiento social de los que gozó en su época.
A continuación, y bajo el título «Mujeres en la cultura de finales de la República», se incluyen dos biografías cuyo objetivo radica en demostrar el alto nivel cultural que alcanzaron algunas mujeres en este período histórico. M.ª Eugenia Ortuño analiza a Hortensia, la primera romana en transgredir la norma que impedía a las mujeres el pronunciar discursos públicos. Procedente de una familia de notables oradores, no dudó en ponerse al frente de un grupo de mujeres económicamente poderosas que protestaban abiertamente contra un nuevo impuesto mediante el cual los triunviros querían gravar sus fortunas; y aunque su intervención no fue un completo éxito, al menos sí consiguió disminuir el número de afectadas por esta nueva exacción. Seguidamente, Alicia Valmaña estudia a la poetisa Sulpicia desde un punto de vista filológico. Los escritos de esta mujer, integrante de uno de los círculos literarios más activos durante la época de Augusto, el de su tío Valerio Mesala, constituyen no solo uno de los mejores referentes de poesía amatoria latina, sino también una buena muestra de la actitud que, ante el amor, podía adoptar una mujer romana culta de finales de la época republicana. En «Mujeres en la Pax Augústea» se agrupan cinco estudios destinados a clarificar el rol femenino bajo el nuevo sistema político. En el primero de ellos, Rosalía Rodríguez estudia la figura de Julia, la hija de Augusto que pasó de ser la viva imagen de una perfecta matrona durante sus dos primeros matrimonios a erigirse en prototipo de mujer impúdica y conspiradora durante su unión con Tiberio, el hijo de Livia que habría de convertirse en el heredero del Imperio. A consecuencia de sus actos, fue exiliada por su propio padre hasta su muerte, dieciséis años más tarde. Seguidamente, Juan Ramón Robles nos acerca a otra matrona ejemplar a través de la famosa Consolación escrita por Lucio Anneo Séneca a su madre Helvia. Lo verdaderamente digno de elogio de esta mujer, en opinión de su propio hijo, fue su aceptación de los tradicionales roles de género en un periodo donde precisamente estas normas sociales estaban siendo cuestionadas por muchas mujeres; más allá de los estereotipos de «mujer libertina» o «derrochadora», Helvia encarnó a la perfección el papel de esposa sumisa, madre ejemplar y administradora eficiente del patrimonio de sus hijos menores de edad. A renglón seguido, M.ª Isabel Núñez analiza la pervivencia del linaje de Marco Antonio a través de la significativa presencia, en la domus augusta, de Antonia la Menor, hija del malogrado triunviro y de Octavia, cuya vida _fue cuñada, madre y abuela de emperadores– constituye un perfecto ejemplo de las virtudes femeninas más valoradas. A través de la exposición de lo que llama «los tres lutos de su vida», la autora da cuenta del progresivo ascenso de esta mujer dentro de la jerarquía imperial, hasta el punto de llegar a erigirse en la matriarca imperial tras el fallecimiento de Livia. Agripina la Mayor, hija de Agripa y de Julia, es analizada por M.ª Dolores Parra en un artículo que se centra en comprender el importante papel político jugado por una mujer ambiciosa pero que, en su opinión –y en contra de lo sostenido por muchos–, no llegó al punto de asesinar a su marido Germánico para acelerar sus planes. Una vez viuda, centró toda su atención en conseguir que Calígula fuera adoptado por Tiberio; sin embargo, no vivió lo suficiente para ver la efectividad de su actividad política. Por último, la figura de Cleopatra Selene, hija de Marco Antonio y Cleopatra VII pero criada en Roma en la mismísima casa de Augusto, es analizada en su relación con Carthago Nova por Elena Ruiz. En su aportación se demuestra el papel activo que esta mujer jugó en la ciudad en razón a su doble papel de promotora del culto isíaco y como magistrada honorífica; su prestigio en Carthago Nova llegó a ser tal que se la honró mediante varias emisiones monetales en las que aparece representada junto a su marido Juba como reina de Numidia. A renglón seguido, bajo «Mujer y ciudadanía augústea: religión, honor y muerte» se reúnen tres estudios que, más que dar cuenta de personajes