Memorias del subdesarrollo del Medievo, Chris Wickham

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En historia medieval, como en otros campos, ha declinado en las últimas dos décadas la carga ideológica de la polémica. Los historiadores todavía pueden tratarse con tanta descortesía como siempre, por supuesto, incluso en relación a interpretaciones macro históricas tales como, en la década del noventa, el debate sobre la “revolución feudal”, la cual puede haber tenido lugar o no alrededor del año 1000. Pero ese debate, aunque efectivamente tuvo raíces estructurales en discusiones marxistas tradicionales, y aunque tuvo una gran carga emocional e importancia simbólica para algunos de sus participantes, no tuvo casi ningún contenido político explícito. Dos décadas antes hubiese sido diferente, y lo fue:


 el “Debate Brenner”, a finales de la década del setenta, sobre el rol del conflicto de clases en la determinación de las diferentes vías de desarrollo socioeconómico en distintas regiones de Europa después de la Peste Negra, aunque originado en gran parte en desacuerdos empíricos y estructurales, tuvo un fuerte carácter político, y, entre sus participantes, tanto los marxistas como los no marxistas deseaban identificarse a sí mismos como tales1. Lo primero que hay que hacer es tratar de identificar con exactitud qué es lo que ha cambiado.

En historia medieval, y por cierto no sólo en historia medieval, creo que hay que señalar cuatro elementos. El primero es que el mundo de los historiadores se encuentra menos dividido ideológicamente, al menos en Europa Occidental, en la cual me centraré mayormente. Más de una década antes de las convulsiones en el bloque del Este en 1989-1992, de hecho, alrededor de 1980, la combatividad se disipó en la academia por diversas razones. En Gran Bretaña, el ataque hacia todos los valores académicos por parte del gobierno conservador de los años ochenta suavizó un gran número de rivalidades internas anteriores; en Italia, la

*    Traducción: Anabella M. Lacreu y Laura da Graca. Instituto de Historia Antigua y Medieval, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. “Memories of underdevelopment: What has Marxism done for medieval history, and what can it still do?”, en C. Wickham (ed.), Marxist history-writing for the twenty-first century, British Academy occasional paper 9 (Oxford: Oxford

University Press, 2007), pp. 32-48.
1 Para el debate sobre la revolución feudal, ver las referencias citadas en WICKHAM C., “Le forme del feudalesimo”, Settimane di studio del Centro italiano di studi sull’alto medioevo, XLVII (2000), pp. 15-51, en p. 27. Para el “debate Brenner” ver T. H. Aston and C. H. E. Philpin (eds.), The Brenner debate (Cambridge, 1985), que reúne las contribuciones, todas publicadas por primera vez en Past and Present (hay trad. cast: El debate Brenner, Barcelona, 1988).


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aversión hacia el terrorismo y la consiguiente comprensión de que la revolución no era en modo alguno inminente (una creencia más común en la Italia de los años setenta que en la mayoría de los otros lugares), condujo a un quietismo político entre los académicos que duró más de una década; en Francia, la muerte repentina o el eclipse de tantos gurúes estructuralistas en 1980-1981 coincidió con la sorpresiva elección de un gobierno de izquierda y los comienzos de un mundo en el cual los compromisos del poder político real pesaron más que el discurso ideológico que había sido dominante allí hacia finales de los años setenta; y en todas partes, la generación que había crecido en las barricadas de la Universidad de 1968 y después obtuvo puestos estables, maduró, y cualquiera continuara siendo su política, llegó a ser considerada menos amenazante por sus pares más tradicionales. En suma, fue menos necesario, en toda Europa Occidental, luchar. La única gran excepción fue España, cuya trayectoria post-franquista dejó una enorme división entre marxistas, más genéricamente progresistas, e intelectuales tradicionalistas, la cual persiste actualmente. Debo decir que no noté la coyuntura de 1980 en el momento, y mi propia incursión más explícita en la teoría marxista, dos artículos sobre la caída del imperio romano occidental, son de 1984-1985: pasado de moda a destiempo, se podría pensar ahora2. Y así quedó demostrado; el impacto de aquellos artículos en términos políticos fue casi nulo. Se han leído como piezas neutrales de un análisis estructural; la gente ha sido, se podría decir, más bien amable, antes que entusiasta u hostil respecto a su manifiesto contenido político –siendo las mayores excepciones, nuevamente, los países de habla hispana (y también algunos círculos conservadores de los Estados Unidos).

Ese fue desde mi punto de vista el principal cambio entre los historiadores; el colapso del comunismo soviético aportó mucho menos, excepto a nivel de la moda. No conozco un solo medievalista occidental cuyos enfoques se hayan alterado, aunque, de más está decirlo, en los países directamente involucrados fue diferente. De todos modos, este enorme cambio tuvo consecuencias para los marxistas. Condujo a la inmediata desaparición de una versión religiosa del marxismo, que había obstaculizado durante mucho tiempo versiones más críticas del paradigma; todo esto fue para bien. Impuso a todo marxista serio la tarea de explicar semejante cambio súbito en términos marxistas (aunque eso no fue tan difícil: como ha observado ya Eric Hobsbawm, para utilizar la terminología de Marx de 1859, el rápido desarrollo de las fuerzas productivas, representado en las posibilidades de elección del consumidor occidental y el primer par de generaciones de la revolución informática, estaba a finales de los años ochenta en seria contradicción con las relaciones sociales de producción soviéticas, que se habían desarrollado para un momento diferente, el de la industrialización primaria, y que resultaron incapaces de cambiar)3. Y la moda no es irrelevante: en casi ninguno de los países europeos apareció una nueva generación de teóricos marxistas en los años noventa. Pero de todos modos, fue alrededor de 1980 cuando ocurrió el cambio principal; 1989 sólo confirmó la tendencia.


2  Ambos reeditados en WICKHAM C., Land and Power (London, 1994), pp. 7-75 (hay trad. cast de uno de estos artículos: “La otra transición: del mundo antiguo al feudalismo”, Studia Historica. Historia Medieval, vol. VII, 1989).

3  Ver HOBSBAWM E.J., The age of extremes (London, 1994), pp. 496-9 (hay trad. cast.: Historia del Siglo XX, 1914-1991, Barcelona, 1995). Esta cuestión –que la venta de souvenires soviéticos reafirmó como un problema particular– apuntala la sensación creciente que tiene uno de que todos los hechos y personajes de gran importancia en la historia mundial ocurren, por decirlo así, tres veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa, la tercera como quien va de compras.


