El filósofo autodidacta, Abentofail, Ibn Tufail, Parte VI

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Clases y cantidad de alimentos que debía tomar
Consideró primero los géneros de las cosas de que debía alimentarse, y vio que eran de tres clases: plantas que no han acabado su crecimiento, ni han alcanzado el límite de sudesarrollo, o sea, las diferentes clases de legumbres verdes, que se pueden comer; frutos de plantas, perfectos, llegados a sazón, que han producido sus semillas para que de ellas nazca otro ser de su especie, es decir, las distintas clases de frutos verdes o secos; y los animales comestibles, bien sean terrestres, bien sean marinos. Ya sabía él que todos estos géneros de alimentos eran obra del Ser necesario, en cuya aproximación había él visto que consistía su felicidad y al cual tendía a asemejarse.


Sin duda que el alimentarse de ellos les impedía alcanzar su perfección, y constituía una interposición entre ellos y el fin úl-timo a que estaban destinados; esto era oponerse a la acción del Agente, y esta oposición era algo contrario a su personal objetivo de acercarse y de asimilarse a Él. Vio, pues, que lo más conveniente le sería abstenerse de todo alimento, si fuera posible; pero no lo era: porque, si no comía, esto lo llevaría a la corrupción de su cuerpo, y sería además una oposición a su Agente, más grande aún que la primera, puesto que él era algo más noble que las otras cosas que habían de corromperse para que subsistiera él.



Optó, pues, por el mal menor, y se decidió por la oposición más ligera de las dos, juzgando que debía tomar entre los [indi-cados] géneros [de alimentos], a falta de algunos, aquellos que le fueran más fáciles, en la medida que después se indicará. Si todos se encontrasen [a su alcance], convenía entonces que se fijara y eligiera aquellos que de tomarlos no se siguiese una grande oposición a la acción del Agente, por ejemplo, la pulpa de las frutas que ya han llegado a la madurez y cuyas semillas son aptas para la generación de otros seres semejantes, con la condición de guardar estas semillas, de no comérselas ni destr-uirlas, ni echarlas en sitios impropios para la vida de las plan-tas, como las rocas, las tierras salitrosas, etc. Si no encontraba frutos de esta clase, dotados de carne comestible, como las manzanas, las peras, las ciruelas, etc, podría tomar entonces, o bien frutos de los que no es comestible más que la semilla, co-mo las nueces y las castañas, o bien legumbres que no han lle-gado a su completo desarrollo, a condición, en estos dos casos, de preferir aquellos vegetales que fueran más abundantes y que tuvieran más fuerza reproductiva, de no arrancar sus raí-ces y de no destruir sus simientes. 



Faltándole esto, podría tomar los animales o sus huevos, a condición de elegir entre los animales aquellos que fueran más numerosos y no destruir completamente ninguna especie. 



Esto es lo que juzgó prudente hacer, respecto de las clases de alimentos que había de tomar. Por lo que toca a la cantidad, decidió que debía ser la precisa para acallar el hambre y no más. En cuanto al tiempo que había de mediar entre las comi-das, determinó que, tomando el alimento suficiente, debía per-sistir sin buscar más, hasta que experimentase una debilidad tal que le impidiera algunos actos forzosos para la segunda asi-milación, que en seguida se mencionarán. 



En lo referente a las cosas necesarias para la subsistencia del alma animal y con las que se le protege del exterior, poco había de ocuparse de ellas, puesto que estaba vestido de pie-les, y tenía una morada que le libraba de los agentes exterio-res, y esto le era suficiente, sin preocuparse más de ello. En la comida, cumplió las reglas que se había impuesto, ya descritas por nosotros.