concretos, tratan de arrojar luz sobre algunas de las nuevas normas sociales que afectaron, de una manera u otra, a las mujeres de la época. Así, Isabella Piro da cuenta de las reformas que Augusto introdujo en el Colegio de las Vestales. Más allá de políticas puntuales –como la muchas veces citada asignación de un espacio de honor para estas sacerdotisas durante los espectáculos teatrales o la concesión a las mismas del famoso ius trium liberorum–, lo verdaderamente importante, en opinión de la autora, tuvo que ver con la voluntad de Augusto de presentarse como descendiente de Venus. Seguidamente, María Virginia Sanna analiza parte de la legislación matrimonial elaborada en tiempos de Augusto para marcar las diferencias existentes entre aquellas mujeres que se ajustaban al modelo de matronas honorables y que, en consecuencia, tenían el derecho a contraer un iustum matrimonium, y aquellas otras con las que, en teoría, solo se podía vivir en concubinato, a saber: libertas, meretrices y tabernariae. La interesante aportación conjunta de Pedro David Conesa y Rafael González trata, por su parte, de clarificar tanto los motivos que llevaron al asesinato de algunas mujeres en la antigua Roma como aquellos supuestos en los que el suicidio femenino aparecía como ideológicamente aceptable. Así, tras analizar los conocidos casos de Virginia (asesinato) y Lucrecia (suicidio), los autores descienden a analizar cómo fueron recogidas este tipo de conductas en la literatura de época augústea. El último epígrafe, «Atuendo y ornato femenino en el Saeculum Aureum», se dedica analizar, a través de la estatuaria pública conservada y la arqueología, la indumentaria de las mujeres romanas acomodadas. A tal efecto, José Miguel Noguera se centra en varias de las esculturas femeninas halladas en el foro y en el teatro romano de Segóbriga para explicar los cambios acaecidos en los modos de representación de las princesas pertenecientes a la familia imperial durante la primera mitad del siglo I d. C. Tras aportar informaciones de interés que sin duda servirán para una mejor identificación de algunas de las piezas más dudosas, se resalta la importancia de unos programas propagandísticos destinados tanto a reforzar el naciente culto imperial como a mostrar la adhesión de la ciudad al nuevo régimen político. Por su parte, Jaime Vizcaíno utiliza los ricos trabajos arqueológicos que se han ido produciendo en la antigua Carthago Nova durante los últimos años para acercarse al ornato femenino en tiempos de Augusto. Partiendo de una metodología que va mucho más allá de la mera descripción estilística de los objetos encontrados –principalmente fíbulas y anillos–, se adopta aquí una noción muy amplia de lo que significaban los ornamenta muliebria en los planos social, cultural e ideológico del momento. Solo de este modo podremos imaginarnos estos objetos «en movimiento», y no recluidos como están en las estáticas vitrinas de un museo. Llegados a este punto, solo resta destacar la actualidad del tema propuesto, la rigurosidad de los artículos y su notable calidad científica. Pero tam-bién se debe resaltar que, excepción hecha de algunos de los trabajos que hemos calificado de «metodológicos», solo se aborda la realidad femenina desde la perspectiva de los grupos privilegiados. Resulta una lástima que, en un trabajo tan completo como este, no se haya reservado lugar alguno para las «mujeres corrientes» o que, habiéndose consignado uno inicialmente, el tema no haya suscitado el interés de ningún investigador ni investigadora. Con todo, obras como esta, que fomentan interdisciplinariedad e internacionalización, deben ser celebradas como un importante avance en cuanto al conocimiento de la situación de las mujeres en la antigua Roma se refiere. 

MÉNDEZ-SANTIAGO B. RODRÍGUEZ LÓPEZ, R., BRAVO BOSCH, M. J. (eds.): Mujeres en tiempos de Augusto: realidad social e imposición legal. Valencia: Tirant, 2016, 660 pp. [ISBN: 978-84-16556-55-7].. Studia Historica: Historia Antigua [Internet]. 1 Dic 2016 [citado 11 Jul 2017]; 34(0): 195-200. Disponible en: http://revistas.usal.es/index.php/0213-2052/article/view/15331


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