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Un tercer elemento es simplemente que la misma historia social y económica comenzó a estar fuera de moda, al menos entre la avant garde historiográfica, y los nuevos movimientos, historia cultural, historia de género, análisis basados en el discurso, tuvieron mucho menos arraigo en la teoría marxista, que siempre ha sido débil en estas áreas. De entre los teóricos franceses se dejó de leer a Althusser o a Poulantzas y se empezó a leer a Foucault, Derrida, Bourdieu –izquierdistas, seguramente, pero de ningún modo marxistas clásicos (aunque, para ser justos, Derrida, irritado ante la chatura política de los años noventa, en 1993 hizo todo lo posible para reinstalar a Marx como un pensador post-estructuralista)4. Preocupados por esta situación, los historiadores de enfoque socioeconómico comenzaron a agruparse sin importar las viejas enemistades – pienso por ejemplo en la ideológicamente amplia pero muy convulsionada Association d’Histoire des Sociétés Rurales que cristalizó en Francia en 1993. Esta ponencia podría titularse también “Historia socioeconómica: viva, muerta o moribunda?”; desde luego ha habido debates sobre esa cuestión, y gran parte de la defensa que podría hacerse de las teorías marxistas sobre el pasado podría en verdad extenderse hacia un sector histórico entero.

El cuarto elemento es tan importante como el primero, y los dos están relacionados: la explicación histórica se ha vuelto mucho más ecléctica. En historia económica inglesa bajomedieval, el influyente libro sobre comercialización de Richard Britnell de 1993, el cual puede situarse en una interpretación de los factores del cambio económico que vuelve a Adam Smith, termina con un explícito reconocimiento de la importancia causal de la jerarquía de las desigualdades de riqueza y poder enfatizada por Marx, y su segunda edición se complace en ubicar sus argumentos en el marco del “debate de la transición” marxista. La investigación de Steve Rigby de 1995 sobre la sociedad inglesa pone muchísimo énfasis en explicaciones maltusianas y, particularmente, marxistas; pero las ubica en un marco interpretativo global derivado de la teoría del cierre social de Frank Parkin y de la sociología del poder de Garry Runciman. La investigación de John Hatcher y Mark Bailey de 2001 sobre los modelos económicos del período ubica los modelos maltusiano, marxista y de comercialización en pie de igualdad, y termina diciendo, en efecto, que dadas las complejidades del desarrollo socioeconómico real, simplemente deberíamos utilizar los tres. En historia económica italiana, el reciente trabajo de Larry Epstein (2000) sobre la integración del mercado bajomedieval puede considerarse como una contribución sustancial para nuestra comprensión de los cimientos institucionales de la teoría smithiana de comercialización, aunque su estructura subyacente es explícitamente marxista. Aquí me limito a la literatura en lengua inglesa, pero Pierre Toubert o Luciano Palermo muestran una gama similar de fuentes teóricas en sus trabajos5. Este eclecticismo tiene una consecuencia importante. El “debate de la transición” a partir del trabajo de Maurice Dobb en los




4  DERRIDA J., Specters of Marx (New York, 1994), e.g. pp. 92, 174 (hay trad. cast.: Espectros de Marx, Madrid, 2003).

5  BRITNELL R.H., The commercialisation of English society, primera edición (Cambridge, 1993), pp. 230-1; segunda edición (Manchester 1996), pp. 233-7; RIGBY S.H., English society in the later middle ages (Manchester, 1995), especialmente pp. 1-14; HATCHER J. and BAILEY M., Modelling the middle ages (Oxford, 2001); EPSTEIN S.R., Freedom and growth (London, 2000), esp. pp. 49-

52; TOUBERT P., „Les féodalités méditérranéennes‟, en Structures féodales et féodalisme dans l’Occident méditérranéen (Xe-XIIIe siècles) (Rome, 1980), pp. 1-13, en pp. 3-4; PALERMO L., Sviluppo economico e società preindustriali (Rome, 1997).


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años cincuenta fue entre escritores marxistas6; el debate Brenner en los años setenta fue más amplio, pero todos sus participantes tenían rótulos. Pero tomemos ahora un debate internacional a gran escala como el de la protoindustrialización: en los años setenta muchos de sus teóricos iniciales se expresaron en términos claramente marxistas, por cierto, pero a esta altura, no sólo ha desaparecido la carga ideológica, como señalé al comienzo, sino que también hay que trabajar mucho para determinar cuáles son realmente los supuestos estructurantes fundamentales de cada colaborador del debate, y en muchos casos no se puede asegurar7.

El resultado de todo este proceso podría expresarse así: en historia social y económica medieval, lejos de estar muertas o moribundas, las ideas marxistas están en todas partes. Pero han sido normalizadas. Hemos perdido el imaginario de la guerra fría de las interpretaciones históricas marxistas contra las “burguesas” luchando eternamente, no obstante muchos préstamos mutuos y no obstante el respeto personal que sentían los miembros del campo opuesto por muchos profesionales (entre Michael Postan y Rodney Hilton, por ejemplo). En cambio, Marx simplemente se convirtió en un importante teórico social del pasado a cuyas ideas se puede recurrir, igual que Malthus, Smith o Weber. No haríamos una ponencia como ésta sobre Weber; no habría ninguna razón; todos utilizamos sus métodos, a pesar de rechazar algunas de sus afirmaciones empíricas (Weber sobre la ciudad resulta tan anticuado como Marx sobre el modo de producción asiático). Lo mismo pasa con Marx.

En un nivel, es lo que debe ser; la historia se beneficia del pluralismo, y pierde si sus profesionales simplemente se sientan en sus cabinas a gritarse entre sí. En otro nivel, es una retirada. En parte porque la historia es mejor si tiene un bocado para comer, un costado incómodo, un costado crítico. El análisis de clase solía ser subversivo; no lo es actualmente, con el opacamiento de las ideologías; es un problema, no sólo para los historiadores, sino para toda la sociedad civil. (La historia de género es el único campo que ha mantenido ese filo subversivo, y espero que continúe haciéndolo.) Pero retirarse del debate marxista explícito es también, y esto es más problemático, retirarse de la reflexión a través de enfoques teóricos. No me refiero a una retirada de la construcción de modelos, que están en la mayor parte de la historia económica y de la historia social, pero los modelos expuestos ahora en estos términos tienden a ser teorías tácticas o de mediano alcance; principalmente, los historiadores se comprometen menos a exponer cuáles son sus supuestos estratégicos, de largo alcance, y a menos que lo hagan, ni ellos ni nadie más estará en condiciones de interrogarlos correctamente. El debate sobre la “revolución feudal” sufrió de una indefinición fatal justamente por esa razón. En su libro, ciertamente no indefinido o inexplícito, Hatcher y Bailey se refugian en la Teoría del Caos como un medio de evitar el compromiso de optar entre los modelos económicos que describen, y defienden este procedimiento mediante un enérgico ataque a las explicaciones monocausales del cambio socio económico8. Lo cual para mí está bien; pero (como ellos admiten) las causas


6     Reunidos en R. H. Hilton (ed.), The transition from feudalism to capitalism (London, 1976) (hay trad. cast.: La transición del feudalismo al capitalismo, Barcelona, 1987).