Busca Hayy la asimilación a los cuerpos celestes, según sus tres clases de cualidades



Después se dedicó al segundo [género] de actos, o sea, a la asimilación a los cuerpos celestes, a su imitación y a la adquisición de sus atributos. Estudió sus cualidades y encontró que eran de tres clases: primera, las que les pertenecen por re-lación a las cosas existentes bajo ellos en el mundo de la gene-ración y de la corrupción, a saber, el calor que les comunican per se y el frío que les transmiten per accidens, la luz, la rare-facción, la condensación y todas las otras cosas que producen en el mundo, con las cuales adquieren aptitud para la emana-ción de las formas espirituales, que toman del Agente de exis-tencia necesaria; segunda, cualidades que les atañen por su esencia, como la transparencia, el resplandor, la aparente falta de suciedad y de cualquier inmundicia y el movimiento circu-lar: en unos, alrededor de su centro [rotación], en otros, alre-dedor del centro de otros astros [traslación]; y tercera, las que tienen por relación al Ser de existencia necesaria, como la vi-sión intuitiva perpetua, el no apartarse de Él, amarlo, gober-narse según sus juicios, humillarse en el cumplimiento de su voluntad, no moverse sino según su deseo y bajo su poder. Hayy puso todo su esfuerzo en alcanzar la asimilación a estas



tres clases de cualidades.



Hayy procura ejercer en los minerales, plantas y animales la misma acción beneficiosa que los cuerpos celestes





Por lo que toca a la primera clase, trató de asemejarse a [los cuerpos celestes], obligándose a no ver un animal o una planta que tuviese alguna necesidad, obstáculo, desgracia o calami-dad, que él pudiera evitar, sin hacerlas desaparecer. Cuando hallaba una planta sin luz por cualquier causa, o adherida con otra que le perjudicaba, o hasta tal punto seca que pudiese pe-recer, quitábale el obstáculo, si le era posible, separaba de ella la planta dañina, con cuidado de no estropearla y regándola cuando podía. Si su vista se posaba sobre un animal acosado por una fiera, caído en un lazo, que se había clavado una espi-na, o que se le había introducido en el ojo o en el oído alguna cosa perjudicial, o atormentado por la sed o el hambre, Hayy se esforzaba por apartar de él todo ello, y darle de comer y de beber. Al ver el agua, corriendo para regar las plantas o para abrevar a los animales, detenida por un obstáculo, bien fuera una piedra que cayese en ella, bien un dique, él desembaraza-ba su camino. 



Y no dejó de ocuparse en esta clase de asimilación, hasta que alcanzó en ella la meta. 



Hayy procura imitar con su limpieza el resplandor de los cuerpos celestes, y hacer, como ellos, un movimiento circular 



Por lo que toca a la segunda clase, trató de asemejarse a los [cuerpos celestes], obligándose a un continuo aseo, a quitar la suciedad y la inmundicia de su cuerpo, a lavarse con agua lo más frecuentemente posible, a limpiar sus uñas, sus dientes y las partes pudendas de su cuerpo, a perfumarse, en cuanto pu-diera, con hierbas olorosas y con diversas pomadas aromáticas, a preocuparse de hacer otro tanto con sus vestidos, hasta que todo él resplandeciese de hermosura, de limpieza y de buen olor. Junto con esto se impuso diversas maneras de movimiento circular: unas veces daba la vuelta a la isla, recorriendo sus pl-ayas y bordeando sus límites; otras, lo hacía alrededor de su choza o de alguna roca, un número determinado de veces, bien andando, bien saltando con paso gimnástico; y otras, daba vueltas alrededor de sí mismo, hasta que se desvanecía. 



Intenta asemejarse al ser necesario, abstrayéndose totalmen-te de la vida material y recurriendo al movimiento de rotación hasta desvanecerse 



Por lo que toca a la tercera clase, se asemejaba [a los cuer-pos celestes] obligándose a reflexionar sobre el Ser necesario apartándose de las cosas sensibles, cerrando los ojos, tapándo-se los oídos, luchando enérgicamente contra las seducciones de la imaginación y deseando con toda su fuerza no pensar en otra cosa que en Él, ni asociarle con el pensamiento ningún otro objeto. Para esto recurría al movimiento de rotación sobre sí mismo, excitándose en [acelerar] lo; cuando llegaba a ser muy vertiginoso, se le desvanecían las cosas sensibles, debilitá-basele la imaginación y las demás facultades que necesitan de órganos corpóreos, fortaleciéndose, en cambio, la acción de su esencia que está libre del cuerpo; y en algunos instantes su en-tendimiento quedaba puro de toda mezcla y obtenía la visión intuitiva del Ser necesario. Luego, actuaban sobre él de nuevo las facultades corpóreas y le corrompían aquel estado «conduciéndolo al grado más bajo» y volviéndolo a su situación anterior. Si sentía debilidad, que le impidiese cumplir su deseo, se procuraba algún alimento, en las condiciones ya citadas. Luego tornaba a su ocupación de asimilarse a los cuerpos ce-lestes, según las tres maneras arriba dichas, y se ocupaba en esto durante algún tiempo; luchaba contra las facultades cor-póreas y ellas contra él; oponíaseles y se le oponían; y en los momentos en que lograba dominarlas y su pensamiento estaba puro de mezcla alguna, se le aparecía el fulgor de un estado, propio de los que alcanzan la tercera asimilación.