7  Comparar la problemática marxista general en KRIEDTE P., H. MEDICK H., SCHLUMBOHM J., Industrialization before industrialization (Cambridge, 1981), e.g. pp. 6-11 (hay trad. cast.: Industrialización antes de la industrialización, Barcelona, 1986), con las perspectivas de S. C. Ogilvie and M. Cerman (eds.), European proto-industrialization (Cambridge, 1996).
8 HATCHER and BAILEY, Modelling the middle ages, pp. 208-40.


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también son jerárquicas y tienen interrelaciones sistémicas que también necesitan ser exploradas. Variantes sofisticadas del marxismo tienen este tipo de elemento sistémico; es por ello que han sido poderosas y para mí siguen siendo convincentes. Son también paradigmas en el sentido de Kuhn, y por lo tanto sólo pueden ser reemplazados, si se los quiere reemplazar, por otros paradigmas, los cuales podrán sustituirlos si explican más anomalías y reúnen más teorías de mediano alcance en una estructura coherente. No me parece que el pluralismo actual esté realizando muchos intentos para hacer esto; es un desafío que se está perdiendo.

En el resto de esta ponencia voy a regresar a mi título y a examinar, primero, algunos de los aportes históricos que ha hecho el marxismo a la historia medieval, y segundo, algunos aspectos de este desafío futuro.

Marx, como es bien sabido, no estaba muy interesado en la Edad Media; la consideraba a lo sumo como el locus cronológico aproximado del mundo precapitalista, el cual se volvería capitalista cuando se produjeran determinados procesos, como la expropiación del campesinado de su posesión de facto de la tierra, el crecimiento del trabajo asalariado, la “acumulación primitiva” del capital9. Esta imagen esquemática (o si se prefiere, típico-ideal) fue además verdaderamente genérica para mantener sujeto hasta al historiador de izquierda más devoto; ha actuado como un estímulo metodológico más que como una chaqueta ajustada. Sin embargo, un elemento de la visión de Marx sobre el período debe admitirse desde un principio: era francamente teleológica, privilegiando como dignos de estudio sólo los elementos que llevarían a la supresión del sistema socioeconómico precapitalista, el modo de producción feudal. Volveré luego sobre el problema de la teleología y trataré de sortearlo, pero no puede evitarse en una descripción de los puntos de vista de Marx. El país cuya historia económica mejor se prestó a esa teleología fue, por supuesto, Inglaterra, cuya primacía como cuna de la Revolución Industrial nunca ha sido exitosamente cuestionada, y los historiadores de la economía de todos los credos siempre han aceptado su lógica en Inglaterra; cada aspecto de la historia económica medieval inglesa, desde la expansión de los privilegios municipales reales hasta el mercado de tierras campesino, han sido leídos por todos a la luz de esa gran narrativa, como no ha ocurrido en Francia o en Italia o en Alemania. Bien puede ser que parte del atractivo de la historia marxista para tantos intelectuales de izquierda en Inglaterra en la tercera mitad del siglo XX haya sido la naturaleza autoevidente de esa teleología, y la necesidad urgente de explorarla con más detalle que Marx. Tampoco estaban errados; como se ha señalado bastante a menudo, la importancia de los historiadores marxistas ingleses en su campo –notablemente Rodney Hilton en el caso de la historia medieval– superó con creces el impacto general del marxismo en Gran Bretaña.

El desarrollo de una historia medieval marxista ha tenido por lo tanto que ser creativo, y lo fue. Se centró en tres hilos conductores: los cambiantes niveles y medios de la explotación señorial del campesinado; la reacción campesina a ello, antes, y en particular después, de la Peste Negra; y el rol estructural del intercambio en diferentes siglos de la Edad Media. El primero y el tercero nunca fueron de dominio exclusivo de los marxistas, pero el segundo lo fue por mucho

9 MARX K., Capital, trad. B. Fowkes et al. (London, 1976, 81), I, pp. 873-930, III, pp. 917-50 proporcionan el esquema básico, con idem Grundrisse, trad. M. Nicolaus (London, 1973), pp. 459-

514.    Un buen resumen en el trabajo reciente de RIGBY S.H., “Historical Materialism”, Journal of medieval and early modern studies, XXXIV (2004), pp. 473-522.


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tiempo, ya que se centraba en el conflicto social, en la lucha de clases, lo cual podía ser negado terminantemente por algunas tradiciones históricas. La “historia desde abajo”, aspecto que ha sido uno de los patrimonios del marxismo occidental, entró aquí en juego fuertemente, ya que las revueltas campesinas y la más generalizada resistencia campesina a los señores fueron escritas desde el punto de vista del campesino, sobre todo para Inglaterra en la escuela de Hilton y sus discípulos en Birmingham10. Sería recargar innecesariamente esta ponencia tratar de dar un informe historiográfico completo, pero vale la pena decir que las revueltas inglesas de la Baja Edad Media han sido mejor estudiadas que las francesas, y pocos han tratado de observar sistemáticamente el minucioso proceso de la lucha de clases desde una perspectiva europea (Sam Cohn es la principal excepción)11. En general, mas bien se podría decir sorprendentemente, la mayoría de las revueltas campesinas medievales están en realidad bastante poco estudiadas. Pero la mayoría de los estudios que intentan entender las aspiraciones campesinas en tiempos de conflicto, son tarea de marxistas o al menos de historiadores influenciados por el marxismo. También lo son la mayoría de los estudios del campesinado medieval que enfatizan el protagonismo campesino en la construcción de sus propias sociedades locales.

En contraste, la naturaleza de la explotación campesina (especialmente a través de la renta) y el crecimiento del intercambio son elementos comunes en toda historia económica medieval; marxistas como Hilton y E. A. Kosminsky escribiendo sobre Inglaterra, Guy Bois o Pierre Bonnassie sobre Francia, Reyna Pastor y Abilio Barbero sobre España, Liubov Kotel‟nikova sobre Italia armonizan con historiadores de muchos otros bandos12. A veces difieren empíricamente, como acerca del nivel de las rentas (Bruce Campbell y otros sostienen que eran mucho más bajas alrededor de 1300 en Inglaterra de lo que pensaron Hilton o Kosminsky, o incluso, los no marxistas como Postan, por ejemplo)13. Pero el elemento más importante en el paradigma marxista para el desarrollo socioeconómico medieval,


10 HILTON R.H., Bond men made free (London, 1973) (hay trad. cast.: Siervos liberados. Los movimientos campesinos medievales y el levantamiento inglés de 1381, Madrid, 1978); idem, The English peasantry in the later middle ages (Oxford, 1975); idem, Class conflict and the crisis of feudalism (London, 1985) (hay trad. cast.: Conflicto de clases y crisis del feudalismo, Barcelona, 1988). Una visión general en el trabajo reciente de Coss P.., Dyer C., C. Wickham (eds.), Rodney Hilton’s middle ages (Oxford, 2007).

11  Ver COHN S.K., „Popular insurrection and the Black Death: a comparative view‟, en Coss et al., Rodney Hilton’s middle ages. Una importante contribución es el trabajo reciente de TEBRAKE W.H., A plague of insurrection (Philadelphia, 1993), sobre Flandes. Para las revueltas francesas, ver e.g. MOLLAT M. and WOLFF P., The popular revolutions of the late middle ages (London, 1973) (hay trad. cast.: Uñas azules. Jacques y Ciompi. Las revoluciones populares en Europa en los siglos XIV y XV, Madrid, 1976 (1ª ed. fr., 1970).

12  Para Hilton, ver n. 10; KOSMINSKY E. A., Studies in the agrarian history of England in the thirteenth century (Oxford, 1956); BOIS G., The crisis of feudalism (Cambridge, 1976); BONNASSIE P., From slavery to feudalism in south-western Europe (Cambridge, 1991) (hay trad. cast.: Del esclavismo al feudalismo en Europa Occidental, Barcelona, 1993). ver, para Francia, un informe programático en GUERREAU A., Le féodalisme. Un horizon théorique (Paris, 1980) (hay trad. cast.: El feudalismo. Un horizonte teórico, Barcelona, 1984); PASTOR R., Resistencias y luchas campesinas en la época del crecimiento y consolidación de la formación feudal Castilla y León, siglos X-XIII (Madrid, 1980); BARBERO A. y VIGIL M. , La formación del feudalismo en la Península Ibérica (Barcelona, 1978) –aunque en España la lista sería más larga, y éstos son simplemente los

“decanos”; KOTEL‟NIKOVA L., Mondo contadino e città in Italia dall’XI al XIV secolo (Bologna, 1975).

13  CAMPBELL B. M. S., „The agrarian problem in the early fourteenth century‟, Past and present, CLXXXVIII (2005), pp. 3-70, resume la discusión.


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ha estado en la manera en que esos procesos se han vinculado entre sí. Hay dos elementos importantes para esto, la estructura interna del modo de producción feudal y el rol dinámico del conflicto de clases como fuerza motriz del desarrollo económico.

El punto esencial aquí es que la agricultura, la principal fuente de riqueza en el mundo medieval y en el modo feudal en general, estaba en manos de los campesinos. Los campesinos (normalmente) no eran dueños de la tierra, pero en la práctica controlaban su propia fuerza de trabajo. Los dueños de las tierras que los campesinos cultivaban, sus señores, a veces intentaron dirigir la agricultura, pero su principal forma de hacerlo era mediante el trabajo compulsivo en las reservas, y requería una gran organización controlar efectivamente la fuerza de trabajo campesina; hacia el siglo XIII las reservas habían sido virtualmente abandonadas excepto en Inglaterra, e incluso allí constituían sólo una parte relativamente pequeña de la práctica agraria. En cambio, los señores se concentraron en controlar los excedentes campesinos, los cuales eran extraídos de los campesinos por medio de la fuerza o de la amenaza de fuerza; la renta no era entonces un producto de las relaciones de mercado sino, más bien, del equilibrio de poder entre un señor individual y sus tenentes. Esta era la forma en que la riqueza era canalizada desde los campesinos hacia los señores, y esta relación económica fundamental, que sustentaba todas las otras pautas económicas, era por lo tanto producto del conflicto de clases: esto era así, no importa cuan exitosos fuesen los señores en extraer rentas. Toda la estructura social del campesinado europeo (aproximadamente el 90% de la población, variando entre el 75% y el 95% según la región y el siglo) estaba configurada en gran parte por esa relación conflictiva, ya que los señores (incluyendo a los soberanos) utilizaron una variedad de coacciones legales –falta de libertad (servidumbre), o los poderes judiciales locales llamados seigneurie banale por los franceses, o los poderes impositivos a través de todo el occidente bajomedieval y el imperio bizantino– para influir en los términos de esa relación de fuerza, y de esta manera, en el poder de negociación señorial; y lo mismo hicieron los campesinos, invocando la inmutabilidad de la costumbre o pagando por franquicias que fijaban las obligaciones que comunidades enteras debían pagar a los señores. Las relaciones de intercambio, de mayor alcance, eran importantes, pero también estaban pautadas por la lucha básica por la renta, puesto que todas las redes comerciales regionales e internacionales dependían del poder de compra de los señores, y las relaciones campo-ciudad a nivel local estaban muy afectadas –en realidad, determinadas en parte– por la capacidad de los señores para obligar a los campesinos a pagarles renta en dinero, de modo que participen en el mercado local más plenamente de lo requerido en otras circunstancias (como en el siglo XIII en Inglaterra y Francia), o a través de su capacidad para obligar a los campesinos a conmutar inversamente la renta en dinero por renta en producto, si los señores querían actuar ellos mismos en los mercados urbanos (como en el siglo XIII en Italia). El urbanismo y el comercio fueron pues partes integrales del modo de producción feudal, y en sí mismos no lo socavaron (este punto no fue reconocido por los historiadores marxistas hasta después de la Segunda Guerra Mundial, pero luego se convirtió en un lugar común). Tampoco lo socavó la producción artesana rural, en tanto siguió siendo parte de un proceso de trabajo dominado por campesinos, como la agricultura. Lo que a la larga socavó el modo de producción feudal fue el trabajo asalariado rural. Incluso éste era una parte estable de la agricultura campesina y por ende del modo feudal, en tanto la agricultura era controlada mayoritariamente por campesinos de


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subsistencia; hacia el 1200 el trabajo asalariado era parte del ciclo familiar campesino en casi toda Europa, en tanto los jóvenes solteros trabajaban para sus vecinos, y cada vez más desde ese momento en adelante los campesinos más pobres complementaban sus tenencias trabajando para sus vecinos más ricos y en las reservas de los señores. En la baja Edad Media, la protoindustria rural pudo absorber también el tiempo libre de los campesinos subempleados, a cambio de salarios. Pero mientras el elemento central de la subsistencia siguió siendo la tenencia campesina, el trabajo asalariado fue económicamente marginal. Los campesinos tendrían que perder el control sobre la tierra y convertirse en trabajadores full time para que cambie el modo de producción.