Reflexiones de Hayy acerca de los atributos positi-vos y negativos del ser necesario



Púsose luego a buscar ésta y a trabajar por alcanzarla. Re-flexionó sobre los atributos del Ser necesario. Ya en sus especulaciones teóricas, antes de ponerlas en práctica, se ha-bía cerciorado de que estos atributos son de dos clases: positi-vos, como la ciencia, el poder, la sabiduría; y negativos, como la exención de las cualidades, atributos y accidentes de la cor-poreidad. Los atributos positivos exigen esta exención, de mo-do que en ellos no existe ninguna de las cualidades de los cuer-pos, entre las que se cuenta la multiplicidad; por tanto, su esencia no se multiplica por estos atributos positivos, sino que, al contrario, todos se reducen a una sola noción, que es la rea-lidad de su esencia. Entonces se puso a buscar el modo de ase-



mejarse a Él, en cada una de estas dos clases.



Por lo que toca a los atributos positivos, sabiendo que todos ellos se reducen a la realidad de su esencia y que en ellos no hay multiplicidad bajo ningún aspecto, puesto que ésta es atri-buto de los cuerpos, y sabiendo que el conocimiento que Él tie-ne de su esencia es su esencia misma, se convenció de que si le era posible conocer la esencia divina, este conocimiento, por el cual llegase a ella, no sería una noción sobreañadida a la esen-cia de Dios, sino que sería Él mismo. Vio, pues, que la asimila-ción a Él en los atributos positivos consistía en no conocer más que sólo a Él, sin asociarle ningún atributo de los cuerpos, y a ello se dedicó.



Trata de eliminar de su propia esencia los atributos de la cor-poreidad, por medio del reposo y de la inmovilidad y del pensa-miento en el ser necesario, solo, sin asociarle nada





Por lo que toca a los atributos negativos, todos se reducen a la exención de la corporeidad. Dedicose a eliminar de su propia esencia los atributos de la corporeidad. Ya había separado de ella muchos, en su ejercicio anterior, por el que trataba de asi-milarse a los cuerpos celestes; pero aún le quedaban bastan-tes, como el movimiento circular (pues el movimiento es el atri-buto más peculiar de los cuerpos); como el cuidado que tenía de los animales y las plantas, la compasión que sentía por ellos y la preocupación de quitarles los obstáculos, pues todas estas cosas son también atributos corpóreos, ya que de primera in-tención no los veía sino por medio de una facultad corporal, y después, por medio de una facultad también corporal, se ocu-paba de ellos. Se dedicó a eliminar de su alma todos estos atri-butos, puesto que ninguno de ellos convenía al estado a que as-piraba: limitóse a reposar [inmóvil] en el fondo de su cueva, con la cabeza baja, los ojos cerrados, abstraído de las cosas sensibles y de las facultades corpóreas, concentradas todas sus preocupaciones y pensamientos sólo en el Ser necesario, sin asociarle nada. Y cuando a su imaginación se le representaba la especie de cualquier objeto, con toda su fuerza la apartaba y la rechazaba de sí. 



A tal ejercicio se aplicó cuidadosamente durante largo tiem-po. En algunas ocasiones pasó varios días sin comer y sin mo-verse. Y a veces en los momentos más culminantes de esta lu-cha, se borraban de su recuerdo y de su pensamiento todas las cosas, excepto su misma esencia, pues ésta no escapaba a su percepción en el momento en que se abismaba en la visión int-uitiva del Ser, de la Verdad, del Necesario; ello le afligía, pues que le daba a entender que aún conservaba una mezcla en la visión intuitiva pura y una asociación en el acto de contemplar.