Creo que esta breve visión general expresa los principios centrales de la imagen marxista del período medieval. Pero también es importante reconocer que todo esto no fue algo tan controvertido entre historiadores no marxistas; las controversias, como ocurre a menudo, se dan en los límites, sobre temas relacionados con el comienzo y el final de este cuadro, o bien sobre el grado en el cual el cuadro excluye otros elementos. Esta ausencia de controversia es en sí misma una demostración de lo que el marxismo ha aportado al período: ha aportado los elementos económicos fundamentales de la perspectiva global, el paradigma principal. En parte, por supuesto, esto se debe a que realmente no se tiene que ser muy de izquierda para reconocer los elementos opresivos de las economías feudales; esto ha sido un lugar común desde 1789 aproximadamente entre los escritores liberales, y ahora uno tiene que buscar en los descampados de Peterhouse o en la École des Chartes de los años ochenta o en el Instituto Pontificio de Toronto para encontrar gente que piense de otro modo.

¿Qué es entonces lo que los no marxistas podrían objetar acerca de esta imagen? Una cuestión es, simplemente, que es demasiado económica y que excluye el resto de la vida social y cultural de los campesinos, como efectivamente lo hace. (También presta poca atención a los sectores no campesinos, pero dado el aplastante predominio numérico del campesinado éste no debería ser un gran problema.) El pensamiento marxista no ha sido hábil para incorporar estos campos de estudio, y se ha conformado por mucho tiempo con diferentes versiones de la “teoría del reflejo”, que presuponía que los fenómenos sociales y culturales de alguna manera reflejaban las relaciones económicas. Ese debate está verdaderamente muerto, como también lo está la creencia en que una única estructura económica en verdad puede comprender las otras relaciones en una sociedad; las relaciones sociales feudales las estructuraron de manera fundamental, por cierto, pero no las crearon, y los que estudian la cultura utilizarán otras herramientas. Más importante para el modelo que he esbozado es que presta poca atención a las relaciones de género, las cuales impregnaron el mundo del trabajo, pero siempre se entremezclaron con supuestos culturales, y son especialmente difíciles de ubicar simplemente en términos de clase, como Catherina Hall enfatiza por todas partes en su libro; éste, desde luego, es un desafío para toda la historia económica, no para el marxismo en particular.

Una segunda cuestión es sencillamente de gusto: no todos sienten que el imaginario del conflicto de clases es el principal elemento a enfocar en un estudio de la sociedad medieval. Y efectivamente no es cierto que los campesinos siempre se hayan “sentido” en conflicto cuando trataban con los señores14. No siempre pagaron rentas excesivas; frecuentemente trataron a los señores como patrones o



14     Esto es controvertido: SCOTT J.C., Domination and the arts of resistance (New haven, 1990), sostiene que siempre lo hicieron.


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protectores, y ocasionalmente recibieron cierta protección; la revuelta abierta fue excepcional (los campesinos son muy reacios al riesgo como para que ésta fuese común); querellaban con sus vecinos, en facciones rivales, con tanta frecuencia o con más frecuencia de lo que se oponían a sus señores. Cada uno de estos puntos han sido planteados en el pasado como un desafío a las interpretaciones marxistas, pero en realidad todos pueden incorporarse directamente al paradigma marxista. Por supuesto que las relaciones sociales reales son complejas, y muy variadas, y no siempre reflejan pasivamente un modelo global. Marx también sabía esto perfectamente, como lo muestra su Dieciocho Brumario. El punto clave es que campesinos y señores se oponían estructuralmente, por cuanto ambos vivían del mismo excedente, pero sólo un grupo hacía el trabajo para ganarlo; y ambos eran plenamente concientes de ello. Que a veces los campesinos no objetaran esto, o que tuviesen también otras preocupaciones inmediatas, no anula esta oposición estructural. Los campesinos sabían que eran diferentes; tenían una conciencia de clase básica. Los señores también lo sabían, y su desprecio por los campesinos estaba cargado de miedo de lo que la mayoría campesina podría llegar a hacer si se organizara, como ha señalado Paul Freedman15.

Un tercer punto es que había otros elementos dinámicos en la sociedad medieval cuyo impacto económico debe ser tenido en cuenta. Dos particularmente claros son el aumento y descenso de la población y el crecimiento de los estados, como receptores autónomos de extracción de excedente y como rivales de los señores en su monopolio de la violencia legítima y de la legitimación jurídica en general. El cambio demográfico ha sido asimilado en la explicación marxista como un vector importante y en gran parte autónomo que afectó los términos del conflicto de clases. Sobre el estado bajomedieval se ha teorizado mucho menos en este sentido, pero importantes avances han sido llevados a cabo por un conjunto de historiadores, desde Perry Anderson a John Haldon y Larry Epstein16. Desde luego, el hecho de que todos estos elementos socioeconómicos pueden ser fácilmente absorbidos por una estructura explicativa marxista –con la excepción del género, quizás– no es toda la cuestión; igualmente importante es el hecho de que los historiadores no marxistas no ven la necesidad de hacerlo, y los consideran como fenómenos mayormente aislados, con raíces independientes, aun cuando participen de una constante interacción mutua. Los historiadores, desde luego, pueden elegir la interpretación que gusten. Pero yo argumentaría una vez más que este pluralismo no ha establecido un paradigma interpretativo y explicativo lo suficientemente fuerte como para ofrecer una alternativa al modelo marxista. En efecto, en el campo de la historia inglesa bajomedieval, Steve Rigby ha propuesto uno, como ya dije, basado en la sociología de Parkin y Runciman; es muy estimulante como descripción global y análisis de las relaciones socioeconómicas, y también porque se extiende sobre varias de las áreas (incluyendo el género) donde el marxismo es débil. No obstante, Rigby es mejor caracterizando un sistema que mostrando cuál era su dinámica interna de cambio17. Es como modelo


15 FREEDMAN P., Images of the medieval peasant (Stanford, CA, 1999).

16   ANDERSON P., Lineages of the absolutist state (London, 1974) (hay trad. cast.: El Estado Absolutista, México, 1987); HALDON J., The state and the tributary mode of production (London, 1993); EPSTEIN, Freedom and growth. Vale la pena enfatizar que el libro de Anderson, junto con Passages from antiquity to feudalism (London, 1974) (hay trad. cast.: Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo, México, 1987), aún expresa el más destacado intento de crear una Gran Narrativa Marxista de historia mundial (lamentablemente inconclusa).

17 RIGBY, English society.


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dinámico, en particular, que el paradigma marxista todavía domina las premisas históricas.

Una de las características importantes del “Debate Brenner” es que ya ha encapsulado todos estos temas a la vez, como afortunadamente pretendió Robert Brenner con todos los diferentes elementos de interpretación de la historia europea bajomedieval disponibles en 1976, en el nombre de una gran teoría marxista del conflicto de clases, y de las relaciones de propiedad derivadas de ese conflicto, como el principal motor del cambio socioeconómico. Esto fue apasionante en su momento y conserva su encanto ahora, no sólo porque implica un análisis comparativo a gran escala (a diferencia de las respuestas de la mayoría de sus críticos, aun cuando dan en el blanco)18. Más de 25 años después, los críticos todavía piensan que Brenner es digno de ataque, mientras que otros utilizan su modelo como guía para su propia investigación, incluso en regiones que él no trató en detalle (pienso en el trabajo reciente de Bas van Bavel sobre el delta del Rhin, por ejemplo)19. Un elemento crucial de los argumentos de Brenner fue que rechazó un enfoque pluralista: sostuvo explícitamente que la dinámica del conflicto de clases era la fuerza motriz de la economía europea. Esto es lo que molestó a cierta gente; fue más difícil aspirar a una base mediana de consenso. Pero tuvo el mérito de dejar en claro que las explicaciones marxistas pueden efectivamente alegar que dominan el campo del análisis económico, no obstante lo complejo que se torne ese análisis, sin intentar barrer esa complejidad. Si el desacuerdo político combativo sobre la economía medieval se debilitó poco después de que Brenner publicara su primer artículo sobre el tema, al menos terminó con una nota alta.

Para resumir hasta ahora: los historiadores medievalistas socioeconómicos tanto de izquierda como de centro-derecha se han retirado de posiciones políticas explícitas hacia modelos interpretativos pluralistas más amplios; pero de esta forma, en mi opinión, las principales líneas del paradigma marxista de la economía feudal y de su dinámica quedaron estancadas, no sujetas a cuestionamientos. La mayor parte del trabajo reciente innovador en el área se ha centrado en la comercialización y protoindustrialización en Europa, ambas en la baja Edad Media y en la temprana Edad Moderna; esto se ha combinado con análisis paralelos sobre India o China que se pronuncian contra una segregación tajante de la economía europea antes de por lo menos el siglo XVIII, lo cual sin dudas socava el matiz teleológico de cualquier argumento sobre las tendencias económicas de tres siglos anteriores y aún más. Estos argumentos son poderosos en sí mismos, pero no han aportado tanto como para cambiar nuestras explicaciones sobre el crecimiento del intercambio capilar y la protoindustria, las cuales aún residen, implícitamente, en las relaciones de poder entre señores y campesinos. Creo que esto sigue siendo correcto, pero también significa, inversamente, que estos cimientos estructurales no han sido revisitados con tanta frecuencia por los historiadores, a pesar de la importancia del trabajo empírico reciente. Me parece que ésta es la principal tarea que enfrentamos actualmente: desarrollar nuestros enfoques sobre el dinamismo inherente a la economía feudal a la luz de la gran cantidad de trabajo nuevo sobre producción e intercambio. Finalizaré, entonces, hablando de tres aspectos de este desafío: el problema de la teleología; la utilidad de una versión substantivista del marxismo; y los intentos recientes de caracterizar la naturaleza, la lógica de la dinámica feudal.




18 Ver arriba nota 1.

19 van BAVELB. J. P., „Land, lease and agriculture‟, Past and present, CLXXII (2001).


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La teleología del desarrollo del feudalismo al capitalismo estaba presente en Marx, y ha sido dominante en todas las tendencias de la historia económica que plantean la “excepcionalidad” europea (o inglesa), como ya he señalado. Estas teleologías creo que distorsionan las complejidades y singularidad de los procesos históricos reales y, en particular, terminan privilegiando un conjunto de pautas económicas como portadoras del desarrollo, y condenando a otras como “estancadas” o “bloqueadas”, de un modo recargado y (con frecuencia) desagradablemente triunfalista. Son también empíricamente infundadas. Se puede sostener fácilmente que el modo de producción feudal dominó en Asia tanto como en Europa, y que favoreció similares tipos de estructuras económicas20. El trabajo de historiadores como Frank Perlin para India y Kenneth Pomeranz para China muestran la complejidad y el dinamismo de algunos sectores de Asia en la temprana Edad Moderna (desafortunadamente falta un trabajo equivalente para Egipto), y yo coincidiría completamente con ellos en que no hay nada manifiestamente diferente respecto al desarrollo de Europa en el mismo período que destine a la última al capitalismo industrial pero no a la primera21. En realidad, si uno se centra en economías regionales, los paralelismos se vuelven aún más estrechos, y muchas de las regiones económicamente más complejas de Europa en 1600, digamos, con una densa protoindustria ligada a un intercambio interregional de productos agrícolas (Sur de Alemania, por ejemplo), no construyeron a partir de esto ni desarrollaron capitalismo industrial más de lo que lo hizo China22. En cuanto a esto, incluso en Inglaterra, los argumentos sobre una estructura excepcional, orientada al futuro, del desarrollo económico de ese reino en el período moderno temprano, serían mucho más convincentes si se hubiesen referido a sus regiones económicas más complejas, Suffolk o Gloucestershire, que fueron las eventuales cunas del capitalismo, más que a zonas relativamente marginales en 1600, como el hinterland de Manchester23. En general, me parece que todos los centros principales de actividad económica en Europa y Asia alrededor del 1600 podrían ser descriptos como sistemas de “equilibrio de alto nivel”, con un considerable dinamismo, especialización, inversión mercantil y complejidad de intercambio interregional, pero sin ninguna necesidad apremiante de cambiar sus estructuras económicas fundamentales24. A la larga, algunos

20 E.g. WICKHAM, Land and power, pp. 46 y siguientes (con pp. 74-5).

21 PERLIN F., „Proto-industrialization and pre-colonial south Asia‟, Past and present,  XCVIII (1983),

pp.     30-95; POMERANZ K., The great divergence (Princeton, 2000). Perlin encabezó una reevaluación sustancial de la economía india precolonial: para una síntesis reciente del período final ver PARTHASARATHI P., The transition to a colonial economy (Cambridge, 2001). Pomeranz ya ha generado buena cantidad de críticas, e.g. por parte de HUANG P.C.C., BRENNER R. and ISSET C. en Journal of Asian studies, LXI (2002), pp. 501-38, 609-62, and PARTHASARATHI P., en Past and present, CLXXVI (2002), pp. 275-93; mi decisión de realizar un corte cronológico en 1600 tiene el propósito de cubrirme respecto a la focalización del argumento en el siglo XVIII.