Hayy alcanza la visión intuitiva del ser necesario



No dejó de buscar la inconsciencia de su yo y la pureza en la intuición de la Verdad, hasta conseguirlo: de su rec-uerdo y de su pensamiento se borraron los cielos, la tierra y lo que entre ellos existe, todas las formas espirituales, las faculta-des corporales, las facultades separadas de la materia (que son las esencias que conocen al Ser), y hasta su misma esencia de-sapareció con todas estas cosas. Todo se desvaneció, se disipó «como polvillos aventados», y sólo quedó el Uno la Verdad, el Ser eterno, el que ha dicho con su palabra que no es cosa algu-na sobreañadida a su esencia: «¿A quién pertenece hoy la so-beranía? A Dios Único e Irresistible». Comprendió sus palabras y no le impidió comprenderlas ni su ignorancia del lenguaje, ni su incapacidad de hablar; abismose en aquel estado y vio intui-tivamente lo que «ningún ojo ha visto, lo que ninguna oreja ha





oído, lo que jamás se ha presentado al corazón de un mortal».

El autor del libro anuncia una explicación alegóri-ca del «estado» que Hayy alcanzó



No aficiones, hermano, tu corazón a describir una cosa «que no se ha presentado jamás al corazón de un mor-tal»; porque si muchas cosas de las que se presentan a los co-

razones humanos son difíciles de describir, ¿qué ha de suceder con la que no tiene camino para presentársele, que no es del mundo ni de la categoría misma del corazón?



Por la palabra corazón no entiendo el órgano corpóreo así llamado, ni el espíritu que está alojado en su cavidad, sino que entiendo la forma de este espíritu, la cual, por medio de sus fa-cultades, se extiende por todo el cuerpo del hombre. Cierta-mente que cada una de estas tres realidades lleva el nombre de corazón; pero no hay medio de que tal cosa [el éxtasis] se re-presente por ninguna de ellas. Y como no puede explicarse sino aquello que por alguna de ellas se represente, resulta que qu-ien pretenda explicar tal estado, pretende un imposible: es co-mo si uno deseara gustar los colores, en cuanto colores, o pre-tendiese que lo negro, por ejemplo, es dulce o agrio.



A pesar de lo cual, no te dejaremos sin algunas indicaciones para explicarte las maravillas que Hayy vio intuitivamente en este estado; pero tan sólo en forma alegórica, no llamando a la puerta de la realidad, pues no hay otro camino para llegar a la certeza de lo que es este estado, sino alcanzándolo. Escucha, pues, ahora con los oídos de tu corazón y fíjate con los ojos de tu inteligencia en lo que te voy a indicar, pues tal vez encontra-rás en ello una guía para el camino real. La única condición que te pongo es que no me pidas por ahora una explicación de viva voz, más amplia que la que confío a estas páginas, porque el camino es estrecho y resulta peligroso el explicar por medio de palabras una cosa inefable por su naturaleza.



Hayy, en su visión, pierde la noción de su esencia y de las de-más esencias separadas, y llega a pensar que él es la misma esencia divina



Te diré que, luego de haber perdido Hayy la noción de su propia esencia y de todas las otras esencias, no viendo en la existencia más que al Uno, al Inmutable, tras de ver intuitiva-mente lo que vio y volver de nuevo a ver las cosas distintas de Dios al despertar de aquel estado semejante a la embriaguez, vínole a la mente la idea de que él no tenía esencia que le dis-tinguiese de la Verdad; que la realidad de su esencia era la esencia de la Verdad; que la cosa que él primeramente ser su esencia, distinta de la de la Verdad, no era nada realmente, pues nada existía fuera de la esencia de la Verdad. Sucedía con esto lo que con la luz del sol, que cae sobre los cuerpos opacos y se ve aparecer en ellos: aunque se atribuye al cuerpo en el que aparece, no es en realidad nada distinto de la luz del sol; si el cuerpo desaparece, su luz también, pero la del sol queda ín-tegra, no se disminuye con la presencia de este cuerpo, ni se aumenta con su ausencia; cuando aparece un cuerpo apto para reflejar la luz, la refleja, y si tal cuerpo falta, falta esta refle-xión y no tiene existencia. 