22 OGILVIE S., State corporatism and proto-industry (Cambridge, 1997), pp. 212-24; idem, „Proto-industrialization in Germany‟, en idem and CERMAN, European proto- industrialization, pp. 118-36, en pp. 131-6.

23 Ver para el área de Manchester WADSWORTH A.P. and MANN J. de, The cotton trade and industrial Lancashire 1600-1780 (Manchester, 1931), pp. 3-28; SWAIN J. T., Industry before the industrial revolution (Manchester, 1986), que habla de la temprana industria de pequeña escala;

WALTON J.K., „Proto-industrialization and the first industrial revolution‟, en P. Hudson (ed.), Regions and industries (Cambridge, 1989), pp. 41-68. Agradezco aquí a Pat Hudson por la discusión
bibliográfica.
24 Para „equilibrio de alto nivel‟, ver RAYCHAUDHURI T., „Mughal India‟, en idem and I. Habib (eds.),
The Cambridge economic history of India, I (Cambridge, 1982), pp. 261-307, en p. 307. La frase


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cambiarían y otros no, pero no por razones que fueran significativas o incluso evidentes en 1600, o como actualmente parece, aun más tarde.

La teleología de Marx, entonces, es un elemento de sus teorías que yo desearía abandonar. El substantivismo implícito de Marx, sin embargo, es un elemento crucial. La economía clásica supone que las opciones económicas son idénticas en todos los sistemas socioeconómicos, y que si los actores económicos eligen sistemáticamente opciones distintas a las previstas, entonces están “constreñidos”, por restricciones legales o por actitudes y mentalidades tradicionales (como estrategias familiares), las cuales incluso ahora son consideradas con frecuencia como “irracionales”. En los años cuarenta Karl Polanyi contrapuso a esto una alternativa muy rigurosa conocida posteriormente como substantivismo, en la cual negaba la aplicabilidad de la economía clásica (sobre todo la teoría de los precios) a sistemas preindustriales. Esta visión ha sido influyente en particular entre los antropólogos sociales, familiarizados con la complejidad de la determinación de todas las elecciones, y hostiles a cualquier imputación de irracionalidad a las sociedades que estudian25. Polanyi y sus sucesores fueron demasiado rigurosos; los intentos de eliminar los cálculos de oferta-demanda del estudio de las sociedades no capitalistas tendieron a fracasar. Pero los análisis de Marx de la lógica económica del capitalismo tienen al menos implicaciones análogas, puesto que Marx dejó en claro que aquélla estaba subordinada a las relaciones de propiedad capitalistas, el intercambio y las estrategias de inversión; no habría ninguna razón para suponer que algún elemento específico de esa lógica capitalista estuviera presente en otro modo de producción, donde todas las reglas básicas eran diferentes –podría ocurrir pero habría que demostrarlo. “No hay una racionalidad económica exclusiva”, como sostuvo Maurice Godelier26. Marx no estudió la lógica económica del feudalismo, pero dispuso los cimientos intelectuales para que lo hagan los historiadores subsiguientes, libres de los preconceptos sobre cómo funcionan las economías que provienen de sociedades en las que vivimos.

No obstante, aquí reside el principal desafío; porque todavía no tenemos un estudio completamente elaborado de la lógica interna y del dinamismo del modo feudal. Tenemos elaboraciones parciales, por supuesto, algunas muy interesantes. En 1962 Witold Kula estableció uno de los modelos más ambiciosos que tenemos, basado en Polonia en los siglos XVI a XVIII, en el cual, entre otras cosas, releyó la teoría de los ciclos a corto plazo de Ernest Labrousse en términos marxistas, con un rigor y una elegancia que todavía asombran al lector. Debe decirse que las minuciosas propuestas de Kula sólo funcionan realmente bien en formas específicas de la sociedad feudal –como la polaca, donde la renta era en especie, y


también se encuentra en la forma “trampa de equilibrio de alto nivel”, que reintroduce la idea de bloqueo (ver ELVIN M., The pattern of the Chinese past, London, 1973, pp. 313-14, siguiendo a SINHA R.P.); he eliminado eso. El énfasis de Robert Brenner en la estabilidad esencial de los sistemas basados en la dinámica del modo feudal, discutida en este libro, encaja con estas observaciones, aunque él enfatiza movimientos más tempranos hacia el cambio en Inglaterra y Holanda.

25 POLANYI K., The great transformation, 2nd edn. (Boston, 1957), esp. pp. 43-55 (hay trad. cast.: La gran transformación, Madrid, 1989); idem et al. (eds.), Trade and market in the early empires (Glencoe, IL, 1957), esp. pp. 243-70 (hay trad. cast.: Comercio y mercado en los imperios antiguos,
Barcelona, 1976); DALTON G., Economic theory and primitive society‟, American anthropologist,

LXIII.

26  GODELIER M., Rationality and irrationality in economics (London, 1972), p. 317 (hay trad. cast.: Racionalidad e irracionalidad en economía, México, 1975).


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donde los campesinos tenían por ende poco acceso al sector comercial; pero los señores tenían mucho más acceso, ya que Polonia, aunque internamente no comercializada, estaba estrechamente ligada al mercado de granos pan-europeo. Pero sus aspiraciones sistémicas son atractivas por todo eso27. También lo son las de Guy Bois, basadas en Normandía en los siglos XIV y XV, quien se centró en las tendencias a largo plazo; sostuvo, entre otras cosas, que dado el control campesino del proceso productivo, había una tendencia general a la caída del nivel de la renta, particularmente en períodos de crecimiento global, puesto que los señores tenían que hacer un esfuerzo especial para aumentar las rentas y obligaciones a fin de revertir esa tendencia, y esto era menos necesario si el ingreso señorial total estaba de alguna manera en alza –aunque en períodos de crisis los señores sin duda respondían aumentando las rentas (y paralelamente los estados también acrecentaban los impuestos). Siempre y cuando lograran imponerlas sobre campesinos que resisten, contestaría Robert Brenner –y correctamente, porque el principal sostén de una interpretación marxista seguirá siendo siempre el conflicto entre campesinos y señores por la renta. Brenner y Bois, en efecto, discutieron acaloradamente este tema en el marco del debate Brenner. Pero en retrospectiva no es difícil verlos como caras opuestas de la misma moneda, porque cualquier lógica cíclica dentro del modo feudal debería leerse también a través del conflicto. El modelo más estructural de Brenner del modo feudal, presentado en este libro, parece implicar en sí esa convergencia de enfoques básicos. Se puede agregar que la afirmación más polémica de Bois, que la renta feudal tiende a caer, está ganando apoyo empírico en estudios sobre niveles de renta en Inglaterra alrededor de 1300, aunque es necesario realizar más trabajos sobre las implicancias de esto. Es en este conjunto de relaciones cambiantes, entre señores y campesinos en períodos de crecimiento agrario y de crisis de largo y corto plazo, donde residirá a fin de cuentas una teoría más comprensiva de las opciones económicas feudales28.

Estos son elementos de una interpretación de la lógica económica agraria, pero es cada vez más claro que la renta es sólo un elemento en la mayor parte de las versiones de la economía feudal, aunque sea el principal. En el siglo XIII, muchos campesinos eran también asalariados, con frecuencia ya en sectores artesanales (pronto, protoindustriales) y todos ellos, al menos en Europa occidental, tenían mucho más acceso a la economía de intercambio del que tenían sus pares posteriores en la Polonia de Kula. “Hasta cierto punto, el feudalismo prosperó con el comercio”, como ha dicho Larry Epstein, e incluso afirma que el

27 KULA W., Teoria economica del sistema feudale (Turin, 1970) (hay trad. cast.: Teoría económica del sistema feudal, Buenos Aires, 1973). Sobre ciclos de corto plazo ver VILAR P., „Réflexions sur la

<<crise de l‟ancien type>>‟, in Conjoncture economique, structures sociales. Hommage à E. Labrousse (Paris, 1974), pp. 37-58 (hay trad. cast.: “Reflexiones sobre la "crisis de tipo antiguo", "desigualdad de las cosechas"y "subdesarrollo"”, en VILAR P.: Economía, derecho, historia, Barcelona, 1983, pp. 13-42.

28   BOIS G., Crisis of feudalism, pp. 393-407; idem, „Against the neo-Malthusian orthodoxy‟, y BRENNER R., „The agrarian roots of European capitalism‟, en Aston and Philpin, The Brenner debate, pp. 107-18, 213-327 (el último en pp. 242-64); Brenner en este volumen. Para Inglaterra ver arriba n. 13. El importante bosquejo de KUCHENBUCH L. y MICHAEL B. de un tipo ideal de economía feudal, „Zur Struktur und Dynamik der “feudalen” Produktionsweise im vorindustriellen

Europa‟, en idem (eds.), Feudalismus Materialen zur Theorie und Geschichte (Frankfurt, 1977), pp. 694-761 (hay trad. cast.: “Estructura y dinámica del modo de producción „feudal‟ en la Europa preindustrial”, Studia Historica. Historia Medieval, IV, 2, 1986), invierte sólo unas pocas páginas en la dinámica de la economía (pp. 750-60), tomando mayormente el modelo empíricamente fundado de Bois.


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crecimiento económico en el feudalismo depende de estados fuertes que reduzcan las barreras, y por lo tanto los costos, del comercio29. Esto puede ser tan dependiente empíricamente de las condiciones de Europa occidental bajomedieval como los modelos de Kula lo eran de las condiciones de Polonia; pero es más eficaz como propuesta para un refinamiento del modelo económico que contenga la comercialización y varios aspectos de la teoría de la protoindustrialización. Pero ¿cuál era el motor fundamental de ese comercio? Se podría argumentar aquí que eran las necesidades de los señores, tomados como grupo, quienes controlaban tan alto porcentaje del excedente de toda la sociedad feudal. Los señores no sólo necesitaban objetos de lujo; necesitaban todo tipo de bienes artesanales y agrarios para sus comitivas, y, en tanto se enriquecían, su demanda colectiva permitía el desarrollo de especializaciones urbanas y artesanales y también de redes de intercambio agrario interregional. El aspecto comercial del más temprano crecimiento del siglo XI –y XII– (e incluso temprano medieval) ya estaba relacionado con la demanda señorial en conformidad con estos lineamientos, al igual que el interés señorial en la ampliación del intercambio local de modo que los señores pudieran gravarlo con tributos. En general, si los campesinos dominaban las estructuras básicas de la producción, los señores dominaban las estructuras básicas del intercambio. Pero la riqueza de los señores, como siempre, dependía de su capacidad para extraer rentas de los campesinos, a través de cualquier medio coercitivo que el sistema socio político les permitiera en cualquier momento dado. La articulación del comercio y la industria, en el mundo feudal, dependía directamente de las formas en las que se extraía la renta, y ambos deben ser analizados en forma conjunta30.

Este no es un modelo económico, ni siquiera es un bosquejo de un modelo. Una caracterización adecuada de la lógica del modo de producción feudal debería incluir la mayor parte de la historia mundial, porque la mayor parte de la población mundial antes del último siglo vivió el modo feudal, que duró milenios en muchos lugares: las propuestas sobre cómo los elementos específicos de la economía se relacionaron entre sí deberían ponerse a prueba, no sólo en la Polonia de la temprana Edad Moderna y en la Europa occidental bajomedieval, sino también en los imperios romano y carolingio, en la China Tang, en la India Mughal. Necesitaríamos un modelo muy genérico para hacerlo, así como más versiones específicas para períodos y regiones más restringidas, las cuales podrían entonces valorarse comparativamente (algo que incluso ahora se hace relativamente poco). Pero si llegáramos tan lejos, tendríamos una poderosa herramienta para entender la estructura básica de las relaciones socioeconómicas, en el periodo completo que va del surgimiento de la propiedad terrateniente hasta la aparición del capitalismo industrial: de cómo cambian, pero también de cuándo y por qué las relaciones socioeconómicas prescinden del cambio, que es lo más habitual. La teoría marxista puede contribuir aquí para comprender mejor la historia medieval, pero también para avanzar más lejos aún31.





29 EPSTEIN, Freedom and growth, pp. 38-72, 147-74 (la cita en p. 50 ).

30   WICKHAM C., Framing the early middle ages (Oxford, 2005), pp. 693-824, desarrolla estos puntos para un período más temprano.


31 Agradezco a Chris Dyer y a Larry Epstein por sus críticas a este artículo, y por ideas a varios de los que participaron en la conferencia.

Instituto de Historia Antigua y Medieval

Facultad de Filosofía y Letras
Universidad de Buenos Aires

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MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO: ¿QUÉ HA HECHO EL MARXISMO POR LA HISTORIA MEDIEVAL, Y QUÉ PUEDE HACER AÚN? *

Chris Wickham *
University of Oxford


 http://jossoriohistoria.blogspot.com.es/

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