Se afianzó Hayy en esta idea, considerando que antes se le había evidenciado que la esencia de la Verdad (¡poderosa es y grande!) no se multiplica por ningún respecto, y que el conoci-miento que Dios tiene de su esencia es su esencia misma; de aquí infería necesariamente que quien consigue poseer el co-nocimiento de la esencia divina, posee la esencia divina; pero él había logrado el conocimiento, luego él poseía la esencia. Mas esta esencia divina se identifica con su misma posesión, y su posesión misma es la esencia; luego él era la misma esencia divina. Igual le sucedía con todas las esencias separadas de la materia, que conocen esta esencia verdadera, las cuales antes le parecían múltiples, y ahora, mediante esta opinión, le resul-taban una sola cosa.

Naturaleza de las esencias separadas, que cono-cen la verdad



Tal vez este equívoco se hubiera consolidado en su espíritu, si Dios no hubiera tenido misericordia de él y no lo hubie-ra guiado ordenadamente. Entonces comprendió que la falsa

idea se le suscitaba por un resto de la tenebrosidad del cuerpo y de las impurezas de las cosas sensibles, pues las ideas de mu-cho y poco, de uno y unidad, de pluralidad, reunión y separa-ción, son todas atributos de los cuerpos, y estas esencias sepa-radas, que conocen la esencia de la Verdad (¡honrada y ensal-zada sea!), por su exención de la materia, no puede decirse que sean muchas o una, porque la pluralidad nace únicamente de la mutua distinción entre las esencias, así como la unidad no existe sino por la unión; y ninguna de estas cosas se concibe, salvo en las ideas compuestas, revestidas de materia.



Pero las explicaciones aquí son muy difíciles; porque si ha-blas de las esencias separadas, bajo la forma de pluralidad, co-mo hablamos ahora, esto supone que existe en ellas una idea de multiplicidad, siendo así que no la tienen; y si hablas bajo la forma de singularidad, ello hace pensar en la idea de unidad, que es [también] imposible que tengan.



Objeción, basada en la confusión de lo uno y de lo múltiple, a que se llega considerando el estado de Hayy, y se resuelve ten-iendo en cuenta que la «manera» mística es diferente de la fa-cultad lógica ordinaria



Me parece ver levantarse aquí un murciélago de esos a quie-nes el sol nubla los ojos, debatiéndose bajo las cadenas de su tenebrosa ignorancia, para decir:





«Ciertamente tu sutileza avanza tanto que se aparta de lo na-tural en los hombres dotados de razón, y rechaza la autoridad de ella; porque un decreto de la razón es que la cosa o es una o es múltiple». Modere su ardor, suavice la aspereza de su leng-uaje, desconfíe de sí mismo e instrúyase, estudiando en el mun-do sensible y vil, de cuyas capas forma parte, así como lo hizo Hayy ibn Yaqzan, cuando, considerándolo desde un aspecto, lo encontraba múltiple con una multiplicidad inacabable y sin lí-mites, y mirándolo desde otro aspecto, lo hallaba uno, y queda-ba dudando en esta cuestión, sin poder resolverla en un sentido con preferencia a otro. Ahora bien, el mundo sensible es el lugar de origen de la pluralidad y de la unicidad; en él se comprende la realidad de estas dos ideas; en él se hallan la se-paración y la unión, la agregación y la distinción, la coincidenc-ia y la discrepancia; ¿qué había, pues, de pensar del mundo di-vino, respecto del cual no se dice todo ni parte, ni se puede ha-blar con palabras usuales, sin suponer ya en él algo contrario a su realidad; que no lo conoce, sino aquel que lo ha visto intuiti-vamente; que sólo tiene idea exacta de su realidad aquel que ha conseguido alcanzarla? Respecto de su frase: «Hasta se aparta de lo natural en los hombres dotados de razón y rechaza la autoridad de ella», estamos conformes con él y le dejamos con su razón y sus hombres razonadores. Porque la razón, a que él y sus secuaces quieren aludir, no es más que la facultad lógica que examina los seres sensibles individuales, para abs-traer de ellos la idea universal; y los hombres razonadores, se-gún ellos, son los que especulan siguiendo este método; mien-tras que la manera de que nosotros hablamos está sobre todo esto. Que cierre, pues, sus oídos aquel que sólo conoce las co-sas sensibles y sus universales, y que vuelva a reunirse con sus congéneres, los cuales «conocen las apariencias de la vida de aquí abajo, y, en cambio, de la otra vida, no se preocupan».



Visión por Hayy de la esfera suprema



Si eres de los que se satisfacen con este género de alusio-nes e indicaciones respecto de lo tocante al mundo divino, y no das a nuestras palabras la acepción que les atribuye el uso

corriente, te diremos alguna cosa más de lo que vio Hayy ibn Yaqzan en la morada, anteriormente citada, de los que poseen la sinceridad.



Después del abismamiento absoluto, del completo aniquilam-iento [de sí mismo] y de la realidad de la unión, contempló int-uitivamente la esfera suprema, la cual no es cuerpo, y vio que era una esencia exenta de materia, que no es la esencia del Uno, de la Verdad, ni es la esfera misma, ni algo distinto de es-tos dos entes, sino que es como la imagen del sol, reflejada en un espejo pulimentado:



esta imagen no es el sol, ni es el espejo, ni es algo distinto de estas dos cosas. Vio que la esencia de esta esfera, esencia se-parada, tenía una perfección, un resplandor y una belleza de-masiado grandes para que las pueda describir la lengua huma-na, y demasiado sutiles para revestir la forma de letras o soni-dos. Y la vio en el colmo del placer, de la alegría, de la felicidad y del contento, causados por la contemplación intuitiva de la esencia de la Verdad (¡ensalzada sea su majestad!).



Visión por Hayy de la esfera de las estrellas fijas: símil de los espejos que van reflejando luces



Vio también que la esfera siguiente, o sea, la de las estrellas fijas, tenía una esencia asimismo exenta de materia, que no era la esencia del Uno, de la Verdad, ni la esencia separada, propia de la esfera suprema, ni la segunda esfera misma, ni algo dis-tinto a ellas, sino que era como la imagen del sol que se refleja en un espejo, que recibe esta imagen por reflexión de otro, puesto frente al sol.





Vio también que esta esencia tenía un resplandor, una belle-za y un placer semejantes a los que había visto que poseía la esfera suprema. Vio asimismo que la esfera siguiente, o sea la de Saturno, tenía una esencia separada de la materia, que no era ninguna de las esencias que había visto antes, ni tampoco algo distinto a ellas, sino que venía a ser como la imagen del sol reflejada en un espejo, que la refleje de otro [segundo], el cual la refleje a su vez de un [tercero] puesto frente al sol. Vio que esta esencia tenía también un esplendor y un placer seme-jantes a los de las anteriores. 



Vio, sucesivamente, que cada esfera poseía una esencia sepa-rada, exenta de materia, que no era ninguna de las esferas pre-cedentes, ni tampoco algo distinto de ellas, sino como la ima-gen del sol, reflejada de espejo en espejo, siguiendo el orden mismo en que están ordenadas las esferas; y vio que cada una de estas esencias tenía una belleza, un esplendor, un placer y una alegría «que ningún ojo vio, ni ningún oído oyó, ni jamás se han presentado al corazón de un mortal».

Visión por Hayy de la esfera de la Luna



Finalmente, llegó en sus reflexiones al mundo de la genera-ción y de la corrupción, compuesto por todo lo que hay dentro de la esfera de la luna, y vio que tenía una esencia exen-ta de materia, que no era ninguna de las que antes había visto, ni tampoco cosa distinta de ellas; que esta esencia [el alma uni-versal] tiene setenta mil caras, cada cara con setenta mil bo-cas, cada boca con setenta mil lenguas, que alaban, bendicen y glorifican sin tregua a la esencia del Uno, de la Verdad. Vio que esta esencia, en la cual se supone la pluralidad sin que ella sea múltiple, tiene una perfección y un placer semejantes a los que había visto en las esencias precedentes; y que es como la imagen del sol reflejándose en un agua trémula, que a su vez refleje la imagen tomada de un espejo, que recibe la última re-flexión, según el orden ya citado, del espejo puesto frente al sol mismo.


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